EL RELOJ EN LA JAULA
Un cuento del tío abuelo Galy para sus sobrinos nietos.
Había una vez un reloj muy especial. No era un reloj cualquiera: dentro de su mecanismo vivía el Tiempo, y de sus agujas nacían unas pequeñas horas aladas que volaban alegremente alrededor de la esfera.
Cada hora tenía sus propias alas. Unas eran rápidas como golondrinas; otras, perezosas como mariposas en una tarde de verano. Todas tenían una misión: volar, pasar y llevarse consigo un poquito de la vida de quienes las contemplaban.
Pero un día, a alguien se le ocurrió una idea terrible.
—¡Vamos a encerrar el reloj en una jaula! Así tendremos el Tiempo bajo control y podremos detenerlo cuando queramos.
Y dicho y hecho. Introdujeron el reloj junto con el Tiempo en una enorme jaula de hierro. Cerraron la puerta con un candado y se quedaron muy satisfechos.
Al principio, las horas revoloteaban de un lado a otro, buscando una salida. Pero pronto comprendieron que no podían escapar.
Pasaron los días, las semanas y los años.
Sin espacio para volar, las horas dejaron de batir sus alas. Poco a poco, aquellas alas, que antes eran ligeras y hermosas, comenzaron a perder su fuerza. Se volvieron pesadas, rígidas y torpes.
El reloj seguía marcando las horas, pero ya no había alegría en sus movimientos. El Tiempo, encerrado, guardaba silencio.
Hasta que un buen día, unos niños descubrieron aquella vieja jaula.
—¡Mirad! ¡Un reloj prisionero! —exclamó uno de ellos.
—¡Hay que dejarlo libre! —dijo otro.
Buscaron la llave, abrieron el candado y, con mucha ilusión, levantaron la pequeña puerta.
Pero ocurrió algo que nadie esperaba.
Las horas intentaron salir volando… y ¡PLAAAAS!
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Sus alas, demasiado pesadas por tantos años sin moverse, se desplomaron contra el suelo.
Una a una fue cayendo, como hojas secas en otoño.
—¿Qué ha pasado? —preguntaron los niños, desconcertados.
Entonces, desde el interior del reloj, se escuchó una voz muy antigua:
—Habéis abierto la jaula, pequeños, pero no basta con abrir una puerta para recuperar lo que se ha perdido. Las alas necesitan ejercitarse para poder volar.
Los niños se miraron unos a otros.
—¿Y ahora qué podemos hacer?
—Tendréis que ayudarme —respondió el Tiempo—. Cada día debéis dar cuerda a la ilusión, mover las agujas de la curiosidad y alimentar las alas con juegos, sueños y aventuras.
Y así lo hicieron.
Cada mañana los niños visitaban al reloj. Le contaban historias, inventaban juegos y soñaban con lugares maravillosos. Poco a poco, las horas comenzaron a mover sus alas.
Primero una pluma, después otra… hasta que un día la hora de las doce consiguió elevarse.
—¡Mirad! ¡Está volando! —gritaron los pequeños.
Y detrás de ella comenzaron a volar las demás.
El reloj recuperó su tic-tac, las agujas volvieron a bailar y el Tiempo salió de aquella prisión para continuar su camino.
Desde entonces, los niños aprendieron algo que nunca olvidarían:
El tiempo no se puede encerrar, detener ni guardar en una jaula.
Y las horas, como los sueños, necesitan libertad para volar.
Porque cuando dejamos de vivir, de jugar, de aprender y de imaginar, también nuestras alas pueden acabar pesando demasiado.
Y colorín colorado…
¡El reloj volvió a volar, pero el Tiempo jamás se quedó parado!+
(Obsebar la hora a traves de un espejo).
FIN… ¿O ACASO EL TIEMPO SIGUE VOLANDO?
Una historia del tío abuelo Galy.
Surrealismo relojero — Galy, 2026
«Hay jaulas que encierran pájaros, otras que encierran relojes… pero las más peligrosas son aquellas en las que encerramos nuestros sueños».
Un abrazo del otro lado del reloj, del tío abuelo Galy y de la Yaya. ❤️