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Experiencias, historias, imagenes con bichos, animales, insectos...

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Voy a ser sincero: hubo un tiempo en que, a mí —a diferencia de mi padre andaluz—, no me movían las pilas, sino el dinero, el dinero. Mi padre encendía bombillas con el duende; yo contaba monedas que se derretían como manteca al sol. Él tenía un voltaje de feria, un resplandor de romería; yo, en cambio, perseguía euros que se escondían detrás de los olivos como lagartos dorados que sabían que yo no buscaba luz, sino excusas.

Cada cual con su energía: él, eléctrica; yo, mineral. Y en medio, la sombra de Cataluña, donde el dinero no suena… respira, como si esperara el momento exacto para recordarte que nunca fue tuyo.

Y si la bossa sona, la vida es bona; pero cuando deja de sonar, cuando la música se apaga y solo queda tu propio ruido, descubres que el dinero no te salvó, que la música no te sostuvo y que tu padre —ese hombre que encendía bombillas con el duende— sabía algo que tú aprendiste demasiado tarde: que hay vidas que se iluminan, y otras que simplemente se queman.

🔥
La mía, por desgracia, aprendió a arder antes que a brillar. No tuvo infancia, tuvo combustión. Mientras otros presumían de estrenar luz, la mía ya estaba echando humo, como si la vida viniera con manual de instrucciones pero me hubieran dado solo la página de advertencias.

Y claro, me pilló el toro de la burocracia. Ese toro no embiste: te tramita. Te revisa, te sella, te deniega, te pide un certificado que solo existe en la imaginación de un funcionario aburrido. Cuando quise encenderme, ya estaba en llamas; cuando quise brillar, ya me habían pedido tres copias compulsadas y un justificante de por qué pretendía existir.

Así que aquí estoy: con una chispa que llegó tarde y un incendio que llegó pronto. La luz, si eso, ya vendrá cuando el sistema me dé cita.


Ver el archivos adjunto 3538867

Y no te olvides de las pólizas, en cuanto a burocracia 😀.

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El pueblo sin nombre

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Era la década de los cuarenta, esa época en la que la vida parecía empeñada en demostrar que siempre podía apretarse un poco más el cinturón, aunque ya no quedaran agujeros.

El padre era un joven andaluz, analfabeto y con más hambre que un caracol deslizándose por un espejo, que un día tropezó con una muchacha francesa: minusválida, inmigrante y recién escapada de una guerra. Dos biografías hechas trizas que, por algún misterio del destino —o por pura terquedad humana— decidieron juntarse. Y como la pobreza, cuando se enamora, no pierde el tiempo, acabaron viviendo con los padres de ella, formando una comunidad donde la miseria era compartida, democrática y abundante.

La familia creció pronto: de cuatro bocas pasaron a cinco, gracias a una marcha atrás que funcionó con la misma eficacia que un paraguas roto en medio de un temporal. El tercer hijo llegó sin invitación, y la madre, siempre tan delicada, se lo recordaba: “Tú no debieras estar aquí; te colaste y nos quitaste el pan de la boca.” Una infancia envuelta en ternura, como puede verse.

Los Reyes Magos, por su parte, eran puntuales en su ausencia: el seis de enero pasaban de largo, pero una semana después aparecían con juguetes rescatados de otros niños, reliquias de un pasado ajeno que se reciclaban con la solemnidad de un rito.

El padre, hombre de ingenio forzado, repetía a sus hijos: “Cada día tenéis que traer algo para meter en la cazuela. Todo lo que corre, nada o vuela… pan para la cazuela.” Y los niños obedecían con disciplina casi militar: gorriones, lagartos, anguilas, ranas, renacuajos, caracoles, espárragos, higos chumbos… cualquier criatura o vegetal que cometiera el error de cruzarse en su camino.

Mientras tanto, el padre trabajaba de lo que surgiera: hortelano, enterrador, jardinero del campo santo… oficios que componían un currículum tan variado como desesperado. La madre lavaba ropa en el río, y los hijos ejercían de cazadores, pescadores y recolectores en un mundo donde la supervivencia era la única asignatura obligatoria.

Un día, el padre compró una nevera de hielo, un lujo tan improbable que parecía un chiste. El hijo menor fue nombrado responsable de conseguir el hielo, y lo hacía sin gastar una sola moneda: cambiaba peces, ranas y anguilas por barras de hielo, en un sistema de trueque que habría hecho llorar de emoción a cualquier economista romántico.

Así transcurría la vida: dura, astuta, irónica, pero siempre en movimiento. Porque incluso en la pobreza más obstinada, la imaginación encuentra maneras de seguir respirando.

Galy 2026

Hora 10:10


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Bonitos cuentos. Me ha gustado lo de «montañas con orejas» 😀.

Si tu compañero cojea, hazle un nudo y tendrás un compañero cojonudo 😅.

Las mulas son unos semovientes muy particulares. Mi abuelo materno era con lo que se movía y trabajaba, tengo bonitos recuerdos.​

Aprovecho este hueco para deciros que con la ayuda de la IA, ilustre uno de mis ultimos cuentos, Vivencias de la mili.
 
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Cuando me tocó buscar dinero debajo de las piedras, me presenté a concursos de cuentos y a editoriales. La respuesta fue de museo: “Si busca vivir del cuento, siga con sus relojes.” Y, para qué negarlo, tenían más razón que un cronómetro suizo: tampoco pude vivir de mis otras creaciones, pero reparando y comerciando relojes sí que sobreviví.

Porque la artesanía, la poesía, los cuentos y los inventos…no me dieron ni para merendar. El arte me alimentó el alma, sí, pero el tic‑tac fue el único que pagó la factura.

El padre de los cerdo2

Hace muchos años atrás nos tocó ejercer de tíos & abuelos, una tarea complicada, porque —sorpresa— no te dan manual de instrucciones. Así que, como buen improvisador, me lancé a la aventura.

Cuando el niño me pedía: “Tío, cuéntame un cuento”, yo hacía lo que cualquier adulto responsable haría… recurría a los clásicos. Y cuál era mi sorpresa cuando el niño, indignado, me decía: “¡Así te lo inventas! Mi padre sí que sabe”.

Aquello me frustraba tanto que, en un arrebato de dignidad narrativa, decidí empezar a inventarme mis propios cuentos. Y así fue como empecé a escribirlos. Al principio, con un toque de originalidad desbordante, los firmaba con el apellido de mi esposa: “Los cuentos del padre del Calleja”. Evidentemente, esto no fue del agrado familiar, así que tuve que rebautizar la obra con más humildad (y menos conflictos domésticos): “Cuentos del tío Galy”.


Resumiendo: quedó un cuento por terminar. Un cuento a petición de mi sobrino-nieto sobre un cerdo. Y hoy, tras 20 años de maduración en un cajón (y con una ayudita tecnológica inesperada), por fin lo he terminado.




El padre de los cerdo2


(versión muy infantil, dulce y cantarina)


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Había una vez —cuando el tiempo no sabía ni andar—, un Creador muy contento mirando toda su creación.

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Miraba montes y mares, pajaritos en el sol, como quien guarda un dibujo en la puerta del frigorífico.

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Pero un día, entre sus nubes blancas como algodón, vio que todos los bichitos ¡empezaban a pensar!


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Recordó entonces a Adán y a Eva en su jardín, con frutas, ríos y sombras y un “no tocar”

puesto allí. —No penséis demasiado — dijo con voz de papá—, y esa manzana tan roja…

mejor dejarla en su lugar.


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Adán dijo: —Ni mirarla. Eva dijo: —¿Y por qué no? La curiosidad traviesa les ganó

la discusión.

Dieron un mordisco pequeñito, luego otro más, sin pensar… y salieron del paraíso

como flechas al volar.




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Creador se puso serio: —Esto se va a complicar—, y decidió hacer limpieza con un plan fenomenal.

—Noé, construye un arca, pero grande, grande, ¡así! Que quepan todos los bichos y también lo que hay allí.



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Subieron de dos en dos: jirafas, patos, leones… muy callados al principio, como buenos campeones.


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Pero llovió sin descanso, cuarenta días quizá, y lo que a por la boca sale luego, ya sabrás.



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El arca empezó a oler a calcetín sin secar, y Noé, desesperado, miró al cielo al rezar:


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—¡Señor, esto es imposible! ¡Aquí no se puede estar! Y la voz desde lo alto: —Une colas… y a esperar.




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Noé unió elefantes sin pensar en el después, y nacieron dos cerditos limpios como un amanecer.



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Noe travieso, quiso probar un poco más: —¿Y si pruebo con los cerd2…? solo un intento, sin mal…


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Y salieron dos ratones con pasión por mordiscar.

Roían tabla y madera, hacían túneles sin fin, y el arca se convirtió en queso lleno de hollín.



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—¡Señor! —gritó nuevamente— ¡esto ya es desesperante!

Y la voz, más seria ahora: —No inventes a cada instante.

Haz lo justo, no te pases, cada cual en su lugar…



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Pero añadió, casi en broma: —Leones puedes probar. Noé unió sus colas con cuidado y atención, y nacieron dos gatitos con bigotes

de emoción.




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Moraleja muy sencilla, que se entiende sin disfraz: cada uno a lo que sabe, y lo demás… déjalo en paz.

Galy 2026.
 
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Esta teoría la veo muy lógica.
 
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“A las puertas del hormiguero me quedé, por no llevar zapatos y no saber bailar. Y aquí estoy, en barcelona, derritiéndome de calor.”

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Este cuento lo escribí, como tantos otros, para mi sobrino nieto, que siempre encontraba la manera de participar en mis ocurrencias y aventuras creativas.

Habla de una mascota muy especial: Ruspiela. Se la regalaron a mi hija cuando empezó la universidad de Veterinaria, y desde entonces se convirtió en parte de la familia. Nos acompañó durante catorce años, dejando tras de sí un álbum entero de fotos, vídeos y hasta un par de relojes que, de alguna manera, siguen marcando su presencia.

Tiempo después, un cineasta de animación se interesó por mi taller para una película de dibujos. Yo no encajé en lo que buscaban —querían un taller rústico, casi de cuento, como el de Geppetto— pero les pedí algo distinto: que ilustraran mis historias. Les entregué el cuento de Ruspiela y me lo devolvieron maquetado e ilustrado, como si la pequeña hubiera encontrado una segunda vida en papel y color.

Para este hilo, he preferido poner el cuento original.
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Trabajos realizados



1º Poemas objeto © 1982- 2002

2º El libro mágico de los espejos © 2002

3º Las huellas del tiempo © 2002

4º Los guardianes de los escritos © 2002

5º La tristeza de los guardianes del tiempo © 2002

6 º La sabiduría de la naturaleza © 2002

7º Un insólito encargo © 2002

8º 4.000 años de relojes insólitos 2002

9º Una obra maestra © 2003

10º watchgaly.tk 2003

11º Obras robadas al tiempo © 1982-2004

12º Cuentos de lectura inusual 2004

13º Cuentos español & árabe © 2005

14º Galy, recopilación de cuentos 2005

15º CD. Relojes únicos 2005

16º Los amigos del tiempo © 2006

17º Estofado de burro catalán © 2007

18º Papa cuéntale un cuento © 2007

19º Una coneja llamada Ruspiela © 2008

20º www. poemasobjeto.word.com 2017

21º Apuntes de relojero (Pdf) 1967-2021

22º 4000 – 4023 años de relojería 2020-2023

23º La edad de la inocencia 005-2025

24º El padre de los cer2 2026

25º Una yegua llamada Hermosa 2026

26º Muñequita linda 2026

27º Una araña llamada Filomena 2 026
 
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🐴​

En mis sueños, el burro catalán me bufó con la dignidad agotada de un funcionario en agosto. , así que ni en el subconsciente me libro. Sóc de barcelona i tinc molta calor “A ver cuándo me sacas de la cuadra a dar una vuelta”, me soltó, como si yo mandara algo y no él, que tiene más carácter que un tren de Rodalies en hora punta. Total: hasta mis sueños me pasan lista. Ni dormir me dejan tranquilo.


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Trabajos realizados



1º Poemas objeto © 1982- 2002



2º El libro mágico de los espejos © 2002



3º Las huellas del tiempo © 2002



4º Los guardianes de los escritos © 2002



5º La tristeza de los guardianes del tiempo © 2002



6 º La sabiduría de la naturaleza © 2002



7º Un insólito encargo © 2002



8º 4.000 años de relojes insólitos 2002



9º Una obra maestra © 2003



10º watchgaly.tk 2003



11º Obras robadas al tiempo © 1982-2004



12º Cuentos de lectura inusual 2004



13º Cuentos español & árabe © 2005



14º Galy, recopilación de cuentos 2005



15º CD. Relojes únicos 2005



16º Los amigos del tiempo © 2006



17º Estofado de burro catalán © 2007



18º Papa cuéntale un cuento © 2007





19º Una coneja llamada Ruspiela © 2008



20º www. poemasobjeto.word.com 2017



21º Apuntes de relojero (Pdf) 1967-2021



22º 4000 – 4023 años de relojería 2020-2023



23º La edad de la inocencia 005-2025



24º El padre de los cer2 2026



25º Una yegua llamada Hermosa 2026



26º Muñequita linda 2026



27º Una araña llamada Filomena 2 026



Anecdota: Tras contarles el cuento a mi sobrino‑nieto y a mi esposa, les pregunté:

—¿Os ha gustado?

—Sí —respondieron—, pero es muy triste… porque se comen al burro.

Yo, intentando defenderme, les dije:

—Hombre, acuérdate de aquel día en que estábamos comiendo unos bistecs de ternera y tu madre comentó: “Mira, un ternerito”. Y tu padre añadió: “Sí, el hermanito del que nos estamos comiendo”.

Mi esposa, entonces, me recriminó:

—Tus cuentos son muy crueles. En los que no se comen al protagonista, le quitan partes de su cuerpo… y sin anestesia, de tarde en tarde, hasta hacerlo desaparecer.

Galy, 2026.

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