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El padre del cerdo...

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Habitual
Sin verificar

Hace muchos años atrás me tocó ejercer de tío abuelo, una tarea complicada, porque —sorpresa— no te dan manual de instrucciones. Así que, como buen improvisador, me lancé a la aventura.

Cuando el niño me pedía: “Tío, cuéntame un cuento”, yo hacía lo que cualquier adulto responsable haría… recurría a los clásicos. Y cuál era mi sorpresa cuando el niño, indignado, me decía: “¡Así te lo inventas! Mi padre sí que sabe”.

Aquello me frustraba tanto que, en un arrebato de dignidad narrativa, decidí empezar a inventarme mis propios cuentos. Y así fue como empecé a escribirlos. Al principio, con un toque de originalidad desbordante, los firmaba con el apellido de mi esposa: “Los cuentos del padre del Calleja”. Evidentemente, esto no fue del agrado familiar, así que tuve que rebautizar la obra con más humildad (y menos conflictos domésticos): “Cuentos del tío Galy”.

Resumiendo: quedó un cuento por terminar. Un cuento a petición de mi sobrino-nieto sobre un cerdo. Y hoy, tras 20 años de maduración en un cajón (y con una ayudita tecnológica inesperada), por fin lo he terminado.


El padre del cerdo
(versión en verso para mentes curiosas y traviesas)

Había una vez —cuando el tiempo
aún no llevaba reloj—,
un Creador orgulloso
de todo lo que creó.

Miraba y remiraba
su obra con emoción,
como un dibujo en la nevera
pegado con ilusión.

Pero un día, entre bostezos
de nube y eternidad,
notó algo inquietante:
¡empezaban a pensar!

Y no solo pensamientos,
también preguntas sin fin…
y ya se sabe: quien pregunta
da trabajo hasta al jardín.

Recordó entonces a Adán,
y a Eva en su Edén florido,
con ríos, frutas y sombras…
y un “prohibido” bien servido.

—No pensar demasiado —
dijo con tono seguro—,
y esa manzana, ni tocarla,
aunque huela a dulce y puro.

Adán dijo: —Ni mirarla.
Eva dijo: —¿Y por qué no?
La curiosidad tiraba
más fuerte que la razón.

Probó un mordisco pequeño,
luego invitó a su vecino…
y salieron del paraíso
más rápido que un pepino.

El Creador suspiró:
—Esto se ha complicado—,
y decidió hacer limpieza
con un plan bien calculado.

—Noé, construye un arca,
pero grande, sin medida,
que quepan todos los bichos
y también su despedida.

Subieron de dos en dos:
jirafas, patos, leones…
muy correctos al principio,
muy formales y educados.

Pero llovió sin descanso,
cuarenta días y más,
y lo que entra por la boca…
sale luego, ya sabrás.

El arca empezó a oler
como calcetín mojado,
y Noé, desesperado,
al cielo lanzó un recado:

—¡Señor, esto es imposible!
¡Aquí no hay quien pueda estar!

Y la voz desde lo alto:
—Une colas… y a esperar.

Noé unió elefantes
sin hacer más cuestión,
y nacieron dos cerditos
con talento en limpieza y ordenación.

Todo quedó reluciente,
brillante como un espejo,
y Noé, algo travieso,
quiso ir un poco más lejos:

—¿Y si pruebo con los cerdos…?
solo un intento, sin mal…

Y salieron dos ratones
con pasión por masticar.

Roían tabla y madera,
hacían túneles sin fin,
y el arca empezó a parecer
un queso lleno de hollín.

—¡Señor! —gritó nuevamente—
¡esto ya es desesperante!

Y la voz, algo más seria:
—No inventes a cada instante.

Haz lo justo, no te pases,
cada cual en su lugar…

Pero añadió, casi en broma:
—Leones puedes probar.

Noé unió sus colas
con respeto y decisión,
y nacieron dos gatitos
con instinto cazador.

En un suspiro elegante
los ratones ya no estaban,
y el arca volvió a la calma
(la que buenamente daba).

Y así siguió navegando
entre lluvia y lección:

no todo lo que se puede
conviene hacerlo, atención.


Moraleja bien sencilla,
que resuena sin disfraz:
zapatero a tus zapatos,
y lo demás… déjalo en paz.




Galy, 2006/2026.
 
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Maravilloso. Un 10!

Gracias por tu comentario. En su día, cuando presenté mis cuentos a las editoriales y a concursos literarios, me los rechazaron. Es más, me dijeron que fuera a la escuela a aprender a escribir.

Aquello me dolió tanto que le pedí ayuda a mi hija, pero me respondió: “Me pides un imposible, están desestructurados”.

Hoy, gracias a la ayuda de la IA, me estoy planteado volver a reescribirlos e ilustrarlos de nuevo.
 
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Gracias por tu comentario. En su día, cuando presenté mis cuentos a las editoriales y a concursos literarios, me los rechazaron. Es más, me dijeron que fuera a la escuela a aprender a escribir.

Aquello me dolió tanto que le pedí ayuda a mi hija, pero me respondió: “Me pides un imposible, están desestructurados”.

Hoy, gracias a la ayuda de la IA, me estoy planteado volver a reescribirlos e ilustrarlos de nuevo.
No es por nada, pero tus cuentos tienen un potencial maravilloso y desaprovechado...y te lo dice un asiduo lector de 62 años, jubilado y padre de 4 hijos, ya mayores, que dedica unas dos horas diarias a leer. Saludos desde Burgos!
 
Habrá quien diga que, una vez más, vuelvo a hablar de mi libro. Y sí, es cierto: sigo con mi libro, mis cuentos y mis relojes. Qué le vamos a hacer, cada uno tiene sus vicios.

Anécdota: Tras el rechazo de las editoriales —que, por lo visto, no estaban preparadas para mi genio— empecé a encuadernar yo mismo mis cuentos. Los regalaba a mis clientes cuando venían acompañados de niños. Recuerdo una ocasión en que una clienta volvió al poco tiempo por otro asunto, y le pregunté:

—¿Le gustó el cuento al nieto?—Al nieto no lo sé… pero a la abuela le encantó.

En otra ocasión, una pareja de abuelos a los que les regalé uno de mis cuentos volvió a la semana siguiente… para devolvérmelo.—Pero si es un regalo, ¿cómo que me lo devuelven?—Sí, sí, para que nos lo cambie por otro de sus cuentos. Y así se leyeron todo el repertorio, como si fuera una biblioteca ambulante.

Hoy día, aquellos niños —ya padres— me recuerdan como “el señor de los cuentos”. Incluso a un par de ellos les escribí su propio cuento por encargo, como si fuera un sastre literario.

Y hoy, por fin, pude dar forma e ilustrar el cuento para mi sobrino-nieto. Al enseñárselo a mi esposa, además de corregirme el título El padre del Cerdo por El padre de los Cer2, me soltó:—Este sí que es un cuento para niños, y no los anteriores. En fin… que me queda una larga tarea por delante: reescribirlos e ilustrarlos de nuevo. El tiempo, por suerte, es algo que conozco bien.

📚
Poemas objeto © (1982–2002)2º El libro mágico de los espejos © (2002)3º Las huellas del tiempo © (2002)4º Los guardianes de los escritos © (2002)5º La tristeza de los guardianes del tiempo © (2002)6º La sabiduría de la naturaleza © (2002)7º Un insólito encargo © (2002)8º 4.000 años de relojes insólitos (2002)9º Una obra maestra © (2003)10º watchgaly.tk (2003)11º Obras robadas al tiempo © (1982–2004)12º Cuentos de lectura inusual (2004)13º Cuentos español & árabe © (2005)14º Galy, recopilación de cuentos (2005)15º CD. Relojes únicos (2005)16º Los amigos del tiempo © (2006)17º Estofado de burro catalán © (2007)

18º Papa, cuéntale un cuento © (2007)19º Una coneja llamada Ruspiela © (2008)20º poemasobjeto.word.com (2017)21º Apuntes de relojero (PDF, 1967–2021)22º 4000–4023 años de relojería (2020–2023)23º La edad de la inocencia (2005–2025)24º El padre de los Cer2 (2026)25º Una yegua llamada Hermosa (2026)26º Muñequita linda (2026)27º Una araña llamada Filomena (2026)
 
No es por nada, pero tus cuentos tienen un potencial maravilloso y desaprovechado...y te lo dice un asiduo lector de 62 años, jubilado y padre de 4 hijos, ya mayores, que dedica unas dos horas diarias a leer. Saludos desde Burgos!
Habrá quien diga que, una vez más, vuelvo a hablar de mi libro. Y sí, es cierto: sigo con mi libro, mis cuentos y mis relojes… esos relojes que no dan la hora y a los que hay que robársela, como si el tiempo fuera un ladrón profesional y yo su cómplice resignado. Qué le vamos a hacer: cada uno tiene sus vicios, y los míos vienen con páginas, engranajes y alguna que otra travesura literaria.


Anécdota: Tras el rechazo de las editoriales —que, por lo visto, no estaban preparadas para mi genio— empecé a encuadernar yo mismo mis cuentos. Los regalaba a mis clientes cuando venían acompañados de niños. Recuerdo una ocasión en que una clienta volvió al poco tiempo por otro asunto, y le pregunté:

—¿Le gustó el cuento al nieto?—Al nieto no lo sé… pero a la abuela le encantó.

En otra ocasión, una pareja de abuelos a los que les regalé uno de mis cuentos volvió a la semana siguiente… para devolvérmelo.—Pero si es un regalo, ¿cómo que me lo devuelven?—Sí, sí, para que nos lo cambie por otro de sus cuentos. Y así se leyeron todo el repertorio, como si fuera una biblioteca ambulante.

Hoy día, aquellos niños —ya padres— me recuerdan como “el señor de los cuentos”. Incluso a un par de ellos les escribí su propio cuento por encargo, como si fuera un sastre literario.

Y hoy, por fin, pude dar forma e ilustrar el cuento para mi sobrino-nieto. Al enseñárselo a mi esposa, además de corregirme el título El padre del Cerdo por El padre de los Cer2, me soltó:—Este sí que es un cuento para niños, y no los anteriores. En fin… que me queda una larga tarea por delante: reescribirlos e ilustrarlos de nuevo. El tiempo, por suerte, es algo que conozco bien.

📚
Poemas objeto © (1982–2002)2º El libro mágico de los espejos © (2002)3º Las huellas del tiempo © (2002)4º Los guardianes de los escritos © (2002)5º La tristeza de los guardianes del tiempo © (2002)6º La sabiduría de la naturaleza © (2002)7º Un insólito encargo © (2002)8º 4.000 años de relojes insólitos (2002)9º Una obra maestra © (2003)10º watchgaly.tk (2003)11º Obras robadas al tiempo © (1982–2004)12º Cuentos de lectura inusual (2004)13º Cuentos español & árabe © (2005)14º Galy, recopilación de cuentos (2005)15º CD. Relojes únicos (2005)16º Los amigos del tiempo © (2006)17º Estofado de burro catalán © (2007)

18º Papa, cuéntale un cuento © (2007)19º Una coneja llamada Ruspiela © (2008)20º poemasobjeto.word.com (2017)21º Apuntes de relojero (PDF, 1967–2021)22º 4000–4023 años de relojería (2020–2023)23º La edad de la inocencia (2005–2025)24º El padre de los Cer2 (2026)25º Una yegua llamada Hermosa (2026)26º Muñequita linda (2026)27º Una araña llamada Filomena (2026)
 
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Mientras no acabes como John Kennedy Toole al que su madre consiguió publicarle póstumamente su " La conjura de los necios "
tu sigue adelante.
 
Mientras no acabes como John Kennedy Toole al que su madre consiguió publicarle póstumamente su " La conjura de los necios "
tu sigue adelante.
Cuando me jubilé pensé que podría publicar mi libro. Pobrecito de mí: todavía creía en la ilusión infantil de que el sistema apoya la cultura. Pero no, para publicar tenía que renunciar al 50 % de mi pensión, como si escribir fuera un delito fiscal y el Estado me estuviera castigando por tener neuronas activas.

Busqué alternativas. Una fue pedirles a mis hijos o a mi esposa que lo publicaran ellos. La respuesta llegó con la precisión de un disparo en la nuca:“Si cuesta dinero, no cuentes con nosotros.”

Ahí entendí que mi familia no es fría: es directamente criogenizada. Me quieren, sí, pero en versión económica: cariño low‑cost, afecto sin inversión, apoyo emocional con presupuesto cero. Y yo, que soñaba con ser autor, terminé sintiéndome como un mendigo literario suplicando limosna a gente que solo abre la cartera cuando se trata de ellos mismos.
 
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A ver, yo si algún día quisiera publicar algo sería autoedición, ahora bien, me informaría que se lleva Hacienda y si fuese desorbitado haría una tirada corta y sería de obsequio, total, mejor cuatro gatos que no que se venda el libro al lado de la mortadela en un súper aunque se le puede sacar pareceres a lo de " pan y cultura "
 
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La burocracia, para mí, ha sido como una espada de Damocles: siempre colgando, siempre afilada, siempre esperando el momento exacto para rebanarme la paciencia. Y los pleitos salomónicos… bueno, digamos que he acabado cacareando como un pollo desplumado, recibiendo algún que otro bizum de agradecimiento por el PDF de mi libro, como si fueran limosnas para un náufrago que ya ni recuerda de qué barco cayó.

Volver a intentarlo sería un acto de valentía suicida. Mi osamenta cansada ya supera los 74 y no está para más palos; a estas alturas, cualquier funcionario podría tumbarme con un sello mal puesto. Uno ya no sabe si teme más a la administración o a la propia biología, pero ambas compiten por ver quien me remata primero.
 
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Cuando me jubilé pensé que podría publicar mi libro. Pobrecito de mí: todavía creía en la ilusión infantil de que el sistema apoya la cultura. Pero no, para publicar tenía que renunciar al 50 % de mi pensión, como si escribir fuera un delito fiscal y el Estado me estuviera castigando por tener neuronas activas.

Artículo 249 quater Ley de Seguridad Social (BOE» núm. 261, de 31/10/2015)
El percibo del 100 por ciento del importe de la pensión de jubilación contributiva será compatible con la actividad artística en los términos del presente artículo:
a) Con el trabajo por cuenta ajena y por cuenta propia de las personas que desarrollen una actividad artística
(....)
b) Con el trabajo por cuenta ajena y la actividad por cuenta propia desempeñada por autores de obras literarias, artísticas o científicas, tal como se definen en el capítulo I del título II del libro primero de la Ley de Propiedad Intelectual, aprobado por del Real Decreto Legislativo 1/1996, de 12 de abril, se perciban o no derechos de propiedad intelectual por dicha actividad, incluidos los generados por su transmisión a terceros y con independencia de que por la misma actividad perciban otras remuneraciones conexas.

Dándose de alta como autónomo y pagando la cuota como cualquiera que desarrolle una actividad económica o profesional.

¡Ah no! Se me olvidaba.... que tú no quieres pagar nada.....
 
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Artículo 249 quater Ley de Seguridad Social (BOE» núm. 261, de 31/10/2015)


Dándose de alta como autónomo y pagando la cuota como cualquiera que desarrolle una actividad económica o profesional.

¡Ah no! Se me olvidaba.... que tú no quieres pagar nada.....

Cuando me jubilé, me pasaron esta noticia. Más tarde, el escritor Reverte habló del tema en El Hormiguero, y aquello fue lo que terminó de desanimarme a seguir. La historia de cómo crear después de los 65 se convirtió casi en un delito —con multas, embargos y sanciones absurdas— me dejó claro que el sistema no entiende la creatividad, solo las casillas de un formulario.

https://www.eldiario.es/cultura/crear-jubilados-convierte-delito_1_1730550.html
 
Cuando me jubilé, me pasaron esta noticia. Más tarde, el escritor Reverte habló del tema en El Hormiguero, y aquello fue lo que terminó de desanimarme a seguir. La historia de cómo crear después de los 65 se convirtió casi en un delito —con multas, embargos y sanciones absurdas— me dejó claro que el sistema no entiende la creatividad, solo las casillas de un formulario.

https://www.eldiario.es/cultura/crear-jubilados-convierte-delito_1_1730550.html


El sistema, lo que entiende es que, para tú dejes de trabajar y cobres tu pensión, los que siguen trabajando tienen que seguir cotizando. Lo contrario sería el milagro de los panes y los peces.

Y lo que no entiende es que se quiera cobrar la pensión, seguir trabajando y cobrando por el trabajo, y además no pagar un duro, ni en concepto de impuestos ni en concepto de cotizaciones sociales. Lo que en mi pueblo se llama ser un "jetas".
 
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El sistema, lo que entiende es que, para tú dejes de trabajar y cobres tu pensión, los que siguen trabajando tienen que seguir cotizando. Lo contrario sería el milagro de los panes y los peces.

Y lo que no entiende es que se quiera cobrar la pensión, seguir trabajando y cobrando por el trabajo, y además no pagar un duro, ni en concepto de impuestos ni en concepto de cotizaciones sociales. Lo que en mi pueblo se llama ser un "jetas".

Y más que un jeta, soy autor callejero: el tipo que se quedó a un paso de sentarse en El Hormiguero para hablar de su libro, pero que sigue escribiendo donde le da la gana, contando lo que le sale del alma y compartiéndolo con quien tenga orejas para escucharlo. No necesito escaparates; me basta la acera, la esquina, los puestos callejeros y la gente que pasa sin pedir permiso. Algunos publican para que los miren. Yo hablo para no borrarme del mundo.
 
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El sistema, lo que entiende es que, para tú dejes de trabajar y cobres tu pensión, los que siguen trabajando tienen que seguir cotizando. Lo contrario sería el milagro de los panes y los peces.

Y lo que no entiende es que se quiera cobrar la pensión, seguir trabajando y cobrando por el trabajo, y además no pagar un duro, ni en concepto de impuestos ni en concepto de cotizaciones sociales. Lo que en mi pueblo se llama ser un "jetas".
Tranquilo, que ya están aquí los que vienen a pagarnos las pensiones.....o es al revés?
 
Tranquilo, que ya están aquí los que vienen a pagarnos las pensiones.....o es al revés?
Me parece que vas por un camino que no tiene nada que ver con lo que estoy hablando.
 
Siempre acaban así estos hilos @6aly, quizás debas de pensar por que sucede.
 
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Siempre acaban así estos hilos @6aly, quizás debas de pensar por que sucede.

Hoy di a conocer a mis más íntimos el cuento El padre de los Cer2, y, como era de esperar, me volvieron a enviar a la escuela. Les recordé que ya lo intenté una vez, pero claro: la lengua castellana está reservada para los inmigrantes, y a mí me ofrecieron elegir entre catalán, matemáticas o informática. Mis allegados, muy considerados ellos, me remitieron directamente a Extremo Duro, que debe de ser la asignatura donde uno aprende a sobrevivir a base de guitarrazos.

En fin… de fuera vinieran y de casa te despidieran. Y así es cada vez que voy al médico: la lista de espera crece como si la regaran con abono. Uno entra sano y sale envejecido.


🎸​

  • Vuelta a los libros: El hombre se pasó un año estudiando ortografía y gramática. Vamos, que hizo lo que a mí me recomiendan cada vez que enseño un cuento: volver al cole, pero sin recreo.
  • La novela: Publicada en 2009, va de un abogado serio que termina viviendo desnudo con una familia de monos. Una metáfora preciosa de la vida moderna, o quizá simplemente un martes cualquiera.
  • Sin pretensiones: Robe dijo que le daba igual si se vendía mucho o poco. Él solo quería disfrutar del proceso y que le gustara a quien lo leyera. Qué envidia: yo disfruto, sí, pero luego vienen mis conocidos a recordarme que la RAE no me quiere.
 
Tranquilo, que ya están aquí los que vienen a pagarnos las pensiones.....o es al revés?

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Vinieron dos hombres a probarse en el oficio. El primero traía los años doblados en la espalda, como si cada amanecer le pesara un poco más. El segundo llegaba con la luz recién estrenada, con el temblor hermoso de quien aún no sabe, pero quiere.

Les ofrecí el banco de trabajo, ese altar donde el metal habla y las manos dicen la verdad que la boca calla. El joven tocó las herramientas como quien acaricia un futuro. El veterano las sostuvo como quien sostiene un cansancio.

Mi socio no entendió mi elección. Me miró con la duda clavada en los ojos. Yo solo señalé los zapatos del veterano: desaliñados, vencidos, sin orgullo. Porque los pies cuentan lo que el alma calla, y quien no cuida su propio camino difícilmente cuidará el de los demás.

Hay árboles que nacen rectos y árboles que se tuercen con los inviernos. El árbol viejo ya no busca enderezarse: ha aprendido a convivir con su sombra. El joven, en cambio, se estira hacia el sol como si el cielo fuera suyo.

Y tú dices: “Soy árbol viejo.”

Pero un árbol viejo no es un árbol derrotado. Es un guardián del tiempo. Es un tronco que ha sobrevivido a tormentas que el árbol joven ni siquiera imagina. Tiene grietas que son mapas, cicatrices que son historias, raíces que sostienen tierras enteras.

El árbol viejo no corre, pero permanece. No se endereza, pero sostiene. No florece cada primavera, pero cuando lo hace, sus flores tienen el peso de la verdad.
 
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Cierto. Todos.

En una de mis exposiciones comenté a un conocido que no alcanzaba a comprender la polémica que despertaban algunos de mis trabajos. Él, con cierta solemnidad, me tendió sus gafas:—Con estas se ve bien —aseguró.

Me las puse… y la visión era deplorable.

Entonces, con una calma casi pedagógica, añadió:—Ahí tienes la clave: cada cual contempla tus obras con sus propias gafas, y tú insistes en que las vean con las tuyas.

En fin, que me dejo claro que mis trabajos son del agrado de una gran minoría.

Y al final, pensé: quizá no necesito que el mundo entero lleve mis gafas. Me basta con que unos pocos las lleven… y que no se las quiten.
 
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Había una vez —cuando el tiempo aún no sabía si avanzar o quedarse quieto— una pequeña parroquia que organizaba exposiciones benéficas por San José. Allí acudían artistas de todo tipo: los que pintaban santos, los que pintaban pecadores y uno que pintaba… bueno, lo que le daba la gana.

Ese artista era el mismo que luego escribiría El padre de los Cer2, pero en aquel entonces todavía no sabía que los cuentos dan menos problemas que las obras polémicas.

Cada año lo invitaban con mucha alegría, como quien espera que el invitado traiga pastas. Pero un día llevó una obra que algunos consideraron “pecaminosa”. El cura la miró con los ojos muy abiertos, como si hubiera visto a Adán mordiendo otra manzana.—Hijo, retira eso —le pidió.Pero él, que con la Iglesia no comulgaba ni por cortesía, decidió dejarla donde estaba.

Y así fue como dejó de ser invitado. Ni exposición, ni parroquia, ni pastas.

Lo más gracioso es que esa misma obra, en otra exposición, la colocó sobre una taza de WC, como si fuera un altar moderno. Y allí un niño se plantó delante, se bajó los pantalones y estuvo a punto de inaugurar la instalación con una ofrenda líquida. Menos mal que su padre actuó rápido, porque aquello habría sido arte contemporáneo del que deja charco.

El artista, que ya había visto de todo, se quedó pensando. Y recordó las palabras del Creador en el arca, cuando Noé unió colas sin pensar demasiado:—Cada cual ve lo que quiere ver —había dicho la voz desde las nubes, seguramente ajustándose sus propias gafas divinas.

Porque así es el mundo: unos ven pecado donde otros ven humor; unos ven arte donde otros ven un WC; unos ven cerditos limpios y otros ratones masticando madera. Cada cabeza es un universo, y cada universo lleva gafas distintas.

Y el artista concluyó: No necesito que todos lleven mis gafas. Me basta con que unos pocos no se las quiten.

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En fin...
 
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