Franknietto
Forer@ Senior
Sin verificar
Como bien sabemos todos, vivimos una época de consumo rápido. El mundo de los relojes no es ajeno a ello.
Empecé en esta afición hace más de diez años. Recuerdo que lo que realmente me enganchó fue el asombro que me producía ver una máquina capaz de medir el tiempo y funcionar tan bien mediante una conexión de engranajes, muelles y piezas diminutas trabajando en armonía. Aquello me parecía (y sigue pareciendo) brutal.
Con el paso de los años he ido aprendiendo sobre su funcionamiento, sobre el porqué de las cosas y sobre cómo entender que un reloj no solo vale lo que su marca, su historia o su prestigio indiquen, sino también lo que su motor dice de él.
He aprendido a apreciar la relación entre la arquitectura de un calibre y el uso para el que fue concebido el reloj. Esa conexión entre ingeniería, técnica, historia y diseño es, para mí, una de las partes más fascinantes de esta afición.
Sin embargo, tengo la sensación de que últimamente el mercado se ha acelerado demasiado. Aparecen nuevos modelos constantemente, muchos de ellos muy parecidos entre sí, acompañados casi siempre por relatos comerciales dignos de Hollywood.
También observo cómo algunos aficionados viven esta afición casi como si se tratara de una cartera de inversión, pendientes de la compra, la venta y la cotización futura de cada pieza. Otros buscan un supuesto “grial” condicionado por las tendencias del momento. Y, por supuesto, siempre han existido quienes buscan el reconocimiento social que proporciona un determinado reloj. Nada nuevo bajo el sol: ya ocurría cuando un Breguet presidía los salones de la aristocracia europea a finales del Siglo XVIII. Aunque, dicho sea de paso, en aquella época llevar un Breguet también suponía llevar en la muñeca una parte importante de la vanguardia técnica de su tiempo.
Quizás por eso cada vez valoro más otra dimensión de esta afición: la capacidad de un reloj para acumular historias y convertirse en testigo de una vida.
Escribo esto para reivindicar darle historias y vida a nuestros relojes, pero vida de verdad, no de 8 meses de uso y a por el siguiente.
Decimos que los relojes mecánicos son especiales, que tienen alma, pero solo tienen el alma que las personas les aportamos.
Tengo la suerte de conservar un Certina mecánico de 1973, equipado con un calibre 23-30, que sigue funcionando perfectamente. Fue un regalo que recibió mi madre cuando cumplió dieciocho años. Cada vez que lo miro no veo únicamente un reloj, veo a mi madre, veo momentos de su vida y veo una historia que ha llegado hasta mí.
Y quizás ahí resida una parte importante de la magia de esta afición: en que algunos relojes no solo miden el tiempo, sino que también son capaces de conservarlo.
Un abrazo a todos.
Empecé en esta afición hace más de diez años. Recuerdo que lo que realmente me enganchó fue el asombro que me producía ver una máquina capaz de medir el tiempo y funcionar tan bien mediante una conexión de engranajes, muelles y piezas diminutas trabajando en armonía. Aquello me parecía (y sigue pareciendo) brutal.
Con el paso de los años he ido aprendiendo sobre su funcionamiento, sobre el porqué de las cosas y sobre cómo entender que un reloj no solo vale lo que su marca, su historia o su prestigio indiquen, sino también lo que su motor dice de él.
He aprendido a apreciar la relación entre la arquitectura de un calibre y el uso para el que fue concebido el reloj. Esa conexión entre ingeniería, técnica, historia y diseño es, para mí, una de las partes más fascinantes de esta afición.
Sin embargo, tengo la sensación de que últimamente el mercado se ha acelerado demasiado. Aparecen nuevos modelos constantemente, muchos de ellos muy parecidos entre sí, acompañados casi siempre por relatos comerciales dignos de Hollywood.
También observo cómo algunos aficionados viven esta afición casi como si se tratara de una cartera de inversión, pendientes de la compra, la venta y la cotización futura de cada pieza. Otros buscan un supuesto “grial” condicionado por las tendencias del momento. Y, por supuesto, siempre han existido quienes buscan el reconocimiento social que proporciona un determinado reloj. Nada nuevo bajo el sol: ya ocurría cuando un Breguet presidía los salones de la aristocracia europea a finales del Siglo XVIII. Aunque, dicho sea de paso, en aquella época llevar un Breguet también suponía llevar en la muñeca una parte importante de la vanguardia técnica de su tiempo.
Quizás por eso cada vez valoro más otra dimensión de esta afición: la capacidad de un reloj para acumular historias y convertirse en testigo de una vida.
Escribo esto para reivindicar darle historias y vida a nuestros relojes, pero vida de verdad, no de 8 meses de uso y a por el siguiente.
Decimos que los relojes mecánicos son especiales, que tienen alma, pero solo tienen el alma que las personas les aportamos.
Tengo la suerte de conservar un Certina mecánico de 1973, equipado con un calibre 23-30, que sigue funcionando perfectamente. Fue un regalo que recibió mi madre cuando cumplió dieciocho años. Cada vez que lo miro no veo únicamente un reloj, veo a mi madre, veo momentos de su vida y veo una historia que ha llegado hasta mí.
Y quizás ahí resida una parte importante de la magia de esta afición: en que algunos relojes no solo miden el tiempo, sino que también son capaces de conservarlo.
Un abrazo a todos.