No tengo ni idea, la verdad. A veces pienso en decisiones que tomé hace quince años y que entonces me parecieron temerarias. Vistas desde hoy, algunas fueron bastante interesantes desde el punto de vista económico. Otras, evidentemente y por desgracia, no tanto.
Pero creo que la cuestión que planteas va por otro lado. A mí también me interesa bastante más saber hasta qué punto un reloj está bien hecho y si lo que cuesta se corresponde con lo que ofrece.
Cosas que a mí me sacan de quicio. Y aquí empieza mi desahogo.
¿Qué necesidad hay de que las caras interiores de las asas terminen en pico, sin el menor suavizado, en un reloj de, digamos, más de 3.000 euros? ¿Cómo se explica que los índices no estén perfectamente alineados, que la fecha apenas contraste con la esfera o que un brazalete carezca de una extensión de ajuste que, en determinados momentos, resulta tan útil? Y luego están las cajas de presentación, sus proporciones, los materiales de los elementos interiores o esas transiciones entre superficies pulidas y satinadas que, cuando están bien ejecutadas, marcan la diferencia.
También me llama la atención el asunto de las coronas. Que el tono del oro, o de su baño, no coincida con el de la caja, o que ni siquiera se aproveche ese espacio para grabar la marca, es algo que me cuesta pasar por alto. Quizá sea demasiado quisquilloso, pero cuando uno se plantea gastar determinadas cantidades, hay cosas que da por hechas.
Y luego está el movimiento. Que una marca comercialice un reloj por varios miles de euros y se limite a montar un calibre de serie, prácticamente sin personalización, me produce cierta perplejidad. No porque un movimiento tenga que ser de manufactura para funcionar bien, sino porque también me pregunto qué implicaciones tendrá a largo plazo en el coste y la facilidad del servicio técnico, un asunto del que hemos hablado tantas veces por aquí.
Naturalmente, la historia, el prestigio y el diseño también cuentan. Sería absurdo negarlo. Pero una cosa es pagar por todo eso y otra muy distinta dar por buenos detalles de ejecución que, a mi juicio, deberían estar mejor resueltos. No creo que los intangibles deban justificar cualquier sobreprecio.
Quizá el problema sea mío, que a medida que sube el precio también sube mi nivel de exigencia. Pero me cuesta entender que el mercado acepte determinadas cosas sin demasiadas preguntas.
Al final, no sé dónde pondría el límite. Lo que sí tengo claro es que, llegado cierto punto, ya no me impresiona tanto lo que pone en la esfera como lo que encuentro cuando me detengo a mirar el reloj de cerca, o cuando lo uso y lo vivo.
Y hasta aquí la terapia. ¿La próxima semana a la misma hora?
Saludos.