lean76
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En el stand de Venezianico me atendieron dos chicas italianas que me fueron explicando los modelos que tenían allí. La marca la fundaron a finales de 2017 los hermanos Alberto y Alessandro Morelli cuando todavía estudiaban en la Universidad Ca’ Foscari. Al principio se llamaba Meccaniche Veneziane y tiene la sede en San Donà di Piave, a media hora en coche de Venecia. Alberto es el consejero delegado y Alessandro el director de operaciones. Lo más curioso es cómo arrancaron. Según contó Alberto en una entrevista, en los primeros dieciocho meses reunieron 800.000 euros con crowdfunding en tres rondas, y casi todo se fue a montar una tienda online en condiciones antes que a abrir puntos de venta. Con los años también han salido a buscar al cliente en persona: según Forbes Italia, en 2025 tenían previstos más de veinte eventos por todo el mundo.
Empezamos por el más radical, el Arsenale Ultrablack. Caja de acero de 40 mm, 44 de asa a asa y solo 8,95 de grosor con el cristal incluido, 50 metros y correa de caucho integrada, con la opción de añadir el brazalete por 100 euros más. Cuesta 800 euros. La esfera es de latón pintado con Musou Black, una pintura japonesa que absorbe el 99,4% de la luz. De cada mil rayos que caen sobre la esfera, devuelve seis. Me pareció espectacular la profundidad que le da al cuadrante del reloj. No hay índices ni minutero, solo la cruz de la marca y dos agujas caladas. Tampoco segundero: dentro va un Miyota 9029 automático, a 28.800 alt/h, que mueve horas y minutos y nada más. Sin fecha ni segundos, la caja puede quedarse así de fina. Si en las fotos parece que lleva una sola aguja, la culpa es mía: las hice a la una y cinco, justo cuando la de las horas se esconde debajo de la de los minutos.
Miyota es la marca de movimientos de Citizen, y con ella aparece una de las claves de Venezianico. Diseñan, deciden materiales y acabados, pero los motores de la colección fija los compran. En lo que vi en París mandan los Miyota y los calibres de TMI, la marca con la que el grupo Seiko vende a otras firmas los movimientos que fabrica Seiko Instruments. En 2022 Alberto Morelli nombraba como proveedores a Seiko y a Sellita. La diferencia la marcan en qué calibre eligen para cada reloj y en lo que construyen alrededor: la caja, la esfera y la historia. Ahí es donde esta marca gasta la pólvora. El siguiente fue el Bucintoro, su cronógrafo. Toma el nombre de la galera ceremonial del Dux, la que abría la Regata Storica. Caja de acero de 42 mm, 49 de asa a asa, 11,70 de grosor sin contar el cristal, que es un zafiro de doble cúpula de 1,90 mm, corona roscada y 100 metros. Esfera blanca con contadores negros: minutos del crono a las 9, segundero continuo a las 3 y horas del crono a las 6, con la escala taquimétrica en el rehaut. 1.950 euros. Dentro va el NE88 de TMI, de la familia 8R de Seiko, que según la marca se monta a mano en Morioka, en Japón. Lleva rueda de pilares y embrague vertical, y Venezianico lo usa como argumento frente a otros cronos de su precio. Con el Bucintoro se ve también cómo usan las ediciones limitadas. El Bucintoro 1969, de 69 piezas con calibres Lemania 1873 de época restaurados, se agotó en ocho minutos a 4.500 euros, según anunció la propia marca. El Bucintoro 1976 repitió la fórmula con cien piezas, otra vez con Lemania 1873 sin estrenar recuperados de colecciones privadas, una placa en el lateral cortada de un álabe de motor del Concorde y un precio de 4.750 euros. También está agotado. Mi lectura es que esas tiradas cortas les sirven para comprobar hasta dónde les sigue el comprador sin tocar la colección fija.
Después vino el Redentore Bellanotte, el que más rato estuve mirando de cerca. En Venecia celebran la fiesta del Redentore desde el final de la peste de 1576, con puentes de barcas y fuegos artificiales de noche, y el reloj mete esa noche en cuatro capas. Abajo del todo, un disco satinado que asoma por unos agujeros redondos y hace de fuegos artificiales. Encima, el cielo de aventurina. Delante, en relieve rodiado, el Palacio Ducal y San Giorgio Maggiore. Y la hora se lee en una esferita de nácar descentrada que hace de luna, con la columna del león de San Marcos subiendo desde la plaza hasta meterse dentro. Agujas azuladas, caja de 40 mm y 11,5 de grosor. 700 euros. Para que quepan cuatro pisos hace falta un motor pequeño. Usan un NH05A, también de TMI, de 17,55 mm de diámetro, algo menos que una moneda de dos céntimos, sujeto con un aro de latón perlado. Al ser tan chico, lo pueden llevar a un lado y dejar el resto de la esfera libre para la escena. Va a 21.600 alt/h con unas 40 horas de reserva.
En la familia Redentore también está la apuesta más seria de la marca, aunque no la vi en París. En 2025 presentaron el calibre V5000, un movimiento propio fabricado en Italia por OISA 1937 y diseñado por Fausto Berizzi y Andrea Menegazzo, director técnico de Venezianico, en una primera serie de cien piezas. A principios de este año llegó el V5001, de cuerda manual, 3,5 mm de grosor y 60 horas de reserva, que en su taller monta el relojero Daniele Zorzetto. El Redentore Utopia II costaba 4.500 euros y está agotado; el Levius, en titanio con el V5000, cuesta 4.750 y se vende bajo pedido. El Redentore 36 más sencillo cuesta 450. Más de diez veces de distancia dentro de una misma colección. Subir así es una decisión estratégica que todavía tiene que validar el mercado, y la historia del sector no lo pone fácil. Lo conté en el hilo de Milus: cuando sus dueños de Hong Kong la llevaron al lujo, la marca acabó en estado de muerte clínica, hasta que Luc Tissot la compró en 2016 y la devolvió a precios accesibles. Venezianico se acerca a la parte alta por otro camino, con tiradas cortas que se agotan y sin mover la colección de abajo, y eso me parece más prudente. Aun así, el riesgo de fondo se parece: que el cliente no acompañe la subida, pero parece no estar pasando.
Y luego el Arsenale Meteorite, que me pareció una pasada. Misma caja de 40 mm y 44 de asa a asa, 9,95 de grosor, 50 metros, brazalete integrado y un Miyota 9039 automático sin fecha, este sí con segundero. 1.200 euros. La esfera es un trozo de meteorito metálico, de hierro y níquel. Lo cortan, lo pulen y lo tratan con ácido para que salgan las líneas que se ven en la foto. Se llaman figuras de Widmanstätten, por Alois von Beckh Widmanstätten, que las estudió en Viena en 1808. Cuanto más despacio se enfría un metal, más grandes y ordenados crecen sus cristales, y dentro de aquellos cuerpos primitivos el enfriamiento duró una barbaridad de tiempo. El hierro y el níquel se fueron colocando en láminas que se cruzan, y el ácido ataca unas más que otras, así que el dibujo aparece igual que la veta de una tabla cuando la lijas: estaba ahí, solo había que sacarlo. La marca dice que ese patrón no se puede reproducir en la Tierra. Después le dan una capa protectora y lo encajan sobre una base de latón con acabado soleil. Es el objeto que más ha viajado de todos los que me he puesto en la muñeca, y mira que yo viajo.
El brazalete lo llaman Canova Concept y alterna satinados y pulidos. Con los primeros eslabones el reloj se va a 50 mm de largo, poco para un integrado. La cruz del cierre tiene su historia: es la cruz dorada renacentista que corona la Torre del Reloj de la plaza de San Marcos, y los hermanos Morelli la eligieron como logo después de fijarse en ella paseando por allí.
Por detrás, el fondo lleva grabadas las torres del Arsenal de Venecia, el astillero que da nombre a la colección y que ya organizaba la construcción de galeras por fases siglos antes de la revolución industrial.
Lo último que me probé fue el que más me sorprendió por precio, el Arsenale Calendario de esfera morada, que la marca llama burdeos, referencia 6221581C. Es el primer complicado de la línea y lo presentaron esta primavera. Misma caja de 40 mm y 44 de asa a asa, mismo brazalete, y 1.200 euros; en su web sigue en preventa. Día de la semana en el contador de la izquierda, mes en el de la derecha, fecha en una ventana entre las 4 y las 5, reserva de marcha a las 12 con escala de 0 a 40 y un disco de día y noche a las 6. Dentro, un Miyota 9100 automático a 28.800 alt/h, con 42 horas de reserva según la marca, que lo regula en su taller para quedarse en unos 15 segundos al día arriba o abajo. Un calendario completo sabe el día de la semana, la fecha y el mes, pero cree que todos los meses tienen 31 días. En el hilo de Laurent Ferrier conté que el calendario anual solo pide un ajuste, el 1 de marzo; este pide cinco, uno al final de cada mes corto, y a cambio cuesta lo que cuesta. Hay dos detalles que me gustaron. La aguja de la reserva tiene el cuello levantado para pasar por encima de la cruz sin chocar, y recorre unos 130 grados para las 42 horas. Y el disco de día y noche gira bajo una media luna de zafiro sujeta a la esfera con dos tornillos a la vista.
Mirando ese medio zafiro atornillado me vino a la cabeza una pregunta que nunca me había hecho en serio: ¿por qué los relojes llevan rubíes y no zafiros, diamantes u otras piedras? La respuesta tiene trampa, porque rubí y zafiro son el mismo mineral, corindón, que es óxido de aluminio cristalizado; el rubí es rojo por un poquito de cromo. El cristal del reloj, esa media luna y los rubíes del movimiento son, químicamente, la misma piedra. Su trabajo es hacer de cojinete. Los ejes de acero de las ruedas giran metidos en agujeros, y si esos agujeros fueran de latón se irían ovalando con los años. El corindón es durísimo y se pule como un espejo, así que el eje gira con muy poco roce y el agujero casi no se gasta. La idea la patentaron en Londres en 1704 Nicolas Fatio de Duillier y los hermanos Peter y Jacob Debaufre, con un método para agujerear rubíes. Durante casi dos siglos se tallaron de piedras naturales y eran caros, hasta que en 1902 Auguste Verneuil publicó cómo fabricar corindón sintético fundiéndolo con una llama. Desde entonces son artificiales y valen muy poco. El diamante es todavía más duro, y algunos relojes ingleses del siglo XVIII lo usaron como piedra de tope del volante; en el Met de Nueva York hay uno de Daniel Delander con un diamante rosa bien visible. Pero es mucho más difícil de trabajar, y un manual de relojería del siglo XIX ya advertía que la diferencia de roce con un buen rubí era mínima. Entre dureza, pulido y precio, el corindón sintético no tiene rival.
Los números de la empresa explican mucho de lo que vi. Según Il Sole 24 Ore, Venezianico facturó 3,12 millones de euros en 2022, 7,4 en 2023, 11 en 2024 y más de 15 en 2025, un 35% más que el año anterior. Forbes Italia contaba que en 2023 superaron las 20.000 piezas y que la mayor parte de las ventas pasa por su propia web, apoyada en distribuidores en más de cien países. Uno de ellos en Francia es Ocarat, que es quien organiza WeLoveWatches. En mayo de 2024 abrieron el Venezianico Atelier en el Palazzo Baradel de San Donà, que es a la vez sede y tienda. El reparto del capital no lo he encontrado publicado. A mi juicio, donde están haciendo un trabajo excelente es en la banda baja de precio. La venta directa les deja margen para meter esferas trabajadas en relojes de 500 a 1.200 euros, y cada modelo tiene detrás una historia veneciana coherente. La apuesta que queda por validar es la subida hacia los 4.750 euros, y de momento las tiradas altas se agotan.
Venezianico me gusta. No fabrican los calibres de la colección fija, pero los eligen con criterio: un NE88 con rueda de pilares en el crono, un 9100 regulado en casa para el calendario, un motor diminuto escogido a propósito para que quepan cuatro capas en el Bellanotte. Las esferas tienen trabajo de verdad, del meteorito atacado con ácido al Musou Black sobre latón, y cada reloj parte de un motivo concreto de Venecia que no está puesto de adorno. La empresa la llevan dos hermanos que han multiplicado por cinco la facturación en tres años dando mucho reloj por poco dinero, y que además se han atrevido con un movimiento italiano propio. Un calendario completo con día y noche por 1.200 euros es difícil de encontrar, y el Calendario morado entra en mis futuribles. El Meteorite también, y en su caso no necesito ninguna razón técnica: me bastó con verlo en la muñeca.
Empezamos por el más radical, el Arsenale Ultrablack. Caja de acero de 40 mm, 44 de asa a asa y solo 8,95 de grosor con el cristal incluido, 50 metros y correa de caucho integrada, con la opción de añadir el brazalete por 100 euros más. Cuesta 800 euros. La esfera es de latón pintado con Musou Black, una pintura japonesa que absorbe el 99,4% de la luz. De cada mil rayos que caen sobre la esfera, devuelve seis. Me pareció espectacular la profundidad que le da al cuadrante del reloj. No hay índices ni minutero, solo la cruz de la marca y dos agujas caladas. Tampoco segundero: dentro va un Miyota 9029 automático, a 28.800 alt/h, que mueve horas y minutos y nada más. Sin fecha ni segundos, la caja puede quedarse así de fina. Si en las fotos parece que lleva una sola aguja, la culpa es mía: las hice a la una y cinco, justo cuando la de las horas se esconde debajo de la de los minutos.
Miyota es la marca de movimientos de Citizen, y con ella aparece una de las claves de Venezianico. Diseñan, deciden materiales y acabados, pero los motores de la colección fija los compran. En lo que vi en París mandan los Miyota y los calibres de TMI, la marca con la que el grupo Seiko vende a otras firmas los movimientos que fabrica Seiko Instruments. En 2022 Alberto Morelli nombraba como proveedores a Seiko y a Sellita. La diferencia la marcan en qué calibre eligen para cada reloj y en lo que construyen alrededor: la caja, la esfera y la historia. Ahí es donde esta marca gasta la pólvora. El siguiente fue el Bucintoro, su cronógrafo. Toma el nombre de la galera ceremonial del Dux, la que abría la Regata Storica. Caja de acero de 42 mm, 49 de asa a asa, 11,70 de grosor sin contar el cristal, que es un zafiro de doble cúpula de 1,90 mm, corona roscada y 100 metros. Esfera blanca con contadores negros: minutos del crono a las 9, segundero continuo a las 3 y horas del crono a las 6, con la escala taquimétrica en el rehaut. 1.950 euros. Dentro va el NE88 de TMI, de la familia 8R de Seiko, que según la marca se monta a mano en Morioka, en Japón. Lleva rueda de pilares y embrague vertical, y Venezianico lo usa como argumento frente a otros cronos de su precio. Con el Bucintoro se ve también cómo usan las ediciones limitadas. El Bucintoro 1969, de 69 piezas con calibres Lemania 1873 de época restaurados, se agotó en ocho minutos a 4.500 euros, según anunció la propia marca. El Bucintoro 1976 repitió la fórmula con cien piezas, otra vez con Lemania 1873 sin estrenar recuperados de colecciones privadas, una placa en el lateral cortada de un álabe de motor del Concorde y un precio de 4.750 euros. También está agotado. Mi lectura es que esas tiradas cortas les sirven para comprobar hasta dónde les sigue el comprador sin tocar la colección fija.
Después vino el Redentore Bellanotte, el que más rato estuve mirando de cerca. En Venecia celebran la fiesta del Redentore desde el final de la peste de 1576, con puentes de barcas y fuegos artificiales de noche, y el reloj mete esa noche en cuatro capas. Abajo del todo, un disco satinado que asoma por unos agujeros redondos y hace de fuegos artificiales. Encima, el cielo de aventurina. Delante, en relieve rodiado, el Palacio Ducal y San Giorgio Maggiore. Y la hora se lee en una esferita de nácar descentrada que hace de luna, con la columna del león de San Marcos subiendo desde la plaza hasta meterse dentro. Agujas azuladas, caja de 40 mm y 11,5 de grosor. 700 euros. Para que quepan cuatro pisos hace falta un motor pequeño. Usan un NH05A, también de TMI, de 17,55 mm de diámetro, algo menos que una moneda de dos céntimos, sujeto con un aro de latón perlado. Al ser tan chico, lo pueden llevar a un lado y dejar el resto de la esfera libre para la escena. Va a 21.600 alt/h con unas 40 horas de reserva.
En la familia Redentore también está la apuesta más seria de la marca, aunque no la vi en París. En 2025 presentaron el calibre V5000, un movimiento propio fabricado en Italia por OISA 1937 y diseñado por Fausto Berizzi y Andrea Menegazzo, director técnico de Venezianico, en una primera serie de cien piezas. A principios de este año llegó el V5001, de cuerda manual, 3,5 mm de grosor y 60 horas de reserva, que en su taller monta el relojero Daniele Zorzetto. El Redentore Utopia II costaba 4.500 euros y está agotado; el Levius, en titanio con el V5000, cuesta 4.750 y se vende bajo pedido. El Redentore 36 más sencillo cuesta 450. Más de diez veces de distancia dentro de una misma colección. Subir así es una decisión estratégica que todavía tiene que validar el mercado, y la historia del sector no lo pone fácil. Lo conté en el hilo de Milus: cuando sus dueños de Hong Kong la llevaron al lujo, la marca acabó en estado de muerte clínica, hasta que Luc Tissot la compró en 2016 y la devolvió a precios accesibles. Venezianico se acerca a la parte alta por otro camino, con tiradas cortas que se agotan y sin mover la colección de abajo, y eso me parece más prudente. Aun así, el riesgo de fondo se parece: que el cliente no acompañe la subida, pero parece no estar pasando.
Y luego el Arsenale Meteorite, que me pareció una pasada. Misma caja de 40 mm y 44 de asa a asa, 9,95 de grosor, 50 metros, brazalete integrado y un Miyota 9039 automático sin fecha, este sí con segundero. 1.200 euros. La esfera es un trozo de meteorito metálico, de hierro y níquel. Lo cortan, lo pulen y lo tratan con ácido para que salgan las líneas que se ven en la foto. Se llaman figuras de Widmanstätten, por Alois von Beckh Widmanstätten, que las estudió en Viena en 1808. Cuanto más despacio se enfría un metal, más grandes y ordenados crecen sus cristales, y dentro de aquellos cuerpos primitivos el enfriamiento duró una barbaridad de tiempo. El hierro y el níquel se fueron colocando en láminas que se cruzan, y el ácido ataca unas más que otras, así que el dibujo aparece igual que la veta de una tabla cuando la lijas: estaba ahí, solo había que sacarlo. La marca dice que ese patrón no se puede reproducir en la Tierra. Después le dan una capa protectora y lo encajan sobre una base de latón con acabado soleil. Es el objeto que más ha viajado de todos los que me he puesto en la muñeca, y mira que yo viajo.
El brazalete lo llaman Canova Concept y alterna satinados y pulidos. Con los primeros eslabones el reloj se va a 50 mm de largo, poco para un integrado. La cruz del cierre tiene su historia: es la cruz dorada renacentista que corona la Torre del Reloj de la plaza de San Marcos, y los hermanos Morelli la eligieron como logo después de fijarse en ella paseando por allí.
Por detrás, el fondo lleva grabadas las torres del Arsenal de Venecia, el astillero que da nombre a la colección y que ya organizaba la construcción de galeras por fases siglos antes de la revolución industrial.
Lo último que me probé fue el que más me sorprendió por precio, el Arsenale Calendario de esfera morada, que la marca llama burdeos, referencia 6221581C. Es el primer complicado de la línea y lo presentaron esta primavera. Misma caja de 40 mm y 44 de asa a asa, mismo brazalete, y 1.200 euros; en su web sigue en preventa. Día de la semana en el contador de la izquierda, mes en el de la derecha, fecha en una ventana entre las 4 y las 5, reserva de marcha a las 12 con escala de 0 a 40 y un disco de día y noche a las 6. Dentro, un Miyota 9100 automático a 28.800 alt/h, con 42 horas de reserva según la marca, que lo regula en su taller para quedarse en unos 15 segundos al día arriba o abajo. Un calendario completo sabe el día de la semana, la fecha y el mes, pero cree que todos los meses tienen 31 días. En el hilo de Laurent Ferrier conté que el calendario anual solo pide un ajuste, el 1 de marzo; este pide cinco, uno al final de cada mes corto, y a cambio cuesta lo que cuesta. Hay dos detalles que me gustaron. La aguja de la reserva tiene el cuello levantado para pasar por encima de la cruz sin chocar, y recorre unos 130 grados para las 42 horas. Y el disco de día y noche gira bajo una media luna de zafiro sujeta a la esfera con dos tornillos a la vista.
Mirando ese medio zafiro atornillado me vino a la cabeza una pregunta que nunca me había hecho en serio: ¿por qué los relojes llevan rubíes y no zafiros, diamantes u otras piedras? La respuesta tiene trampa, porque rubí y zafiro son el mismo mineral, corindón, que es óxido de aluminio cristalizado; el rubí es rojo por un poquito de cromo. El cristal del reloj, esa media luna y los rubíes del movimiento son, químicamente, la misma piedra. Su trabajo es hacer de cojinete. Los ejes de acero de las ruedas giran metidos en agujeros, y si esos agujeros fueran de latón se irían ovalando con los años. El corindón es durísimo y se pule como un espejo, así que el eje gira con muy poco roce y el agujero casi no se gasta. La idea la patentaron en Londres en 1704 Nicolas Fatio de Duillier y los hermanos Peter y Jacob Debaufre, con un método para agujerear rubíes. Durante casi dos siglos se tallaron de piedras naturales y eran caros, hasta que en 1902 Auguste Verneuil publicó cómo fabricar corindón sintético fundiéndolo con una llama. Desde entonces son artificiales y valen muy poco. El diamante es todavía más duro, y algunos relojes ingleses del siglo XVIII lo usaron como piedra de tope del volante; en el Met de Nueva York hay uno de Daniel Delander con un diamante rosa bien visible. Pero es mucho más difícil de trabajar, y un manual de relojería del siglo XIX ya advertía que la diferencia de roce con un buen rubí era mínima. Entre dureza, pulido y precio, el corindón sintético no tiene rival.
Los números de la empresa explican mucho de lo que vi. Según Il Sole 24 Ore, Venezianico facturó 3,12 millones de euros en 2022, 7,4 en 2023, 11 en 2024 y más de 15 en 2025, un 35% más que el año anterior. Forbes Italia contaba que en 2023 superaron las 20.000 piezas y que la mayor parte de las ventas pasa por su propia web, apoyada en distribuidores en más de cien países. Uno de ellos en Francia es Ocarat, que es quien organiza WeLoveWatches. En mayo de 2024 abrieron el Venezianico Atelier en el Palazzo Baradel de San Donà, que es a la vez sede y tienda. El reparto del capital no lo he encontrado publicado. A mi juicio, donde están haciendo un trabajo excelente es en la banda baja de precio. La venta directa les deja margen para meter esferas trabajadas en relojes de 500 a 1.200 euros, y cada modelo tiene detrás una historia veneciana coherente. La apuesta que queda por validar es la subida hacia los 4.750 euros, y de momento las tiradas altas se agotan.
Venezianico me gusta. No fabrican los calibres de la colección fija, pero los eligen con criterio: un NE88 con rueda de pilares en el crono, un 9100 regulado en casa para el calendario, un motor diminuto escogido a propósito para que quepan cuatro capas en el Bellanotte. Las esferas tienen trabajo de verdad, del meteorito atacado con ácido al Musou Black sobre latón, y cada reloj parte de un motivo concreto de Venecia que no está puesto de adorno. La empresa la llevan dos hermanos que han multiplicado por cinco la facturación en tres años dando mucho reloj por poco dinero, y que además se han atrevido con un movimiento italiano propio. Un calendario completo con día y noche por 1.200 euros es difícil de encontrar, y el Calendario morado entra en mis futuribles. El Meteorite también, y en su caso no necesito ninguna razón técnica: me bastó con verlo en la muñeca.
