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No es un cuento del Tío Galy​


aunque algunas visitas al médico bien podrían serlo.

A mí me toca hacer de acompañante de mi esposa. Voy, me siento en una esquina y procuro no meterme. Pero algunas veces lo que escucho me lo pone difícil.

Porque hay preguntas del médico que tienen una respuesta y otras que necesitan un traductor.

Por ejemplo:

Doctor: Dígame, ¿qué le pasa?

Mi esposa: Pues verá usted, llevo unos días que toso mucho y tengo muchos mocos.

Médico: ¿Usted esputa?

Yo miro al médico, miro a mi esposa y, como nadie aclara nada:

Yo: María, si ¿escupes?

Porque una cosa es venir al médico y otra que nos hagan un examen de vocabulario.
 
Borrado por el autor.
 
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Borrado por el autor.
 
Un poema con la colaboración de la Ya,Ya, que quiere decir abuela.


Una muerte anunciada


Techo de menos, rubia,

compañera de tantos bolsillos,

testigo de penas, de risas y amores,

de cafés compartidos y viejos pitillos.


Eras pequeña, redonda y sencilla,

con tu brillo dorado de sol,


no comprabas el mundo entero,

pero alcanzaba tu valor.


Te fuiste marchando despacio,

sin entierro, sin funeral,

primero llegaron los billetes,

después el euro… y el final.



Fue una muerte anunciada,

una crónica de una desaparición,

te cambiaron por otra moneda

sin pedir permiso al corazón.



¡Ay, peseta de mis recuerdos!

¡Rubia de cobre y de metal!

Tú sabías lo que costaba la vida

cuando la vida costaba menos, quizá.


Hoy rebusco en mis bolsillos

y ya no te encuentro jamás.

Solo quedan recuerdos dormidos

de un tiempo que no volverá.


Y aunque digan que el euro es más fuerte,

que el progreso tenía que llegar,

hay nostalgias que no tienen precio

ni moneda que las pueda comprar.


Techo de menos, rubia,
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no por lo que podías comprar,

sino por aquel tiempo perdido

que contigo se nos fue detrás.

Galy 🌹

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​

"Cualquier noche puede salir el sol"​


«Passeu, passeu, a casa meva sou benvinguts!»


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Mi familia, cuando éramos niños, se quedó sin techo. ¡Cuánto techo de menos! Y, sin tener adónde ir, nos fuimos a casa del Sissa.

Curiosamente, hoy se repite la historia con mi hija, la hija de Maricarmen y mía.

Todo esto me ha hecho pensar. Siempre hemos deseado tener un nieto a quien contarle mis cuentos. Pero, visto lo visto, quizá sea mejor que esta historia no vuelva a repetirse.
 
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Disculpe el señor.


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Y en esta selección del hijo del jardinero del camposanto, no podía faltar… ¡no podía faltar!


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🎃 Halloween, truco o trato… donde hasta el tiempo se disfraza.

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Y en el taller de Galy, los relojes dejan de dar la hora para empezar a contar historias de miedo. Las agujas caminan al revés, las horas se esconden y hasta el mismísimo Cronos llama a la puerta…
—¡Toc, toc! ¿Quién es?
—¡Soy el tiempo!
—Pues hoy no te conozco… ¡vienes disfrazado! —No vengo de Halloween, Galy… ¡vengo de las Navidades futuras!
Si de las navidades futuras 👻🕰️

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Galy & la Yaya Surrealismo de Galy: cuando hasta el tiempo tiene truco.
 
Última edición:
📣 ¡OFERTA, OFERTA! ¡GANGA HISTÓRICA! 🕰️

¡Galy vende relojes con la hora antigua!

¿Cansado de ir siempre con prisas?
¡Pues vuelva usted al pasado!

Tenemos relojes que atrasan, adelantan y algunos que se han quedado en tiempos de Maricastaña.

¡Precios de otra época!
¡Y si no le gustan las horas, se las cambiamos!

¡Relojes Galy: el único lugar donde el tiempo pasado siempre vuelve!

😂🕰️ Surrealismo de Galy.


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Un cuento del tio Galy, y la Yaya que da mucho miedo Ja, ja ja.


Galy el hijo del jardinero del Campo Santo

Un cuento del tío Galy

En el pueblo había un hombre al que todos conocían como el jardinero del Campo Santo. Llevaba tantos años cuidando las tumbas que conocía de memoria cada rincón del cementerio, cada ciprés y hasta las flores que crecían sobre los difuntos.

Vivía en una pequeña casita junto al camposanto, acompañado de su mujer y de su hijo, un muchacho reservado que apenas hablaba con nadie.

Desde pequeño, el niño había crecido entre lápidas, cruces y coronas de flores. Mientras otros niños jugaban al escondite en la plaza, él lo hacía entre las tumbas. Su padre siempre le repetía:

—Nunca tengas miedo de los muertos, hijo. Los vivos son mucho más peligrosos.

Una noche de noviembre, mientras una espesa niebla cubría el cementerio, el jardinero escuchó unos golpes en la puerta.

Toc, toc, toc…

Abrió, pero no había nadie.

Al regresar a su habitación encontró a su hijo sentado en la cama, completamente vestido.

—¿Qué haces levantado a estas horas?

—Papá, hay alguien en el jardín.

—¿En el jardín? ¡Pero si estamos rodeados de muertos!

El muchacho lo miró fijamente.

—No, papá… No son los muertos.

El padre sintió un escalofrío.

—¿Entonces quién es?

El niño señaló hacia la ventana.

—El hombre que está cavando mi tumba.

El jardinero se acercó lentamente al cristal. Bajo la luz de la luna vio una figura vestida de negro, trabajando junto a una lápida.

Reconoció inmediatamente aquella ropa.

Era su propia ropa de trabajo.

Salió corriendo con una pala en la mano, pero al llegar al lugar no encontró a nadie. Solo un agujero recién cavado y una pequeña placa de mármol.

Se agachó para leerla.

Su corazón dejó de latir por un instante.

En la lápida estaba escrito su nombre.

Y debajo, una fecha: la del día siguiente.

Regresó corriendo a casa, llamó a su hijo y abrió la puerta de su habitación.

La cama estaba vacía.

Sobre la almohada encontró una nota escrita con letra infantil:

«Papá, no te preocupes. Esta noche me ha venido a buscar mamá. Dice que ya es hora de volver a casa».

El jardinero se quedó paralizado.

Su mujer había muerto hacía quince años.

Y su hijo…

Su hijo había nacido tres años después de su muerte.

Desde aquella noche, los vecinos aseguran que, cuando hay niebla, se escucha a un hombre regando las flores del cementerio y a un niño jugando al escondite entre las tumbas.

Pero lo más extraño sucede cuando alguien pregunta por el jardinero.

El sepulturero siempre responde lo mismo:

—Aquí no trabaja ningún jardinero. El que cuidaba las flores está enterrado desde hace muchos años.

Y si alguna noche visitas el Campo Santo, no te acerques a la pequeña casita.

Dicen que todavía se oye una voz infantil detrás de la puerta:

—Papá… ¿has terminado ya de cavar?

FIN o no.

Galy & la Yaya

«Hay familias que se reúnen alrededor de una mesa. Otras, por desgracia, tienen reservado el encuentro en el Campo Santo».
 
Halloween, in memoriam.

Galy el hijo del jardinero del Campo Santo


Un cuento del tío Galy.

Inspirado y en recuerdo de la familia.




En el pueblo había un hombre al que todos conocían como el jardinero del Campo Santo. Llevaba tantos años cuidando las tumbas que conocía de memoria cada rincón del cementerio, cada ciprés y hasta las flores que crecían sobre los difuntos.

Vivía en una pequeña casita junto al camposanto, acompañado de su mujer y de su hijo, un muchacho reservado que apenas hablaba con nadie.

Desde pequeño, el niño había crecido entre lápidas, cruces y coronas de flores. Mientras otros niños jugaban al escondite en la plaza, él lo hacía entre las tumbas. Su padre siempre le repetía:

—Nunca tengas miedo de los muertos, hijo. Los vivos son mucho más peligrosos.

Una noche de noviembre, mientras una espesa niebla cubría el cementerio, el jardinero escuchó unos golpes en la puerta.

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Toc, toc, toc…

Abrió, pero no había nadie.

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Al regresar a su habitación encontró a su hijo sentado en la cama, completamente vestido.

—¿Qué haces levantado a estas horas?

—Papá, hay alguien en el jardín.

—¿En el jardín? ¡Pero si estamos rodeados de muertos!

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El muchacho lo miró fijamente.

—No, papá… No son los muertos.

El padre sintió un escalofrío.

—¿Entonces quién es?

El niño señaló hacia la ventana.

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—El hombre que está cavando mi tumba.

El jardinero se acercó lentamente al cristal. Bajo la luz de la luna vio una figura vestida de negro, trabajando junto a una lápida.

Reconoció inmediatamente aquella ropa.

Era su propia ropa de trabajo.

Salió corriendo con una pala en la mano, pero al llegar al lugar no encontró a nadie. Solo un agujero recién cavado y una pequeña placa de mármol.

Se agachó para leerla.

Su corazón dejó de latir por un instante.

En la lápida estaba escrito su nombre.

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Y debajo, una fecha: la del día siguiente.

Regresó corriendo a casa, llamó a su hijo y abrió la puerta de su habitación.


La cama estaba vacía.

Sobre la almohada encontró una nota escrita con letra infantil:

«Papá, no te preocupes. Esta noche me ha venido a buscar mamá. Dice que ya es hora de volver a casa».

El jardinero se quedó paralizado.

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Su mujer había muerto hacía quince años.

Y su hijo…

Su hijo había nacido tres años después de su muerte.

Desde aquella noche, los vecinos aseguran que, cuando hay niebla, se escucha a un hombre regando las flores del cementerio y a un niño jugando al escondite entre las tumbas.

Pero lo más extraño sucede cuando alguien pregunta por el jardinero.

El sepulturero siempre responde lo mismo:

—Aquí no trabaja ningún jardinero. El que cuidaba las flores está enterrado desde hace muchos años.

Y si alguna noche visitas el Campo Santo, no te acerques a la pequeña casita.

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Dicen que todavía se oye una voz infantil detrás de la puerta:

—Papá… ¿has terminado ya de cavar?

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FIN, o no

Podemos darle una explicación coherente: al gazapo de la Yaya, el jardinero era viudo, se volvió a casar y el niño era hijo de su segundo matrimonio.

Moraleja: Nunca dejes a la Yaya sola en un cementerio. ¡Es capaz de resucitar hasta el árbol genealógico! 👻

Galy & la Yaya

«Hay familias que se reúnen alrededor de una mesa. Otras, por desgracia, tienen reservado el encuentro en el Campo Santo».
 
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EL RELOJ EN LA JAULA

Un cuento del tío abuelo Galy para sus sobrinos nietos.

Había una vez un reloj muy especial. No era un reloj cualquiera: dentro de su mecanismo vivía el Tiempo, y de sus agujas nacían unas pequeñas horas aladas que volaban alegremente alrededor de la esfera.
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Cada hora tenía sus propias alas. Unas eran rápidas como golondrinas; otras, perezosas como mariposas en una tarde de verano. Todas tenían una misión: volar, pasar y llevarse consigo un poquito de la vida de quienes las contemplaban.

Pero un día, a alguien se le ocurrió una idea terrible.

—¡Vamos a encerrar el reloj en una jaula! Así tendremos el Tiempo bajo control y podremos detenerlo cuando queramos.

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Y dicho y hecho. Introdujeron el reloj junto con el Tiempo en una enorme jaula de hierro. Cerraron la puerta con un candado y se quedaron muy satisfechos.

Al principio, las horas revoloteaban de un lado a otro, buscando una salida. Pero pronto comprendieron que no podían escapar.

Pasaron los días, las semanas y los años.

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Sin espacio para volar, las horas dejaron de batir sus alas. Poco a poco, aquellas alas, que antes eran ligeras y hermosas, comenzaron a perder su fuerza. Se volvieron pesadas, rígidas y torpes.


El reloj seguía marcando las horas, pero ya no había alegría en sus movimientos. El Tiempo, encerrado, guardaba silencio.

Hasta que un buen día, unos niños descubrieron aquella vieja jaula.

—¡Mirad! ¡Un reloj prisionero! —exclamó uno de ellos.

—¡Hay que dejarlo libre! —dijo otro.

Buscaron la llave, abrieron el candado y, con mucha ilusión, levantaron la pequeña puerta.

Pero ocurrió algo que nadie esperaba.

Las horas intentaron salir volando… y ¡PLAAAAS!

Ver el archivos adjunto 3595540

Sus alas, demasiado pesadas por tantos años sin moverse, se desplomaron contra el suelo.

Una a una fue cayendo, como hojas secas en otoño.

—¿Qué ha pasado? —preguntaron los niños, desconcertados.

Entonces, desde el interior del reloj, se escuchó una voz muy antigua:

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—Habéis abierto la jaula, pequeños, pero no basta con abrir una puerta para recuperar lo que se ha perdido. Las alas necesitan ejercitarse para poder volar.

Los niños se miraron unos a otros.

—¿Y ahora qué podemos hacer?

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—Tendréis que ayudarme —respondió el Tiempo—. Cada día debéis dar cuerda a la ilusión, mover las agujas de la curiosidad y alimentar las alas con juegos, sueños y aventuras.

Y así lo hicieron.

Cada mañana los niños visitaban al reloj. Le contaban historias, inventaban juegos y soñaban con lugares maravillosos. Poco a poco, las horas comenzaron a mover sus alas.

Primero una pluma, después otra… hasta que un día la hora de las doce consiguió elevarse.
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—¡Mirad! ¡Está volando! —gritaron los pequeños.

Y detrás de ella comenzaron a volar las demás.

El reloj recuperó su tic-tac, las agujas volvieron a bailar y el Tiempo salió de aquella prisión para continuar su camino.

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Desde entonces, los niños aprendieron algo que nunca olvidarían:

El tiempo no se puede encerrar, detener ni guardar en una jaula.

Y las horas, como los sueños, necesitan libertad para volar.

Porque cuando dejamos de vivir, de jugar, de aprender y de imaginar, también nuestras alas pueden acabar pesando demasiado.

Y colorín colorado…

¡El reloj volvió a volar, pero el Tiempo jamás se quedó parado!+

(Obsebar la hora a traves de un espejo).


FIN… ¿O ACASO EL TIEMPO SIGUE VOLANDO?

Una historia del tío abuelo Galy.

Surrealismo relojero — Galy, 2026

«Hay jaulas que encierran pájaros, otras que encierran relojes… pero las más peligrosas son aquellas en las que encerramos nuestros sueños».

Un abrazo del otro lado del reloj, del tío abuelo Galy y de la Yaya. ❤️
 
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