Kaiser87
Milpostista
Sin verificar
Hay veces que abro la caja de relojes y me doy cuenta de que lo que veo no son solo relojes. Veo etapas de mi vida, recuerdos, decisiones acertadas y equivocadas, momentos de ilusión y también de despedidas. Al final, creo que eso es lo que más me gusta de esta afición: que detrás de cada pieza siempre hay una historia.
En mi caso, la afición por los relojes no nació de la nada. La heredé de mi padre, que en paz descanse. Desde pequeño recuerdo fijarme en sus relojes, escucharlo hablar de ellos y sentir esa curiosidad que, con los años, acabaría convirtiéndose en una pasión. Como casi todos, empecé con los relojes que estaban al alcance de cualquiera: Casio, Lotus, Festina... relojes sencillos que acompañaron una etapa de descubrimiento y que, sin saberlo, me fueron abriendo la puerta a algo mucho más grande.
Mi padre fue, sin duda, quien más me marcó en este aspecto. Siempre fue un gran aficionado a los relojes, aunque, como ocurre en tantas familias, las responsabilidades estaban por delante de cualquier capricho. Con un trabajo normal y corriente y una familia que sacar adelante, su afición siempre tuvo que adaptarse a unas posibilidades económicas ajustadas. Aun así, nunca perdió el interés por los relojes ni la capacidad de disfrutar de ellos.
Con apenas 19 años llegó mi primer automático. Un modesto Seiko 5 con calibre 7S26 por 25 euros que vi en un Cash Converters y que mi novia, hoy mi mujer, me regaló. Hoy puede parecer una cantidad insignificante, pero para mí representó muchísimo más que una compra. Fue el reloj que me hizo descubrir la magia de una máquina latiendo en la muñeca sin necesidad de pilas, el que me enseñó que un reloj podía tener alma. Quizá por eso, después de tantos años y de tantas idas y venidas, sigue conmigo.
A partir de ahí llegaron años de entusiasmo, aprendizaje y también de cierta ambición relojera. Leí todo lo que cayó en mis manos, pasé horas en foros y aprendí sobre calibres, marcas e historia. Poco a poco fui alcanzando piezas que me parecían inalcanzables. Rolex, Omega, TAG Heuer, Breitling, Franck Muller, IWC, Oris, Longines... relojes que en algún momento fueron objetivos, sueños cumplidos y compañeros de viaje.
Pero la vida, como las colecciones, cambia constantemente. Llegó una etapa en la que tuve que priorizar otros proyectos y otros objetivos, además de afrontar problemas serios de salud. Poco a poco fueron saliendo todos aquellos relojes que tanto había deseado. Recuerdo algunas ventas con satisfacción y otras con mucha tristeza. Al final me quedé con tres piezas: aquel Seiko 5 de los 25 euros, un Orient 3 Stars que también me regaló mi mujer y un Radiant automático que había pertenecido a mi abuelo. Curiosamente, cuando desapareció todo lo demás, permanecieron los relojes que más historia tenían para mí.
Pasó el tiempo y, con el cumplimiento de aquellos objetivos y proyectos, la afición volvió a llamar a la puerta. Regresé con ganas renovadas y sin la necesidad de perseguir grandes nombres. Durante un par de años me sumergí en el mundo de las marcas chinas y de AliExpress. Compré mucho, probé mucho y aprendí mucho.
La relación calidad-precio era impresionante y empecé a comprar modelos de todo tipo. Homenajes, divers, cronógrafos, relojes de vestir... Llegué a acumular una cantidad indecente de piezas.
Durante una temporada disfruté mucho esa etapa. Poder probar diseños, tamaños y estilos distintos por muy poco dinero tenía su atractivo. Fue una etapa divertida, una especie de laboratorio relojero personal donde descubrí qué me gustaba realmente y qué no.
Pero con el tiempo empecé a notar algo.
Me di cuenta de que estaba acumulando muchos relojes, pero no emociones. Tenía muchísimas piezas, pero pocas me transmitían algo especial. Y ese fue probablemente el momento más importante de mi trayectoria como aficionado. Entendí que mi objetivo ya no era tener más, sino tener mejor. No necesariamente más caro ni más exclusivo, sino más significativo.
Así que hace un año empecé de nuevo. Empezé a vender todos aquellos relojes, salvo dos, y decidí construir una colección con calma, sin prisas y dentro de mis posibilidades. Una colección formada por piezas que realmente me apeteciera ponerme y disfrutar. El primero en llegar fue un reloj que había echado mucho de menos: un Hamilton Khaki Field Automatic de 38 mm.
Hoy me atraen especialmente las pequeñas marcas con personalidad, las que todavía transmiten la sensación de que detrás hay personas y no únicamente departamentos de marketing. Sérica, Baltic, Nivada Grenchen, Crepas, Benjamin James, Monbrey y otras propuestas similares representan muy bien lo que busco actualmente en esta afición.
Con los años también he dejado de sentir cualquier necesidad de aprobación a través de la marca que llevo en la muñeca. Aprendí que un reloj puede ser una obra extraordinaria de ingeniería, diseño y artesanía, pero no eleva el estatus de quien lo lleva. De poco sirve llevar un reloj de lujo si detrás no existe una situación económica sólida o unas prioridades bien ordenadas.
Sigo admirando profundamente muchas de las grandes marcas de la relojería. Sus productos son extraordinarios y forman parte de la historia de esta afición. Sin embargo, también creo que el mercado atraviesa una etapa difícil de justificar. Los precios han subido de forma constante durante años hasta alcanzar cifras que, en muchos casos, poco tienen que ver con el producto en sí. A eso hay que añadir unos costes de mantenimiento que en determinadas marcas superan con facilidad los 800 o incluso los 1.000 euros por una revisión periódica.
Quizá algún día vuelva a tener un reloj de lujo. No lo descarto en absoluto. Pero si ocurre, será porque realmente me apetece y porque encaja en mi momento vital, no porque sienta la necesidad de demostrar nada a nadie. Mientras tanto, soy plenamente feliz recorriendo el camino en el que me encuentro hoy.
Y sin embargo, después de tantos años, de tantos relojes que han entrado y salido, de marcas prestigiosas y de marcas desconocidas, sigo pensando que el reloj más importante de mi colección es aquel humilde Seiko 5 que me regaló mi hoy mujer con 19 años por 25 euros.
Porque con el tiempo he comprendido que el valor de una colección no lo determina el precio de sus piezas, sino las historias que hay detrás de ellas. Y la mía, para bien o para mal, empezó con aquel pequeño Seiko que todavía sigue marcando el paso del tiempo conmigo.
Aquí os dejo ese Seiko 5:
PD: Disculpad el plomazo.
En mi caso, la afición por los relojes no nació de la nada. La heredé de mi padre, que en paz descanse. Desde pequeño recuerdo fijarme en sus relojes, escucharlo hablar de ellos y sentir esa curiosidad que, con los años, acabaría convirtiéndose en una pasión. Como casi todos, empecé con los relojes que estaban al alcance de cualquiera: Casio, Lotus, Festina... relojes sencillos que acompañaron una etapa de descubrimiento y que, sin saberlo, me fueron abriendo la puerta a algo mucho más grande.
Mi padre fue, sin duda, quien más me marcó en este aspecto. Siempre fue un gran aficionado a los relojes, aunque, como ocurre en tantas familias, las responsabilidades estaban por delante de cualquier capricho. Con un trabajo normal y corriente y una familia que sacar adelante, su afición siempre tuvo que adaptarse a unas posibilidades económicas ajustadas. Aun así, nunca perdió el interés por los relojes ni la capacidad de disfrutar de ellos.
Con apenas 19 años llegó mi primer automático. Un modesto Seiko 5 con calibre 7S26 por 25 euros que vi en un Cash Converters y que mi novia, hoy mi mujer, me regaló. Hoy puede parecer una cantidad insignificante, pero para mí representó muchísimo más que una compra. Fue el reloj que me hizo descubrir la magia de una máquina latiendo en la muñeca sin necesidad de pilas, el que me enseñó que un reloj podía tener alma. Quizá por eso, después de tantos años y de tantas idas y venidas, sigue conmigo.
A partir de ahí llegaron años de entusiasmo, aprendizaje y también de cierta ambición relojera. Leí todo lo que cayó en mis manos, pasé horas en foros y aprendí sobre calibres, marcas e historia. Poco a poco fui alcanzando piezas que me parecían inalcanzables. Rolex, Omega, TAG Heuer, Breitling, Franck Muller, IWC, Oris, Longines... relojes que en algún momento fueron objetivos, sueños cumplidos y compañeros de viaje.
Pero la vida, como las colecciones, cambia constantemente. Llegó una etapa en la que tuve que priorizar otros proyectos y otros objetivos, además de afrontar problemas serios de salud. Poco a poco fueron saliendo todos aquellos relojes que tanto había deseado. Recuerdo algunas ventas con satisfacción y otras con mucha tristeza. Al final me quedé con tres piezas: aquel Seiko 5 de los 25 euros, un Orient 3 Stars que también me regaló mi mujer y un Radiant automático que había pertenecido a mi abuelo. Curiosamente, cuando desapareció todo lo demás, permanecieron los relojes que más historia tenían para mí.
Pasó el tiempo y, con el cumplimiento de aquellos objetivos y proyectos, la afición volvió a llamar a la puerta. Regresé con ganas renovadas y sin la necesidad de perseguir grandes nombres. Durante un par de años me sumergí en el mundo de las marcas chinas y de AliExpress. Compré mucho, probé mucho y aprendí mucho.
La relación calidad-precio era impresionante y empecé a comprar modelos de todo tipo. Homenajes, divers, cronógrafos, relojes de vestir... Llegué a acumular una cantidad indecente de piezas.
Durante una temporada disfruté mucho esa etapa. Poder probar diseños, tamaños y estilos distintos por muy poco dinero tenía su atractivo. Fue una etapa divertida, una especie de laboratorio relojero personal donde descubrí qué me gustaba realmente y qué no.
Pero con el tiempo empecé a notar algo.
Me di cuenta de que estaba acumulando muchos relojes, pero no emociones. Tenía muchísimas piezas, pero pocas me transmitían algo especial. Y ese fue probablemente el momento más importante de mi trayectoria como aficionado. Entendí que mi objetivo ya no era tener más, sino tener mejor. No necesariamente más caro ni más exclusivo, sino más significativo.
Así que hace un año empecé de nuevo. Empezé a vender todos aquellos relojes, salvo dos, y decidí construir una colección con calma, sin prisas y dentro de mis posibilidades. Una colección formada por piezas que realmente me apeteciera ponerme y disfrutar. El primero en llegar fue un reloj que había echado mucho de menos: un Hamilton Khaki Field Automatic de 38 mm.
Hoy me atraen especialmente las pequeñas marcas con personalidad, las que todavía transmiten la sensación de que detrás hay personas y no únicamente departamentos de marketing. Sérica, Baltic, Nivada Grenchen, Crepas, Benjamin James, Monbrey y otras propuestas similares representan muy bien lo que busco actualmente en esta afición.
Con los años también he dejado de sentir cualquier necesidad de aprobación a través de la marca que llevo en la muñeca. Aprendí que un reloj puede ser una obra extraordinaria de ingeniería, diseño y artesanía, pero no eleva el estatus de quien lo lleva. De poco sirve llevar un reloj de lujo si detrás no existe una situación económica sólida o unas prioridades bien ordenadas.
Sigo admirando profundamente muchas de las grandes marcas de la relojería. Sus productos son extraordinarios y forman parte de la historia de esta afición. Sin embargo, también creo que el mercado atraviesa una etapa difícil de justificar. Los precios han subido de forma constante durante años hasta alcanzar cifras que, en muchos casos, poco tienen que ver con el producto en sí. A eso hay que añadir unos costes de mantenimiento que en determinadas marcas superan con facilidad los 800 o incluso los 1.000 euros por una revisión periódica.
Quizá algún día vuelva a tener un reloj de lujo. No lo descarto en absoluto. Pero si ocurre, será porque realmente me apetece y porque encaja en mi momento vital, no porque sienta la necesidad de demostrar nada a nadie. Mientras tanto, soy plenamente feliz recorriendo el camino en el que me encuentro hoy.
Y sin embargo, después de tantos años, de tantos relojes que han entrado y salido, de marcas prestigiosas y de marcas desconocidas, sigo pensando que el reloj más importante de mi colección es aquel humilde Seiko 5 que me regaló mi hoy mujer con 19 años por 25 euros.
Porque con el tiempo he comprendido que el valor de una colección no lo determina el precio de sus piezas, sino las historias que hay detrás de ellas. Y la mía, para bien o para mal, empezó con aquel pequeño Seiko que todavía sigue marcando el paso del tiempo conmigo.
Aquí os dejo ese Seiko 5:
PD: Disculpad el plomazo.