Recuerdo que, cuando cambiaba de reloj, el destino natural era pasar a la muñeca de mi esposa o de alguno de mis hijos, lo que, por supuesto, “me obligaba” a comprarme otro. Una tragedia, como puedes imaginar. El último que emigró fue uno de estilo Rolex, de metacrilato —vamos, una pieza digna de museo… o de herencia familiar anticipada.
Un día, mi hermano lo vio, me pidió echarle un vistazo… y, en un alarde de sutileza, se lo colocó directamente en la muñeca. Cuando le pedí que me lo devolviera, su respuesta fue impecable:
—Tú tienes muchos.
Y claro, ante semejante argumento jurídico, poco se puede hacer. Eso sí, no quedó ahí la cosa: acabé comprando otro similar, porque uno es débil… y reincidente.
Para rematar, mi hermana, al ver que sus hermanos lucían relojes veraniegos tan “chulos”, sentenció:
—Yo quiero uno.