jorgesdb
Un señor raro
Contribuidor de RE
Verificad@ con 2FA
Mi investigación de los cuarzos, que derivó hacia los Eco-Drive me ha llevado a lugares extraños que no conocía, y aunque se trata de un reloj que se presentó en sociedad hace justo 3 años, merece la pena hablar de él (no está solo, hay modelos para mujer y he visto algún Attesa que salió posteriormente) porque el dial es una excentricidad maravillosa de Citizen.
El BN0166-01L pertenece a la colección UNITE with BLUE, lanzada en junio de 2023 alrededor del Día Mundial de los Océanos (que fue ayer día 8), en una tirada de unas 7.000 piezas. Es un Promaster Dive de toda la vida en lo demás: caja de acero de 44 milímetros, 200 metros de estanqueidad, calibre Eco-Drive E168 alimentado por luz, y una correa de poliuretano de base biomásica. Su precio orientativo rondaba los 430€
La esfera está impresa sobre policarbonato 100% reciclado, y lleva un patrón asimétrico en tonos azul-verde inspirado en el océano. Pero describir su color es una tarea condenada al fracaso, porque el color depende de cuándo y cómo se mire. De frente y con buena luz, domina un azul profundo, oceánico, salpicado de destellos. Lo inclinas un poco y los destellos se desplazan hacia el verde...
¿De qué color es realmente este dial? De ninguno, por raro que os pueda parecer.
Estamos acostumbrados a que el color sea una propiedad de las cosas, como el peso. La esfera de un Submariner es negra porque tiene laca negra; un dial verde Rolex es verde porque alguien depositó sobre él una sustancia verde. El pigmento funciona por sustracción: absorbe casi todas las longitudes de onda de la luz blanca y nos devuelve solo las que no ha sabido tragarse. El verde que vemos es, en realidad, el verde que ese material rechaza.
Existe, sin embargo, otra forma de tener color, y no la inventó ningún químico. La inventó la evolución, y lleva cientos de millones de años puliéndola. Cuando uno mira el azul eléctrico de una mariposa Morpho y trata de localizar el pigmento azul, no lo encuentra: no lo hay. Si se muelen sus alas, el polvo resultante es pardo. El azul no está en una sustancia, sino en la forma. Las escamas del ala están cubiertas de microestructuras, repisas y crestas espaciadas a una distancia comparable a la longitud de onda de la luz visible, y esas estructuras no absorben la luz: la peinan. Reflejan unas ondas, dejan pasar otras, hacen que ciertas se refuercen entre sí y otras se cancelen. El fenómeno se llama interferencia, y es el mismo que pinta de tornasol una pompa de jabón o el dial iridiscente del Yema Navygraf Pearl (aunque en este caso se trata de un sistema híbrido, microestructuras que crean la iridiscencia sobre superficie pigmentada).
Mariposa Morpho. Autor: Didier Descouens • CC BY-SA 4.0
A este color sin tinte se le llama color estructural, y tiene una propiedad que el pigmento no puede imitar: cambia con el ángulo. Como el camino que recorre la luz dentro de esas microestructuras depende de la inclinación con que incide, el tono se desplaza cuando movemos la cabeza o la muñeca. Es lo que llamamos iridiscencia.
Fuente: Wikipedia.
Los japoneses, que tienen buen ojo para estas cosas, bautizaron hace siglos a uno de sus insectos más bellos, un escarabajo joya de alas metálicas, con el nombre de tamamushi, y la palabra acabó significando, por extensión, aquello cuyo color cambia según se mire.
Citizen contó con la tecnología de Fujifilm para llevar a cabo este espectacular dial.
Fujifilm fue durante décadas una empresa de película fotográfica, su negocio entero consistía en controlar, capa a capa y molécula a molécula, cómo se comporta la luz dentro de una emulsión finísima. Cuando la fotografía química se desplomó, Fujifilm sobrevivió reconvirtiendo ese saber en otras direcciones. Una de ellas fue aprender a fabricar color sin pigmento.
El 23 de marzo de 2022, Fujifilm presentó su Structural Color Inkjet Technology. El concepto es una tinta que no contiene ni tintes ni pigmentos, es decir, una tinta sin color propio, y que, al fijarse sobre el sustrato, forma dentro de su propia película una microestructura fina capaz de hacer interferir la luz y revelar así el color estructural. La tinta llega incolora; el color nace en el momento de posarse. Fujifilm reconoce abiertamente su deuda con la naturaleza y cita los mismos referentes que he usado aquí: la mariposa Morpho y el escarabajo tamamushi. No es marketing, es ciencia.
Fujifilm no ha publicado la composición exacta de la tinta ni el detalle preciso de la nanoestructura que se forma. Describe el mecanismo como interferencia por microestructuras dentro de la película de tinta y ya está. No hay datos de números de capas, espesores o geometrías concretas.
Según ambas empresas, fue la primera vez que esta tinta especial se empleaba en la industria relojera. El estreno llegó en julio de 2022, en la línea femenina CITIZEN L AMBILUNA. El BN0166-01L, un año después, fue su desembarco en territorio menos delicado: un reloj de buceo de hombre, de acero, de precio contenido.
Existe todavía una tercera vía para tener este azul cambiante, que seguramente sea la que me atrae tanto hacia este dial y hacia la tecnología Eco-Drive. Al igual que estos relojes se alimentan de luz, manipularla y convertir en algoritmos como se refleja y da color, es lo que me alimenta a mi, y no es una metáfora.
Si alguno se ha aproximado alguna vez al mundo de las imágenes en 3D y los efectos especiales por ordenador conocerá motores de render como Arnold, con el que se calculan buena parte de las imágenes sintéticas que pasan por una sala de cine. Desde batallas épicas de conocidas series de TV, pasando por las naves de las mayores franquicias espaciales, superhéroes hasta recreaciones de ciudades españolas en los años 30, todas han sido computadas con complejos algoritmos que manejan la luz y la reflejan de la nada.
Esos programas saben fabricar iridiscencia, y la fabrican con un control que llaman thin film: película delgada. Manipulas un grosor y un índice de refracción, los mismos dos números que gobiernan el fenómeno real. Se mueven, y la superficie virtual empieza a tornasolarse como una pompa de jabón, como el caparazón de un escarabajo, como la esfera de este Citizen.
Y sin embargo, ahí dentro no hay ninguna estructura. El programa no apila capas ni forma microcristales; no hay nada físico que reproducir. Lo único que hace es resolver una ecuación y pintar en pantalla el color que esa película tendría si existiera. Es color sin materia: ni pigmento, ni estructura, ni siquiera luz de verdad. Solo matemáticas evaluadas punto por punto.
El BN0166-01L pertenece a la colección UNITE with BLUE, lanzada en junio de 2023 alrededor del Día Mundial de los Océanos (que fue ayer día 8), en una tirada de unas 7.000 piezas. Es un Promaster Dive de toda la vida en lo demás: caja de acero de 44 milímetros, 200 metros de estanqueidad, calibre Eco-Drive E168 alimentado por luz, y una correa de poliuretano de base biomásica. Su precio orientativo rondaba los 430€
La esfera está impresa sobre policarbonato 100% reciclado, y lleva un patrón asimétrico en tonos azul-verde inspirado en el océano. Pero describir su color es una tarea condenada al fracaso, porque el color depende de cuándo y cómo se mire. De frente y con buena luz, domina un azul profundo, oceánico, salpicado de destellos. Lo inclinas un poco y los destellos se desplazan hacia el verde...
¿De qué color es realmente este dial? De ninguno, por raro que os pueda parecer.
Estamos acostumbrados a que el color sea una propiedad de las cosas, como el peso. La esfera de un Submariner es negra porque tiene laca negra; un dial verde Rolex es verde porque alguien depositó sobre él una sustancia verde. El pigmento funciona por sustracción: absorbe casi todas las longitudes de onda de la luz blanca y nos devuelve solo las que no ha sabido tragarse. El verde que vemos es, en realidad, el verde que ese material rechaza.
Existe, sin embargo, otra forma de tener color, y no la inventó ningún químico. La inventó la evolución, y lleva cientos de millones de años puliéndola. Cuando uno mira el azul eléctrico de una mariposa Morpho y trata de localizar el pigmento azul, no lo encuentra: no lo hay. Si se muelen sus alas, el polvo resultante es pardo. El azul no está en una sustancia, sino en la forma. Las escamas del ala están cubiertas de microestructuras, repisas y crestas espaciadas a una distancia comparable a la longitud de onda de la luz visible, y esas estructuras no absorben la luz: la peinan. Reflejan unas ondas, dejan pasar otras, hacen que ciertas se refuercen entre sí y otras se cancelen. El fenómeno se llama interferencia, y es el mismo que pinta de tornasol una pompa de jabón o el dial iridiscente del Yema Navygraf Pearl (aunque en este caso se trata de un sistema híbrido, microestructuras que crean la iridiscencia sobre superficie pigmentada).
Mariposa Morpho. Autor: Didier Descouens • CC BY-SA 4.0
A este color sin tinte se le llama color estructural, y tiene una propiedad que el pigmento no puede imitar: cambia con el ángulo. Como el camino que recorre la luz dentro de esas microestructuras depende de la inclinación con que incide, el tono se desplaza cuando movemos la cabeza o la muñeca. Es lo que llamamos iridiscencia.
Fuente: Wikipedia.
Los japoneses, que tienen buen ojo para estas cosas, bautizaron hace siglos a uno de sus insectos más bellos, un escarabajo joya de alas metálicas, con el nombre de tamamushi, y la palabra acabó significando, por extensión, aquello cuyo color cambia según se mire.
Citizen contó con la tecnología de Fujifilm para llevar a cabo este espectacular dial.
Fujifilm fue durante décadas una empresa de película fotográfica, su negocio entero consistía en controlar, capa a capa y molécula a molécula, cómo se comporta la luz dentro de una emulsión finísima. Cuando la fotografía química se desplomó, Fujifilm sobrevivió reconvirtiendo ese saber en otras direcciones. Una de ellas fue aprender a fabricar color sin pigmento.
El 23 de marzo de 2022, Fujifilm presentó su Structural Color Inkjet Technology. El concepto es una tinta que no contiene ni tintes ni pigmentos, es decir, una tinta sin color propio, y que, al fijarse sobre el sustrato, forma dentro de su propia película una microestructura fina capaz de hacer interferir la luz y revelar así el color estructural. La tinta llega incolora; el color nace en el momento de posarse. Fujifilm reconoce abiertamente su deuda con la naturaleza y cita los mismos referentes que he usado aquí: la mariposa Morpho y el escarabajo tamamushi. No es marketing, es ciencia.
Fujifilm no ha publicado la composición exacta de la tinta ni el detalle preciso de la nanoestructura que se forma. Describe el mecanismo como interferencia por microestructuras dentro de la película de tinta y ya está. No hay datos de números de capas, espesores o geometrías concretas.
Según ambas empresas, fue la primera vez que esta tinta especial se empleaba en la industria relojera. El estreno llegó en julio de 2022, en la línea femenina CITIZEN L AMBILUNA. El BN0166-01L, un año después, fue su desembarco en territorio menos delicado: un reloj de buceo de hombre, de acero, de precio contenido.
Existe todavía una tercera vía para tener este azul cambiante, que seguramente sea la que me atrae tanto hacia este dial y hacia la tecnología Eco-Drive. Al igual que estos relojes se alimentan de luz, manipularla y convertir en algoritmos como se refleja y da color, es lo que me alimenta a mi, y no es una metáfora.
Si alguno se ha aproximado alguna vez al mundo de las imágenes en 3D y los efectos especiales por ordenador conocerá motores de render como Arnold, con el que se calculan buena parte de las imágenes sintéticas que pasan por una sala de cine. Desde batallas épicas de conocidas series de TV, pasando por las naves de las mayores franquicias espaciales, superhéroes hasta recreaciones de ciudades españolas en los años 30, todas han sido computadas con complejos algoritmos que manejan la luz y la reflejan de la nada.
Esos programas saben fabricar iridiscencia, y la fabrican con un control que llaman thin film: película delgada. Manipulas un grosor y un índice de refracción, los mismos dos números que gobiernan el fenómeno real. Se mueven, y la superficie virtual empieza a tornasolarse como una pompa de jabón, como el caparazón de un escarabajo, como la esfera de este Citizen.
Y sin embargo, ahí dentro no hay ninguna estructura. El programa no apila capas ni forma microcristales; no hay nada físico que reproducir. Lo único que hace es resolver una ecuación y pintar en pantalla el color que esa película tendría si existiera. Es color sin materia: ni pigmento, ni estructura, ni siquiera luz de verdad. Solo matemáticas evaluadas punto por punto.


