Hay un aspecto que me parece especialmente difícil de explicar desde la hipótesis de una falsificación: la enorme cantidad de complicaciones innecesarias que habría tenido que asumir el supuesto falsificador.
Estamos hablando de un reloj que ya está documentado mediante facturas de venta de 1999. Por tanto, no estamos ante alguien que haya fabricado recientemente un reloj y haya intentado hacer creer que es antiguo: el objeto, o al menos ejemplares de la misma referencia, ya circulaban comercialmente en esa época.
Ahora bien, imaginemos por un momento que el modelo FC-375 Regulator no hubiera existido realmente y que alguien hubiese decidido fabricar uno.
¿Por qué complicarse tanto?
Podría haber hecho un reloj mucho más sencillo, utilizando un calibre corriente y una apariencia genérica. Sin embargo, habría elegido precisamente un ETA 2892-A2, un movimiento de reciente aparición, automático fino y relativamente sofisticado, y habría tenido que modificar su arquitectura para convertirlo en un regulador. No bastaba con cambiar la esfera: había que resolver mecánicamente la redistribución de las indicaciones y conseguir que todo funcionara correctamente.
Después habría tenido que fabricar o conseguir una caja específica, grabarla con “FC 375 E 85”, utilizar un rotor firmado Frédérique Constant, fabricar una esfera con una configuración reguladora muy particular y hacer que todo el conjunto fuese coherente desde el punto de vista mecánico.
Adicionalmente, habría tenido que diseñar y fabricar distintas cajas y ficha de instrucciones en tres idiomas.
Y todo eso para falsificar ¿qué?
No un Patek Philippe, no un Rolex, no un Audemars Piguet ni siquiera un modelo de Frédérique Constant especialmente famoso. Un regulador de Frédérique Constant de finales de los años noventa, de una producción muy pequeña y que aparentemente era conocido por muy poca gente o, simplemente, no existía.
Es decir, el supuesto falsificador habría escogido deliberadamente uno de los objetivos menos rentables y más difíciles de falsificar.
Y aquí está la cuestión que para mí resulta decisiva desde el punto de vista de la lógica: cada elemento adicional que se incorpora a una falsificación aumenta el riesgo de que algo no cuadre. Si el objetivo fuera simplemente fabricar un reloj para venderlo como auténtico, lo racional sería minimizar esos elementos. En cambio, en este caso encontramos precisamente lo contrario: una construcción mecánica específica, una referencia concreta grabada en la caja, un diseño regulador poco habitual, documentación comercial contemporánea y ejemplares coincidentes.
La hipótesis de la falsificación, por tanto, no solo tiene que explicar por qué alguien falsificó el reloj. Tiene que explicar por qué decidió complicarse extraordinariamente la vida para falsificar precisamente este reloj.
Y cuanto más se estudia el movimiento, más difícil resulta justificar esa decisión. El 2892-A2 no es un calibre elegido al azar: es precisamente el tipo de movimiento sobre el que, en aquella época, se estaban desarrollando modificaciones y módulos para obtener funciones especiales. La solución técnica del FC-375 resulta, por tanto, coherente con el momento tecnológico de 1998–1999.
Para mí, la explicación más sencilla es también la que requiere menos suposiciones: el FC-375 existió realmente, fue una pequeña producción de Frédérique Constant de finales de los noventa y precisamente por su escasa difusión ha quedado prácticamente fuera de la documentación que hoy encontramos fácilmente en Internet.
Que hoy sea difícil encontrar información sobre él no demuestra que sea falso. En este caso puede ser simplemente la consecuencia lógica de que era un reloj raro cuando se fabricó y sigue siendo raro hoy.
Una falsificación tiene sentido cuando se falsifica algo cuyo valor y reconocimiento hacen rentable el esfuerzo. Aquí tenemos prácticamente la situación inversa: cuanto más investigamos el reloj, más trabajo habría tenido que asumir el supuesto falsificador y menos sentido económico tenía hacerlo... pero estoy abierto a todo.