miminh0
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Hace poco más de dos meses llegué a los 1000 / Milpostista, donde os enseñé mis relojes y os di un poco la turra:
En aquella ocasión, hubo un bonus track, el Omega Moonwatch. Desde entonces y con la llegada de este, no sé si es paz relojera, o qué carajo es, pero sentía que estaba completo, seguía mirando relojes claro, y catálogos, y participando en el foro con alegría, pero no ansiaba ninguna pieza por primera vez en muchísimo tiempo...
O eso creía.
Nuevos Longines HC muy chulos, locurones raritos y carísimos en el Watches & Wonders, relojes de plastiquete AP x Swatch para colgárselos, Rolex de colorines...nada me generaba mucho interés, porque en el fondo, sabía que tenía un asunto que resolver, un GRIAL que buscar, un caso que llevaba sin resolver en mi mesa exactamente 5 años sin solución ni pistas...
El caso de los 5 años: Informe de la Investigación
El día amaneció gris, de esos que invitan a quedarse en la cama contando las alternancias por hora de un calibre automático, pero el deber me llamaba. Mi clienta -una persona implacable de corta estatura, exigencias infinitas y con un rostro que me recordaba a alguien conocido- fue muy clara con el encargo. Quería una pieza muy concreta. Nada de sucedáneos. Durante años había aceptado mis informes provisionales, mis avances parciales y mis teorías pendientes de verificación con una paciencia que la honraba y me permitía seguir ejerciendo la profesión.
Yo, por mi parte, había administrado aquellas pequeñas victorias con prudencia. Los detectives veteranos sabemos que una investigación larga no se sostiene únicamente con resultados. También requiere una gestión adecuada de las expectativas.
Mi clienta tenía además una cualidad que siempre he admirado y temido a partes iguales: distinguía con extraordinaria facilidad entre los problemas importantes y los que no lo eran. Por desgracia, rara vez coincidíamos en cuáles pertenecían a cada categoría.
Sin embargo, empezaba a quedarme sin expectativas que gestionar.
Y sin resultados.
Necesitaba respuestas y no tenía absolutamente nada.
Por eso puse rumbo a Guadalajara en busca de respuestas. Me hubiera gustado decir que en un glamouroso Pegaso Z-102, pero 3000 malditos euros tuvieron la culpa de que siguiera con mi viejo Megane.
Siempre acudía allí cuando una investigación requería conocimientos que excedían ampliamente los míos. Mi confidente escuchó el caso en silencio y, tras unos segundos de reflexión, comenzó una exposición fascinante sobre cuarzos solares japoneses, precisiones absurdas, leyes de la termodinámica y matices de la escritura en chino mandarín que, al parecer, guardaban una relación evidente con mi problema.
La explicación era brillante, pero a los veinte minutos mis tripas habían decidido intervenir en la investigación.
Mientras él desarrollaba teorías perfectamente documentadas y estructuradas, mi mente avanzaba por la carretera de Zaragoza, rumbo provincia de Soria en dirección a un torrezno que todavía no conocía, pero con el que ya fantaseaba.
Nos despedimos cordialmente. Pese al interés que me suscitaban sus explicaciones, un torrezno es un torrezno. Puede que los japoneses sean unos fieras de la ingeniería industrial y las tecnologías solares, pero siempre he sospechado que más de uno vendería todos sus Grand Seiko a cambio de un torrezno debidamente ejecutado.
Continué hasta Logroño.
Seguía dándole vueltas a la investigación, pero necesitaba centrarme. Había demasiado ruido mental y muy pocas respuestas. Japón y los cuarzos solares tendrían que esperar.
La operación bikini también. Otro año más.
Necesitaba respuestas y, como suele ocurrir en las investigaciones complicadas, decidí buscarlas donde siempre habían estado: en los bares.
Acudí a una vieja taberna del casco antiguo donde algunos parroquianos mantenían una relación distante con la Denominación de Origen Rioja y bastante más estrecha con el vino peleón. Había más sabiduría apoyada en aquella barra de aluminio pegajosa y sobre aquel suelo cubierto de serrín que en algunas universidades perfectamente acreditadas.
Expuse el caso.
Todos quisieron ayudar.
Aquello fue precisamente el problema.
El primero estaba convencido de que la respuesta se encontraba en los relojes antiguos, heredados, con intangibles. El segundo sostenía exactamente lo contrario. El tercero intervino para explicar que el verdadero problema no eran los relojes, sino el mercantilismo desatado que había terminado corrompiendo incluso las aficiones más puras.
La conversación, como suele ocurrir en estos casos, empezó a alejarse rápidamente de mi investigación.
—Polster sí que era bueno.
—Salenko era mucho mejor.
—Lo que pasa es que Eguizábal lo trajo engañado.
—Ruggeri era un paquete.
—Pues el Madrid bien que nos lo fichó.
—El bueno de verdad era el Tato Abadía, sencillo, sin tanta tontería.
—Pues ahora tiene una tienda de quesos y vinos junto a la calle San Agustín.
Aquello continuó durante varios minutos más. Cada uno defendía su teoría con la misma convicción con la que un teólogo defiende un dogma o un aficionado a la relojería su última adquisición.
Mi investigación, sin embargo, seguía exactamente donde estaba cuando entré.
Decidí largarme.
Salí a la calle y comencé a caminar sin rumbo fijo. La noche había caído sobre el casco antiguo de Logroño cuando me llegó aquel aroma inconfundible.
Reconocí el olor antes incluso de ver el local. Los champiñones del Soriano.
Si un champiñón puede aclararte las ideas, dos pueden iluminarte me dije a mí mismo, así que decidí obedecer a mis instintos más primitivos y sucumbí a ese sencillo manjar:
Solo cuando terminé el segundo con su consiguiente trago de vino, fue cuando comprendí que llevaba demasiado tiempo buscando respuestas complicadas para un problema no tan complejo. La simple perfección de aquel champiñón coronado con una gambita, sobre una plancha con más historia que un museo, construido con poco más que oficio y sentido común, abrió una grieta por la que empezó a colarse la luz.
A la mañana siguiente emprendí el regreso a Madrid. Mientras el Mégane devoraba kilómetros fui repasando mentalmente la investigación.
Pensé en mi confidente de Guadalajara, en los parroquianos de Logroño, los champis, y en todas las respuestas que habían intentado ofrecerme.
Llegué a Madrid aquella misma tarde.
Habíamos acordado reunirnos en Serrano.
Comenzamos a pasear mientras yo le exponía mis avances en la investigación. A nuestro paso se sucedían escaparates impecables. Había relojes ligados a expediciones, a la Luna, a las profundidades oceánicas y a toda clase de gestas extraordinarias. Mi clienta pasó delante de todos ellos sin mostrar el menor interés.
Yo tampoco me detuve.
Eso sí, reduje ligeramente la velocidad en un par de ocasiones.
Quizá tres.
No más de cuatro.
Estaba tan concentrado ordenando mis conclusiones que casi no me di cuenta de que la clienta se había detenido.
—¡Papá!
Levanté la vista.
—¡Ese!
Seguí la dirección de su dedo.
—¿Y por qué ese?
La clienta me observó durante unos segundos con una mezcla de paciencia y compasión.
—Porque tiene gatitos, brillis, es morado y rosa.
Hizo una breve pausa.
—Mis colores favoritos.
Aquello fue todo. La clienta había resuelto el caso al que yo no había sabido dar respuesta durante 5 años.
Mientras abandonábamos la tienda con el botín bajo el brazo, la miré de reojo y no pude evitar sonreír. Mi clienta dice que de mayor quiere ser astronauta (ni bailarina, ni cantante, ni médica, ni profesora). Yo, que soy un detective chapado a la antigua y un sentimental incorregible, ya le he prometido que, si consigue llegar a las estrellas (le he explicado que va a tener que estudiar un montón), el Moonwatch que cerró el bonus track de mi hilo de los 1000 mensajes será suyo cuando sea mayor.
Caso cerrado.
-------------------
Quiero agradeceros a todos/as los que hayáis llegado hasta el final (a los/as que no hayáis llegado hasta el final pues también pero menos) por los buenos ratos que echamos en el foro, las CRI compartidas, el buen rollo generalizado, el aprendizaje (poco en mi caso pero qué sé yo, algo quedará), y el espacio tan sano "virtual" que construimos entre todos/as.
¡Un abrazo a todos/as y a por los próximos 2.000!
PD: Si al final no termina siendo astronauta, el Moonwatch será suyo igualmente, claro.
Buenas a todos,
Llegué en 2016, como tantos, buscando un automático (que cayó por aquí, de Cencibel) y me quedé años en la sombra… como Batman, pero con menos perras y el glamour de un señor de Logroño expatriado en los Madriles.
En octubre de 2025, por lo que fuera, me animé a participar activamente, me presenté y, así con la tontería… algo más de mil mensajes ya. Así que toca repaso rápido y enseñar la caja.
A nivel técnico sigo sin tener ni pajolera idea —sé más que mi cuñado, pero menos que casi cualquiera por aquí—, aunque ya no me suenan a chino cosas como “carrura”, “áncora” o...
Llegué en 2016, como tantos, buscando un automático (que cayó por aquí, de Cencibel) y me quedé años en la sombra… como Batman, pero con menos perras y el glamour de un señor de Logroño expatriado en los Madriles.
En octubre de 2025, por lo que fuera, me animé a participar activamente, me presenté y, así con la tontería… algo más de mil mensajes ya. Así que toca repaso rápido y enseñar la caja.
A nivel técnico sigo sin tener ni pajolera idea —sé más que mi cuñado, pero menos que casi cualquiera por aquí—, aunque ya no me suenan a chino cosas como “carrura”, “áncora” o...
- miminh0
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- Foro: Foro General
En aquella ocasión, hubo un bonus track, el Omega Moonwatch. Desde entonces y con la llegada de este, no sé si es paz relojera, o qué carajo es, pero sentía que estaba completo, seguía mirando relojes claro, y catálogos, y participando en el foro con alegría, pero no ansiaba ninguna pieza por primera vez en muchísimo tiempo...
O eso creía.
Nuevos Longines HC muy chulos, locurones raritos y carísimos en el Watches & Wonders, relojes de plastiquete AP x Swatch para colgárselos, Rolex de colorines...nada me generaba mucho interés, porque en el fondo, sabía que tenía un asunto que resolver, un GRIAL que buscar, un caso que llevaba sin resolver en mi mesa exactamente 5 años sin solución ni pistas...
El caso de los 5 años: Informe de la Investigación
El día amaneció gris, de esos que invitan a quedarse en la cama contando las alternancias por hora de un calibre automático, pero el deber me llamaba. Mi clienta -una persona implacable de corta estatura, exigencias infinitas y con un rostro que me recordaba a alguien conocido- fue muy clara con el encargo. Quería una pieza muy concreta. Nada de sucedáneos. Durante años había aceptado mis informes provisionales, mis avances parciales y mis teorías pendientes de verificación con una paciencia que la honraba y me permitía seguir ejerciendo la profesión.
Yo, por mi parte, había administrado aquellas pequeñas victorias con prudencia. Los detectives veteranos sabemos que una investigación larga no se sostiene únicamente con resultados. También requiere una gestión adecuada de las expectativas.
Mi clienta tenía además una cualidad que siempre he admirado y temido a partes iguales: distinguía con extraordinaria facilidad entre los problemas importantes y los que no lo eran. Por desgracia, rara vez coincidíamos en cuáles pertenecían a cada categoría.
Sin embargo, empezaba a quedarme sin expectativas que gestionar.
Y sin resultados.
Necesitaba respuestas y no tenía absolutamente nada.
Por eso puse rumbo a Guadalajara en busca de respuestas. Me hubiera gustado decir que en un glamouroso Pegaso Z-102, pero 3000 malditos euros tuvieron la culpa de que siguiera con mi viejo Megane.
Siempre acudía allí cuando una investigación requería conocimientos que excedían ampliamente los míos. Mi confidente escuchó el caso en silencio y, tras unos segundos de reflexión, comenzó una exposición fascinante sobre cuarzos solares japoneses, precisiones absurdas, leyes de la termodinámica y matices de la escritura en chino mandarín que, al parecer, guardaban una relación evidente con mi problema.
La explicación era brillante, pero a los veinte minutos mis tripas habían decidido intervenir en la investigación.
Mientras él desarrollaba teorías perfectamente documentadas y estructuradas, mi mente avanzaba por la carretera de Zaragoza, rumbo provincia de Soria en dirección a un torrezno que todavía no conocía, pero con el que ya fantaseaba.
Nos despedimos cordialmente. Pese al interés que me suscitaban sus explicaciones, un torrezno es un torrezno. Puede que los japoneses sean unos fieras de la ingeniería industrial y las tecnologías solares, pero siempre he sospechado que más de uno vendería todos sus Grand Seiko a cambio de un torrezno debidamente ejecutado.
Continué hasta Logroño.
Seguía dándole vueltas a la investigación, pero necesitaba centrarme. Había demasiado ruido mental y muy pocas respuestas. Japón y los cuarzos solares tendrían que esperar.
La operación bikini también. Otro año más.
Necesitaba respuestas y, como suele ocurrir en las investigaciones complicadas, decidí buscarlas donde siempre habían estado: en los bares.
Acudí a una vieja taberna del casco antiguo donde algunos parroquianos mantenían una relación distante con la Denominación de Origen Rioja y bastante más estrecha con el vino peleón. Había más sabiduría apoyada en aquella barra de aluminio pegajosa y sobre aquel suelo cubierto de serrín que en algunas universidades perfectamente acreditadas.
Expuse el caso.
Todos quisieron ayudar.
Aquello fue precisamente el problema.
El primero estaba convencido de que la respuesta se encontraba en los relojes antiguos, heredados, con intangibles. El segundo sostenía exactamente lo contrario. El tercero intervino para explicar que el verdadero problema no eran los relojes, sino el mercantilismo desatado que había terminado corrompiendo incluso las aficiones más puras.
La conversación, como suele ocurrir en estos casos, empezó a alejarse rápidamente de mi investigación.
—Polster sí que era bueno.
—Salenko era mucho mejor.
—Lo que pasa es que Eguizábal lo trajo engañado.
—Ruggeri era un paquete.
—Pues el Madrid bien que nos lo fichó.
—El bueno de verdad era el Tato Abadía, sencillo, sin tanta tontería.
—Pues ahora tiene una tienda de quesos y vinos junto a la calle San Agustín.
Aquello continuó durante varios minutos más. Cada uno defendía su teoría con la misma convicción con la que un teólogo defiende un dogma o un aficionado a la relojería su última adquisición.
Mi investigación, sin embargo, seguía exactamente donde estaba cuando entré.
Decidí largarme.
Salí a la calle y comencé a caminar sin rumbo fijo. La noche había caído sobre el casco antiguo de Logroño cuando me llegó aquel aroma inconfundible.
Reconocí el olor antes incluso de ver el local. Los champiñones del Soriano.
Si un champiñón puede aclararte las ideas, dos pueden iluminarte me dije a mí mismo, así que decidí obedecer a mis instintos más primitivos y sucumbí a ese sencillo manjar:
Solo cuando terminé el segundo con su consiguiente trago de vino, fue cuando comprendí que llevaba demasiado tiempo buscando respuestas complicadas para un problema no tan complejo. La simple perfección de aquel champiñón coronado con una gambita, sobre una plancha con más historia que un museo, construido con poco más que oficio y sentido común, abrió una grieta por la que empezó a colarse la luz.
A la mañana siguiente emprendí el regreso a Madrid. Mientras el Mégane devoraba kilómetros fui repasando mentalmente la investigación.
Pensé en mi confidente de Guadalajara, en los parroquianos de Logroño, los champis, y en todas las respuestas que habían intentado ofrecerme.
Llegué a Madrid aquella misma tarde.
Habíamos acordado reunirnos en Serrano.
Comenzamos a pasear mientras yo le exponía mis avances en la investigación. A nuestro paso se sucedían escaparates impecables. Había relojes ligados a expediciones, a la Luna, a las profundidades oceánicas y a toda clase de gestas extraordinarias. Mi clienta pasó delante de todos ellos sin mostrar el menor interés.
Yo tampoco me detuve.
Eso sí, reduje ligeramente la velocidad en un par de ocasiones.
Quizá tres.
No más de cuatro.
Estaba tan concentrado ordenando mis conclusiones que casi no me di cuenta de que la clienta se había detenido.
—¡Papá!
Levanté la vista.
—¡Ese!
Seguí la dirección de su dedo.
—¿Y por qué ese?
La clienta me observó durante unos segundos con una mezcla de paciencia y compasión.
—Porque tiene gatitos, brillis, es morado y rosa.
Hizo una breve pausa.
—Mis colores favoritos.
Aquello fue todo. La clienta había resuelto el caso al que yo no había sabido dar respuesta durante 5 años.
Mientras abandonábamos la tienda con el botín bajo el brazo, la miré de reojo y no pude evitar sonreír. Mi clienta dice que de mayor quiere ser astronauta (ni bailarina, ni cantante, ni médica, ni profesora). Yo, que soy un detective chapado a la antigua y un sentimental incorregible, ya le he prometido que, si consigue llegar a las estrellas (le he explicado que va a tener que estudiar un montón), el Moonwatch que cerró el bonus track de mi hilo de los 1000 mensajes será suyo cuando sea mayor.
Caso cerrado.
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Quiero agradeceros a todos/as los que hayáis llegado hasta el final (a los/as que no hayáis llegado hasta el final pues también pero menos) por los buenos ratos que echamos en el foro, las CRI compartidas, el buen rollo generalizado, el aprendizaje (poco en mi caso pero qué sé yo, algo quedará), y el espacio tan sano "virtual" que construimos entre todos/as.
¡Un abrazo a todos/as y a por los próximos 2.000!
PD: Si al final no termina siendo astronauta, el Moonwatch será suyo igualmente, claro.
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), aunque...si le pilla el gustito a la afición.... por mi parte encantado de la vida en ayudarla con sus investigaciones 