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Experiencias, historias, imagenes con bichos, animales, insectos...

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Lo que se encuentra uno buceando en Tenerife

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Acabo de encontrarme fuera este ejemplar de araña lobo, una hembra con su capullo de huevos pegado al abdomen u opistosoma.

Imagino que estaría buscando un escondite. Son cazadoras activas, no tejen una tela esperando presas.

Muy buenas madres, cuidará del capullo hasta que las arañitas eclosionen y las llevará sobre su cuerpo como mínimo hasta la primera o segunda muda de ellas. Luego la prole abandonará la protección de su madre, porque a partir de la segunda muda la madre las verá apetecibles culinariamente ;-).

La última foto es de Internet, ilustrativa de lo que pasa después de la eclosión de los huevos.

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Me muero.🙃☠️💀
 
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Voy a responder tu post por aquí, así se lleva un poco de visibilidad y reflote este hilo :).

El otro día con ocasión del servicio acudimos a la llamada de una muchacha que había encontrado un pobre perro muerto al lado del camino por donde suele caminar. Lo pongo pixelado porque la imagen es dura, y más para los que nos gustan los animales.

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El pobre era un joven macho con un disparo en la cabeza y una cuerda en el cuello que lo estrangulaba 😡, y sin microchip identificador. Yo no era de la localidad pero allí nos reunimos la Policía Local y un veterano guarda de campo que tenían bastante clara su procedencia, pero...

El problema es lo difícil que es imputar ese delito sin más prueba, testimonio o llamada de vecinos quejándose.

Animales criados en zonas que son parte del domicilio.

Revisando nos encontramos los restos óseos de otro perro bajo el mismo árbol.

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Otro animal adulto y joven por la dentición. Me llamó la atención que los líquenes ya se habían desarrollado visiblemente en la superficie.

Líquenes, seres vivos que consiguieron generar suelo fértil de la roca del primigenio planeta Tierra. Tema interesante.

Que barbaridad.
En un pueblo cerca de Sevilla, en unas prácticas con los perros de rescate de mi unidad nos metimos en un zulo y cuando pusimos los frontales podría haber 20 cráneos de podenco, algunos con piel y otros ya solo el hueso ...

Creo que debería haber penas mayores para este tipo de delitos .

Hay que ser mal nacido para hacer algo así....
 
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Qué bien os lo pasáis :clap:.


Espectacular tiburón ángel (Squatina squatina), son bastante tranquilos por lo que tengo entendido.

Al contrario de la pastinaca de abajo, que os está haciendo el acto sesuarl 😀😀😀.



Cuidaito ☠️😼 con esos bicharres...
Si, el tiburón paso por mi cara que yo pensaba que era un colega quitándome el regulador.

Las pastinacas, se que no son de fiar,.pero en La Galleta, Tenerife a base de darles comida se acercan a la gente a "jugar". Hay que tenerles mucho respeto, no iba a ser la primera vez que pincharán a alguien
 
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Delicioso documental que me he encontrado sobre las mariquitas.

 
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Pedazo de camaleón que se encontraron unos amigos por Álora.

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Precioso, en mi años mozos hice la mili en Alicante y por allí en el campamento solíamos ir al campo tanto en marchas como en instrucción, recuerdo que un día nos enseñaron a desmontar, montar y limpiar a conciencia un Cetme varias veces y que estabamos a la sombra debajo de unos árboles y por allí andaban dos o tres bichos de estos preciosos.

Lástima que en la latitud en la que vivo no se encuentran.
 
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Qué valor y conocimiento sobre arañas hay que tener para hacer una demostración de este comportamiento, que yo desconocía totalmente.

O sea, que también utilizan los quelíceros para sujetarse a la superficie en la que están sin gastar veneno, a parte de para cazar, atrapar y matar.​
 
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Qué valor y conocimiento sobre arañas hay que tener para hacer una demostración de este comportamiento, que yo desconocía totalmente.

O sea, que también utilizan los quelíceros para sujetarse a la superficie en la que están sin gastar veneno, a parte de para cazar, atrapar y matar.​
Pero como se le ocurre coger una viuda negra??!!. Valor, conocimiento, osadía y.. poca cabeza?
 
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En el campo nadie recoge la mesa después de una buena comida, como en esta ocasión donde han quedado los restos de lo que apostaría que fué una paloma torcaz.

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Ya hemos tocado el tema de las pupilas en las mantis. Pero es un buen documental.
 
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Conversación entre dos pacientes en boxes (versión corregida e irónica)


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Bartolo (alias Tome): Hola… soy lo que queda de un perro. Bueno, lo que queda después de que me hayan desmontado y montado más veces que un mueble de IKEA. Me llamo Bartolo, pero aquí todos me llaman “Tome”, quizá porque “Tómate esto” es lo único que escucho. No me dan de comer, claro, porque total, ¿para qué alimentar a un puzle? Cada vez que me sacan a pasear, mis piezas se caen como si fuera un reloj de cuco mal ajustado, y tienen que recomponerme. Ya he superado las vidas de un gato, y en esta ocasión han decidido ponerme pupilas nuevas fglorescentes —como si eso fuera a mejorar mi visión del desastre— y un cuello metálico más largo que el de una jirafa con complejo de superioridad. Lo dicho: ya no soy yo. Soy la versión beta de mí mismo.

Sorienter: Encantado, Bartolo‑Tome. Yo soy Sorienter, descendiente directo de Roskopf… sí, de esos que sobrevivían a todo menos al abandono. Igual que tú, pasé años sin que nadie me diera de comer. Me desorienté tanto que acabé en Wallapop, donde caí en manos de un aficionado que creía que “reparar” era sinónimo de “experimentar”. Y aquí estoy: aunque no me llame Paco, cada día me Pa‑come. Me ajusta, me desmonta, me vuelve a montar… y yo, como buen descendiente de Roskopf, sobrevivo a base de resignación y tornillos flojos.

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Esta historia surgió hace unos días atras, después de una operación ambulatoria. Mi cabeza, que últimamente juega en mi contra, decidió torcerse al tercer día: entré en la ducha siendo uno y desperté en Boxes siendo otro.
 
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No me gustan mucho los documentales sensacionalistas, pero este me ha gustado.​

 
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Conversación entre dos pacientes en boxes (versión corregida e irónica)


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Bartolo (alias Tome): Hola… soy lo que queda de un perro. Bueno, lo que queda después de que me hayan desmontado y montado más veces que un mueble de IKEA. Me llamo Bartolo, pero aquí todos me llaman “Tome”, quizá porque “Tómate esto” es lo único que escucho. No me dan de comer, claro, porque total, ¿para qué alimentar a un puzle? Cada vez que me sacan a pasear, mis piezas se caen como si fuera un reloj de cuco mal ajustado, y tienen que recomponerme. Ya he superado las vidas de un gato, y en esta ocasión han decidido ponerme pupilas nuevas fglorescentes —como si eso fuera a mejorar mi visión del desastre— y un cuello metálico más largo que el de una jirafa con complejo de superioridad. Lo dicho: ya no soy yo. Soy la versión beta de mí mismo.

Sorienter: Encantado, Bartolo‑Tome. Yo soy Sorienter, descendiente directo de Roskopf… sí, de esos que sobrevivían a todo menos al abandono. Igual que tú, pasé años sin que nadie me diera de comer. Me desorienté tanto que acabé en Wallapop, donde caí en manos de un aficionado que creía que “reparar” era sinónimo de “experimentar”. Y aquí estoy: aunque no me llame Paco, cada día me Pa‑come. Me ajusta, me desmonta, me vuelve a montar… y yo, como buen descendiente de Roskopf, sobrevivo a base de resignación y tornillos flojos.

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Esta historia surgió hace unos días atras, después de una operación ambulatoria. Mi cabeza, que últimamente juega en mi contra, decidió torcerse al tercer día: entré en la ducha siendo uno y desperté en Boxes siendo otro.

Gracias por recordarme a Joan Baptista Humet. No es mi estilo, pero lo recuerdo. Me gusta.
 
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🐴 Hermosa y los mulos valientes

Historias vivencias de la mili.


En un valle rodeado de montañas vivía un grupo de animales muy especiales: tres mulos testarudos, una yegua llamada Hermosa y un joven soldado que aún no sabía que la valentía a veces se aprende con los cascos y las pezuñas.

El soldado se llamaba Juan, y aunque era fuerte y trabajador, tenía un secreto: le daban miedo los animales grandes. Y aquellos mulos eran tan grandes que parecían montañas con orejas.

El primer día, el capitán le dijo:

—Juan, para que los mulos te quieran, tienes que conocerlos. Hoy dormirás con ellos en la cuadra.

Juan tragó saliva. La cuadra olía a heno, a tierra… y a mulos que no estaban muy convencidos de tener un nuevo amigo. Aun así, entró. Pero cuando Hermosa, la yegua, lo miró con esos ojos enormes, Juan decidió que el frío de enero era mejor compañía y pasó la guardia fuera.

En la segunda guardia, Juan reunió valor. Entró en la cuadra, se acurrucó en el heno y cerró los ojos. Todo iba bien… hasta que uno de los mulos, medio dormido, estiró la pata y ¡zas! le dio una coz en el talón.

—Ay —dijo Juan, convirtiéndose en el cojo más joven del valle.

Los mulos, al verlo cojear, se acercaron curiosos. Hermosa incluso le dio un suave empujón con el hocico, como diciendo: “No te preocupes, soldado. A veces damos coces sin querer.”

Tras recibír una coz en el talón que pase e a ser el cojo de la compañía, y las broma no tardaron en llegar, Si tu compañero cojea hazle un nudo y tendrás un compañero cojonudo,


Con el tiempo, Juan aprendió a cepillarlos, a pintarles las pezuñas y a pasar por debajo de su tripa sin temblar. Los mulos empezaron a confiar en él, y Hermosa lo miraba como quien mira a alguien que por fin entiende el idioma de los animales.

Un día, mientras subían por un camino estrecho de montaña, la carga de uno de los mulos se soltó y cayó al suelo. Juan y el mulo quedaron solos. Juan intentó recolocar la carga, pero el mulo, al verse sin sus compañeros, se asustó. Dio un par de coces al aire y salió corriendo montaña abajo, arrastrando la carga como si fuera un cometa.

Juan se quedó quieto, con el corazón latiendo fuerte. Y entonces escuchó un relincho. Hermosa apareció en la cima del camino, mirándolo con paciencia.

—Vamos, Juan —parecía decir—. A veces los mulos huyen, pero siempre vuelven.

Y así fue. Al rato, el mulo regresó, cansado y avergonzado. Juan le acarició el cuello.

—No pasa nada —le dijo—. A mí también me dan ganas de salir corriendo a veces.

Desde aquel día, Juan ya no tuvo miedo. Los mulos lo seguían como si fuera uno de ellos, y Hermosa caminaba a su lado, orgullosa de su nuevo amigo valiente.

Porque la valentía, descubrió Juan, no era no tener miedo. Era seguir adelante, aunque los mulos dieran coces, aunque las montañas fueran altas, aunque la noche fuera fría.

Y en aquel valle, todos sabían que Juan, el soldado cojo, era el más valiente de todos.

🐖 El cerdito que nunca llegó… porque apareció un burro

Mi otra experiencia como “autor por encargo” vino de mi sobrino‑nieto, que con ocho años y la seriedad de quien pide algo muy importante, me pidió que le escribiera un cuento de un cerdito. Un cerdito, así de claro. Nada de mulos, yeguas ni animales con vocación de sargento. Un cerdito rosa, simpático, infantil.

Pero claro, Juan, uno escribe desde lo que lleva dentro… y lo que yo llevaba dentro eran mulos, coces y recuerdos de la mili. Así que, en vez de un cerdito, me salió un burro. Un burro de carácter, de esos que no piden permiso para entrar en un cuento porque consideran que el cuento les pertenece.

El cerdito quedó relegado a un cajón. Veinte años estuvo allí, esperando pacientemente, como si supiera que algún día le tocaría su turno. Y al final lo terminé, sí: un cuento de cerdito como Dios manda, sin burros infiltrados ni mulos con vocación de dinamiteros.

Eso sí, el cuento está pendiente de ilustración. Una ilustración altruista, por supuesto, porque los cerditos no pagan derechos de autor y los burros, si pudieran, te cobrarían ellos a ti.

Moraleja: Manda huevos… en mi cartilla militar pone “Valor, se le supone”, pero yo juraría que el que escribió eso estaba de resaca.

Galy 2026.



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🐴 Hermosa y los mulos valientes

Historias vivencias de la puta mili.


En un valle rodeado de montañas vivía un grupo de animales muy especiales: tres mulos testarudos, una yegua llamada Hermosa y un joven soldado que aún no sabía que la valentía a veces se aprende con los cascos y las pezuñas.

El soldado se llamaba Juan, y aunque era fuerte y trabajador, tenía un secreto: le daban miedo los animales grandes. Y aquellos mulos eran tan grandes que parecían montañas con orejas.

El primer día, el capitán le dijo:

—Juan, para que los mulos te quieran, tienes que conocerlos. Hoy dormirás con ellos en la cuadra.

Juan tragó saliva. La cuadra olía a heno, a tierra… y a mulos que no estaban muy convencidos de tener un nuevo amigo. Aun así, entró. Pero cuando Hermosa, la yegua, lo miró con esos ojos enormes, Juan decidió que el frío de enero era mejor compañía y pasó la guardia fuera.

En la segunda guardia, Juan reunió valor. Entró en la cuadra, se acurrucó en el heno y cerró los ojos. Todo iba bien… hasta que uno de los mulos, medio dormido, estiró la pata y ¡zas! le dio una coz en el talón.

—Ay —dijo Juan, convirtiéndose en el cojo más joven del valle.

Los mulos, al verlo cojear, se acercaron curiosos. Hermosa incluso le dio un suave empujón con el hocico, como diciendo: “No te preocupes, soldado. A veces damos coces sin querer.”

Tras recibír una coz en el talón que pase e a ser el cojo de la compañía, y las broma no tardaron en llegar, Si tu compañero cojea hazle un nudo y tendrás un compañero cojonudo,


Con el tiempo, Juan aprendió a cepillarlos, a pintarles las pezuñas y a pasar por debajo de su tripa sin temblar. Los mulos empezaron a confiar en él, y Hermosa lo miraba como quien mira a alguien que por fin entiende el idioma de los animales.

Un día, mientras subían por un camino estrecho de montaña, la carga de uno de los mulos se soltó y cayó al suelo. Juan y el mulo quedaron solos. Juan intentó recolocar la carga, pero el mulo, al verse sin sus compañeros, se asustó. Dio un par de coces al aire y salió corriendo montaña abajo, arrastrando la carga como si fuera un cometa.

Juan se quedó quieto, con el corazón latiendo fuerte. Y entonces escuchó un relincho. Hermosa apareció en la cima del camino, mirándolo con paciencia.

—Vamos, Juan —parecía decir—. A veces los mulos huyen, pero siempre vuelven.

Y así fue. Al rato, el mulo regresó, cansado y avergonzado. Juan le acarició el cuello.

—No pasa nada —le dijo—. A mí también me dan ganas de salir corriendo a veces.

Desde aquel día, Juan ya no tuvo miedo. Los mulos lo seguían como si fuera uno de ellos, y Hermosa caminaba a su lado, orgullosa de su nuevo amigo valiente.

Porque la valentía, descubrió Juan, no era no tener miedo. Era seguir adelante, aunque los mulos dieran coces, aunque las montañas fueran altas, aunque la noche fuera fría.

Y en aquel valle, todos sabían que Juan, el soldado cojo, era el más valiente de todos.

🐖 El cerdito que nunca llegó… porque apareció un burro

Mi otra experiencia como “autor por encargo” vino de mi sobrino‑nieto, que con ocho años y la seriedad de quien pide algo muy importante, me pidió que le escribiera un cuento de un cerdito. Un cerdito, así de claro. Nada de mulos, yeguas ni animales con vocación de sargento. Un cerdito rosa, simpático, infantil.

Pero claro, Juan, uno escribe desde lo que lleva dentro… y lo que yo llevaba dentro eran mulos, coces y recuerdos de la mili. Así que, en vez de un cerdito, me salió un burro. Un burro de carácter, de esos que no piden permiso para entrar en un cuento porque consideran que el cuento les pertenece.

El cerdito quedó relegado a un cajón. Veinte años estuvo allí, esperando pacientemente, como si supiera que algún día le tocaría su turno. Y al final lo terminé, sí: un cuento de cerdito como Dios manda, sin burros infiltrados ni mulos con vocación de dinamiteros.

Eso sí, el cuento está pendiente de ilustración. Una ilustración altruista, por supuesto, porque los cerditos no pagan derechos de autor y los burros, si pudieran, te cobrarían ellos a ti.


Galy 2026.



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Bonitos cuentos. Me ha gustado lo de «montañas con orejas» 😀.

Si tu compañero cojea, hazle un nudo y tendrás un compañero cojonudo 😅.

Las mulas son unos semovientes muy particulares. Mi abuelo materno era con lo que se movía y trabajaba, tengo bonitos recuerdos.​
 
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Bonitos cuentos. Me ha gustado lo de «montañas con orejas» 😀.

Si tu compañero cojea, hazle un nudo y tendrás un compañero cojonudo 😅.

Las mulas son unos semovientes muy particulares. Mi abuelo materno era con lo que se movía y trabajaba, tengo bonitos recuerdos.​



Hubo un tiempo en que me dijeron que, para seguir adelante, buscara ayuda debajo de las piedras. Y yo, obediente como un geólogo desesperado, me metí entre cantos rodados, removí grava, levanté pedruscos… y, gracias a ellos, conseguí salir adelante a pico y pala con mis proyectos. No sé si fue mérito mío o de la erosión, pero aquí sigo: escribiendo cuentos para un público imaginario, buscando lectores entre las rocas y celebrando que, al menos, las piedras no me han dejado de hablar… todavía.

En ocasiones me pregunto por qué sigo escribiendo cuentos, si mis hijos no nos dieron nietos y, aparte del foro, no tengo con quién compartirlos. Supongo que es una mezcla de terquedad, vocación y ese optimismo mineral que se me ha pegado: las piedras no leen, pero escuchan; no opinan, pero acompañan; no aplauden, pero tampoco se marchan.

Y mientras haya una roca que no me haya dicho “basta”, seguiré escribiendo.


A destacar que la Rosa de Galy ejecuta dos giros contrapuestos, En las horas puntas, la rosa se alza sobre su tallo: un instante de equilibrio improbable.

Hora 12:45

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Voy a ser sincero: hubo un tiempo en que, a mí —a diferencia de mi padre andaluz—, no me movían las pilas, sino el dinero, el dinero. Mi padre encendía bombillas con el duende; yo contaba monedas que se derretían como manteca al sol. Él tenía un voltaje de feria, un resplandor de romería; yo, en cambio, perseguía euros que se escondían detrás de los olivos como lagartos dorados que sabían que yo no buscaba luz, sino excusas.

Cada cual con su energía: él, eléctrica; yo, mineral. Y en medio, la sombra de Cataluña, donde el dinero no suena… respira, como si esperara el momento exacto para recordarte que nunca fue tuyo.

Y si la bossa sona, la vida es bona; pero cuando deja de sonar, cuando la música se apaga y solo queda tu propio ruido, descubres que el dinero no te salvó, que la música no te sostuvo y que tu padre —ese hombre que encendía bombillas con el duende— sabía algo que tú aprendiste demasiado tarde: que hay vidas que se iluminan, y otras que simplemente se queman.

La mía, por desgracia, aprendió a arder antes que a brillar.

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