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El padre del cerdo...

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Gracias, Javier, por esta nueva oportunidad de hablar de mi libro.

Crónica urbana de un tiempo pasado​


Yo era ese tipo que se quedó aparcado a las puertas de El Hormiguero, como un pobre diablo con sueños de bestseller y la paciencia inútil de un santo idiota. Afuera, en la acera iluminada por los focos de televisión, veía entrar a famosos con sonrisa ensayada, magos que parecían escapados de un truco interminable, cantantes con la voz aún caliente de ensayo, y hasta gente que no sabía muy bien por qué estaba allí.

Mientras tanto, yo seguía fuera, con mi libro apretado entre las manos, como un repartidor al que nadie abre la puerta. El aire olía a ciudad cansada, a taxis que frenan de golpe y a bocadillos envueltos en papel de aluminio. El tiempo pasaba lento, como si la noche se burlara de mí, y cada carcajada que salía del plató era un recordatorio de que mi entrevista con Pablo Motos nunca llegaría.

Así quedé, convertido en una sombra urbana, parte del decorado invisible de una ciudad que nunca se detiene, esperando una oportunidad que se evaporó como humo de neón en la Gran Vía.


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Pero no pierdo la esperanza. Algún día, quizá cuando las ranas críen barba, se acordarán de mí y de mis cien y una historias. Total, ya una vez Jordi González me dejó hablar de mi libro aquel 31 de agosto de 1999, como quien le da un sorbo de agua a un sediento y luego le quita el vaso.

Desde entonces sigo igual: escribiendo, insistiendo y esperando que alguien diga:“ ¿Y el tipo del libro? Ese que se quedó aparcado fuera… ¿qué fue de él?”

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Y yo a ti, pero estoy felizmente casado...

Entré a este hilo con la ilusión de que fuera tuyo, Tocino 🤩 A pesar de la decepción, ya que estoy, aprovecho para mandarte un abrazo 🐷
 
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Entré a este hilo con la ilusión de que fuera tuyo, Tocino 🤩 A pesar de la decepción, ya que estoy, aprovecho para mandarte un abrazo 🐷

Pues ya ves, hay más de un tocino… y qué decir del tocino: me gustan hasta sus andares, su sombra y hasta su sobrepeso profesional.

Dicen que somos lo que comemos. Pues que viva el vino y el jamón: porque entre copa y loncha la vida se vuelve más comprensible, más amable, más nuestra.
 
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6aly y Dalí tienen nada que ver, entiendo.
 
6aly y Dalí tienen nada que ver, entiendo.

En el año 2000 me tocó restaurar obras de Dalí y de Gala. No fui discípulo ni confidente: fui un técnico más, uno de esos que acaban respirando surrealismo como quien respira polvo de taller. Desde entonces, algo en mí funciona con lógica torcida, como si mis pensamientos llevaran bigote y caminaran hacia atrás.

Mi Nik actual, Galy, nació por culpa de mi representante, que decidió que mi antiguo nombre necesitaba un lavado comercial después de aquella restauración. Tuvimos que mover parte del taller al museo Dalí, y entre pigmentos, vitrinas y relojes blandos salió este alias. Al principio parecía un jeroglífico: una G disfrazada de 6, y una i que terminó convertida en y para evitar que algún despacho jurídico se pusiera creativo. Al final, mi nombre también pasó por la centrifugadora surrealista.

Mi trayectoria artística duró lo que dura la alegría en casa del pobre. Cuatro entrevistas —en periódicos, televisión—, exposiciones, alguna querella que otra y, finalmente, el ascenso a persona non grata por mis propias obras. Un título que no da de comer, pero que queda curioso en el currículum.


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A la última cena no se sienta nadie: todos acabamos en el plato. Cronos no distingue; devora lo que encuentra, y nosotros somos su menú del día.

Autorerato de Galy & 6aly, en un tiempo no muy lejano.

Esta es la única obra de mi repertorio que ha sido galardonada con un premio.
 
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Eso pensaba.
 
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Galy compañero cada vez que te leo no sé si eres un genio con un punto de locura o un loco con un punto de genialidad... en cualquier caso, tus contribuciones son siempre pura magia. Como dirían los franceses Tu me vends du rêve...
 
Galy compañero cada vez que te leo no sé si eres un genio con un punto de locura o un loco con un punto de genialidad... en cualquier caso, tus contribuciones son siempre pura magia. Como dirían los franceses Tu me vends du rêve...

Lo cierto es que, desde el día en que mi esposa abrió el balcón sin mi permiso —donde tenía mis obras colgadas—, los vecinos, al verlas, empezaron a llamarme el loco de los relojes, y a mis hijos, los hijos del loco.

Aquello fue como una espinita clavada en mi corazón, y no paré hasta conseguir ir a TV3, a “Les 1000 i una”.

Después pasé a hacer exposiciones, y el alcalde llegó a presentarme como creador. Así dejé de ser el loco de los relojes para convertirme, para unos, en el señor de los cuentos, y para otros, en el señor de los espejos.

Aquella fue mi última exposición. Vendí toda mi obra a un coleccionista y, con lo recibido, pagué las querellas.


Reloj transparente del auditorio de la alcaldía, el cual marcó el presente dia a dia, durante veinte años.
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Como dirían los franceses, “Tu me vends du rêve…” Vamos, que vendo sueños sin licencia y sin IVA. Mi madre era francesa, mi padre andaluz, y yo… yo ando a pilas, que es la forma fina de decir que funciono cuando puedo. Como no sé ni bonjour, tiro de traductor: mi fiel compañero cultural. Y algo de verdad hay, porque mis cuentos y mis relojes no salen de academias ni talleres suizos, sino de mis sueños, que al menos son gratis. El fotógrafo que hacía las fotos para mis obras en la revista Nexo Time me preguntó un día: “¿Qué tomas?”. Me sentó tan mal que cambié de fotógrafo. No sé si buscaba inspiración o receta, pero desde entonces decidí que mis sueños no se sirven en vaso ni se inhalan: se trabajan, se sufren y, con suerte, se publican.
 

“Las joyas de Mr. Bean despertó de golpe, empapado en sudor, como si el sueño hubiera querido arrancarle la identidad. Se incorporó con un temblor que parecía escrito para el tercer acto y, mirando al vacío como quien escucha un veredicto, murmuró: ‘Menos mal que todo fue un sueño… porque cuando uno abandona su oficio, la realidad te recuerda —sin piedad— que cada cual debe volver a sus zapatos.’”

En los sueños todo es posible: los enseres inanimados se derriten como relojes fatigados sobre mesas que flotan, y te hablan con voces líquidas que gotean en el aire como si fueran pintura recién exprimida. Los libros se abren solos, liberando mariposas de tinta que discuten sobre la eternidad; los relojes se estiran hasta convertirse en serpientes de tiempo que te rodean el cuello con cariño; las cucharas caminan con patas de langosta y los cuchillos se doblan como si estuvieran cansados de cortar la realidad. Y, por supuesto, también existe el amor: una cafetera que te susurra secretos en vapor azul, un libro que se enamora de tu sombra y la persigue por desiertos imposibles, un reloj que late por ti como un corazón extraviado en un cuadro que nunca termina de secarse. En los sueños, el amor es un objeto blando que respira, palpita y se derrite entre tus manos como si estuviera hecho de tiempo y miel.


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Cuando presenté mi obra para entrar en un grupo de arte local, me rechazaron sin pestañear. Según ellos, “esto no es arte”. Así, con esa contundencia que solo se usa cuando uno se siente guardián de un museo imaginario.

Lo mejor es que, para la misma gente, Fuente, la famosa obra de Duchamp, es arte.Un urinario firmado, sí; mi trabajo, no.Ahí entendí que algunos críticos llevan las gafas puestas del revés.

Pero lo verdaderamente memorable vino después. Uno de ellos, con tono de detective de barrio, soltó:

—Ay madre… cuando sepa tu madre que fuiste tú quien le robó la cafetera.

Y así, sin querer, acababan de descubrir mi secreto.

De todas mis obras, esta fue la que más veces tuve que reproducir. No es que la vendiera, sino que en cada exposición me solían asignar una ayudanta para la presentación. Al finalizar, como agradecimiento por su ayuda, les ofrecía escoger una de mis piezas como regalo. La mayoría elegía la cafetera de Galy.


Mi obra no era arte para ellos, pero mi habilidad para desaparecer electrodomésticos sí parecía digna de estudio. En ese momento pensé que quizá Duchamp no estaba tan lejos de mí: él firmó un urinario; yo, sin saberlo, había firmado una cafetera.

Y por poner otro ejemplo: Cabeza de toro, de Picasso.


 
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