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Gracias y desgracias de la afición a los relojes

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Gracias y desgracias
de la afición a los relojes

por José San Antonio, alias sawc



“En los ratos que estaba ocioso, que eran los más del año, este nuestro hidalgo se dedicaba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó el ejercicio de la caza y la administración de su hacienda. Y a tanto llegó su desatino, que vendió algunas tierras de sembradura para comprar aquellos libros. Los que más le entusiasmaban eran los de Feliciano de Silva, sobre todo cuando leía pasajes con desafíos y requiebros como éste: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura. (...) Pero lejos de desanimarse, se enfrascó tanto en la lectura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro y perdió el juicio”.

El Quijote
Miguel de Cervantes


Con mejor intención que acierto debería comenzar diciendo aquello de “... y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia”, pero me temo que no; todos, en algún momento, nos hemos visto reflejados en nuestro hidalgo debido a la afición a los relojes y a coleccionarlos.

A las preguntas de ¿por qué esta afición a los relojes?, ¿por qué coleccionar?, ¿es necesario?, podemos contestar: ¿por qué no? Si cualquier otra afición o interés por un tema es una vía de conocimiento y una fuente de placer, como la lectura o la fotografía por ejemplo, nuestra afición a los relojes también. Se trata de una actividad placentera y lo hacemos porque nos gusta, y compadecemos a quienes no lo hacen por lo que se pierden: los buenos ratos con los colegas, el intercambio de conocimientos, la ayuda, el compartir impresiones y pareceres, los consejos, etc. Y sobre todo cuando esa emoción sensorial (Oischhh, que cursi queda esto pero es que no sé como expresarlo) en la que nos ensimismamos, al quedar prendados de un reloj, se convierte directamente en una mezcla de satisfacción y alegría después de adquirirlo, no sin antes haber barruntado de dónde sacar el dinero y mascullado cómo o dónde comprarlo más barato, o de haber ahorrado durante un tiempo en un acto autopunitivo renunciando a otros ocios, y de conocer hasta el más mínimo detalle del mismo. Finalmente, buscamos en esa intimidad solidaria (me refiero al foro) reafirmar nuestra satisfacción y alegría con esos esperados mensajes de “Enhorabuena”, “Un reloj precioso”, “Todo un acierto”, “Que lo disfrutes”,...

Creo que en realidad, quizás hacemos esto para ser más felices. Igual que el aficionado a la lectura, que es feliz cuando lee, que tiene la convicción de estar matando bien el tiempo porque, si no lee, la sensación es que el tiempo le mata a él. O el aficionado a la fotografía, que en cuanto dispone de un rato se transforma en un masturbador de obturadores, congelando el tiempo en instantes, con todo aquello que se pone por delante de sus cámaras.

Esta afición –como otras, supongo- también produce situaciones curiosas, sino picarescas. Al prendarnos de un reloj desaparece el mundo que nos rodea (como cuando te enamoras), y al adquirirlo sentimos el mundo más presente (como cuando te desposas) Creo que no hacen falta explicaciones; es una paradoja como otra cualquiera. La proeza ya está hecha, y el desatino, si cabe, también. ¡Pero, qué demonios! paradojas a la mar (que igual era de submarinismo). La picaresca se produce cuando la pieza recién adquirida entra y sale de casa, durante un período de tiempo prudencial, en la más absoluta clandestinidad. Esto no tiene otra finalidad que la de no ser convertidos en eunucos. Sin embargo, a partir de cierto grado de alfabetización en la materia, y cuando la densidad de la colección es apreciable, el “efecto esposa” –para coleccionistas casados- desaparece; simplemente ya se han perdido, nuestra afición se ha vuelto incontrolable (por parte de la esposa y por parte de uno mismo, claro). Las nuevas adquisiciones ya pueden descansar tranquilas al socaire de la complicidad de las demás piezas. Además, a las preguntas ¿ese reloj es nuevo? o ¿cuánto te ha costado ese reloj? se responde no sólo con naturalidad, sino también con contundencia y destreza alguna de esas frases del extenso repertorio de argumentos perfectamente ensayados: “Sí, es nuevo pero de segunda mano” o “Bah, muy barato. Está descatalogado. Además vendí uno a muy buen precio que ya no me decía nada”, y cosas por el estilo.

También produce sentimientos; los buenos los podemos obviar pues son de todos conocidos, y de entre los malos destaca el de culpa, que es directamente proporcional al dinero desembolsado e inversamente proporcional al tiempo que tarda en perder nuestro interés. Este es un sentimiento curioso porque no acaece de inmediato, sino a la sazón el reloj comienzó a perder la emoción que nos producía al principio. A veces ocurre que la culpa se disipa de inmediato cuando, después de haberlo tenido en el abandono, nuestra mirada se clava en la muñeca ajena de un fulano y nos decimos para nuestros adentros: ¡Joder, si ese reloj también lo tengo yo! ¡Mira que es bonito! ¡Si es que queda de Post Meridiem! Y hete aquí, que en cuanto llegamos a casa le damos el relevo al que llevábamos puesto por el del fulano, o sea, el nuestro. Si es que somos más raros que los “twistors” (que lo del perro verde ya está muy dicho. Roger Penrose, colega de Stephen Hawking, los define como: "objetos geométricos abstractos que operan en un espacio complejo multidimensional que subyace al espacio-tiempo").

No sé, pero esta afición es parecida a la colitis, cuando se produce ese deseo irremediable por desalojar el contenido intestinal, o te compras el reloj o revientas.

Aquí, el que escribe esto, en su día tuvo a bien abstenerse en lo posible de tan noble afición a coleccionar relojes, pues ya coleccionaba otras cosas, pero cometiendo un dislate aún mayor que seguro la mayoría ya conoce. El caso es hacer lo que a uno le gusta, y si eso nos hace ser más felices, mejor.

Y termino con el mismo texto del principio, extraído de El Quijote, pero esta vez en la versión escrita por Ignacio Calvo en latín macarrónico, que tiene más gracia, y con algún pequeño cambio del que escribe, por venir a cuento.

“Oportet scire quod sobredichus fidalgus, in ratis quibus estabat ociosus (qui erat quasi totis anni) enfrascabatur in lectura “furum horologium sui generis” cum aficione tanta et gustu tanto, quod dejavit quasi per completum exercicium cazae et etiam administrationem suae haciendae, et tam emperratum estabat in istis cosis de la "aficione horologium collectionis", quod véndidit plures fanegas térrae sembradurae ut compraret “machinae ut computatum tempus” ad talem asuntum pertinentes, de quibus implevit domum suam. Noctes et dies estabat dale que dale super interpretacionem quarundam frasium sicut ista: La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura. Non est dicendum tremendum baturrillum formatum in suo calletre...”

Historia Dómini Quijoti Manchegui
Ignatium Calvum


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