jorgesdb
Un señor raro
Contribuidor de RE
Verificad@ con 2FA
Hace unos meses presenté el Tissot Memphis, una curiosidad de diseño, un outsider con precidrive que resultó ser más de lo que aparentaba.
Memphis Milano fue un movimiento artístico que marcó el devenir de Swatch con los años con varios miembros bastante involucrados con la marca.
Este reloj me llevó hasta un Swatch de 1991, el Rara Avis de Matteo Thun, Conde por nacimiento, ceramista por elección, Director Artístico de Swatch por designio de Nicolas Hayek.
Del Rara Avis hice una presentación en Abril de este año 2026, con 35 años de retraso.
Si habéis leído las otras dos presentaciones, sabréis ya que había una conexión española en Memphis, un joven Javier Mariscal formó parte del movimiento y contribuyó con su experiencia en el arte underground... y llegó su momento de formar parte del universo Swatch con un reloj que se presentó este año y que descubrí gracias a @Goldoff que nos los trajo al foro.
El Swatch Grancelona no lo encuentras en cualquier escaparate de Swatch repartido por el mundo: solo se vende en Barcelona, en las tiendas de la ciudad y en el aeropuerto de El Prat, y eso lo convierte, sin necesidad de numeración ni de certificado de tirada limitada, en un objeto que hay que ir a buscar al lugar donde nació.
Es la octava pieza de la colección Destination Art, lanzada el 28 de enero de 2026 a 110 euros, y lleva la firma de Javier Mariscal. Que es como decir que lleva la firma de Barcelona misma.
Nota: He hecho trampa, @Goldoff tuvo la amabilidad de enviármelo junto al Pegaso para que pudiera cerrar esta trilogía de relojes y arte. He tardado en presentarlo porque necesitaba aprender más sobre Mariscal.
Este no es un reloj que se justifique por su mecánica, monta un cuarzo suizo convencional de Swatch, resiste 30 metros de agua, pesa apenas 28 gramos (ríete tú de los relojes de titanio) y ha crecido sobre la plataforma New Gent Biosourced: Caja de 41 milímetros en bioplástico parcialmente derivado del aceite de ricino, cristal acrílico, correa de silicona.
El Grancelona no compite en el terreno de los segundos, compite en el de las emociones.
Lo primero que ves al ponértelo es un crucero surcando el Mediterráneo, dibujado con esa línea sintética, alegre y gamberra que es la marca de la casa Mariscal desde hace medio siglo. Las agujas tienen un aire vintage, deliberadamente distinto entre la hora y el minuto.
Y entonces llegas a la ventana de la fecha, ese hueco a las tres en punto donde cualquier otro reloj del mundo te mostraría un número frío, y descubres la travesura: Mariscal ha sustituido los dígitos por catorce ilustraciones diminutas, dibujadas una a una, que van rotando día tras día. Has comprado un reloj que, en lugar de decirte que es 14, te enseña un dibujito. Es una idea tan tonta y de tal maestría que solo se le podía ocurrir a alguien que lleva cincuenta años negándose a tomarse el diseño demasiado en serio.
Pero el verdadero golpe maestro está en la correa. Desplegada, no es una correa: es un mapa aéreo de Barcelona. Más de sesenta enclaves dibujados con el estilo "cartoon" de Mariscal: la Casa Batlló, el Observatorio Fabra, el Arco de Triunfo, el puerto, el Tibidabo, la Diagonal trazando su tajo en diagonal sobre el Eixample... Componen un plano que llevas literalmente enrollado en la muñeca. El pasador lleva grabada la palabra «Grancelona». Y el packaging reproduce las ilustraciones originales en papel, porque cuando un artista de verdad mete mano, hasta la caja es parte de la obra. Llevas una ciudad entera abrochada al brazo. No se me ocurre un souvenir más representativo de una ciudad vibrante y con tanta historia como Barcelona.






Vayamos ahora con un viejo conocido (si habéis leído los hilos del Memphis o del Rara Avis): Duchamp y el azúcar dentro de la melaza.
Ya os presenté a Marcel Duchamp cuando hablamos del Tissot Memphis y de Rara Avis, y vuelve a colarse aquí porque esta historia tampoco se entiende del todo sin él. Os recuerdo la idea que más me importa: Duchamp despreciaba lo que llamaba el arte retiniano, ese que se agota en lo que percibe el ojo (color, forma, si es bonito o no es bonito), y quería un arte que volviera a hablarle a la mente.
Pero el regalo que nos dejó fue otro, más sutil: el coeficiente de arte. Decía que entre lo que el artista quiso hacer y lo que realmente hizo siempre queda una brecha, un eslabón inexpresado, y que ese coeficiente está en la obra en estado bruto, como el azúcar dentro de la melaza. Y que es el espectador quien lo refina. El acto creativo, insistía, no lo consuma el artista solo: lo completa quien mira.
Aquí nos vamos a topar con una encrucijada porque con Mariscal, en mi humilde opinión, Duchamp tendría un problema.
Si hay un arte descaradamente retiniano, puro placer del ojo, color sin disculpas y alegría sin dobleces, es el de Mariscal. Duchamp habría arrugado la nariz.
Y sin embargo el coeficiente de arte funciona aquí igual que en cualquier otra parte, quizá más (o no, que tampoco soy historiador del arte). Porque este reloj, visto deprisa, es melaza: un Swatch barato con dibujitos, dirá el que pasa de largo. Pero si te detienes y empiezas a refinar, si descubres que la fecha son catorce acuarelas en miniatura, que la correa es la ciudad entera vista desde el aire, que el crucero de la esfera viene de un mural del Paseo de Gracia, que detrás del trazo hay setenta y cinco años de un hombre que dibujó a Cobi y se sentó con Sottsass, entonces el azúcar aparece, y lo hace a paladas.
Aparece porque lo has puesto tú al mirar. Si miras este reloj y solo ves una esfera de dibujos animados que no encaja con tu idea de lo que debe ser un reloj, estás viendo melaza y te quedas en la retina. Estás en tu derecho. Pero te pierdes todo lo que hay detrás, un viaje por la historia.
Todo empezó en un mural del Paseo de Gracia, este reloj no nació en una mesa de despacho de Biel ni en un brief de marketing; nació en una pared.
En 2023, Mariscal pintó para la tienda insignia de Swatch en el Paseo de Gracia (un local que antes ocupaba Rolex) un mapa ilustrado gigante con la tienda en el centro y más de sesenta referencias de la ciudad orbitando alrededor. Ese mural es el embrión del Grancelona: una sección de aquella obra se trasladó casi directamente al reloj y a su caja.
Y la cosa viene de más lejos todavía. Gonzalo de Cevallos, que dirigió Swatch Group España durante un cuarto de siglo, cuenta que la historia de amor entre Barcelona y Swatch arrancó a principios de los noventa, y que fue entonces cuando empezó también la relación con Mariscal, que diseñó la primera tienda Swatch de la ciudad, una tienda "muy avanzada para su época". De modo que cuando Mariscal presentó el reloj en Palo Alto (el espacio creativo del Poblenou donde tiene su propio Estudio Mariscal) y soltó aquello de "estamos aquí por amor", no estaba haciendo retórica de presentación. Estaba resumiendo treinta años de relación. La frase, en un hombre tan poco dado a la solemnidad, para mi vale más que cualquier dossier de prensa.
Y aquí es donde este reloj deja de ser un souvenir de lujo para convertirse en el tercer vértice de una historia que llevo tiempo relatando. Porque el Grancelona cierra una trilogía.
Recordemos las dos primeras piezas. El Tissot Memphis lo firmó Ettore Sottsass, fundador y patriarca absoluto del Memphis Milano. El Swatch Rara Avis salió de las manos de Matteo Thun, cofundador del grupo y director artístico de Swatch entre 1990 y 1993. Y ahora llega el Grancelona, de Javier Mariscal, que fue miembro de Memphis desde su mismísimo nacimiento. La trilogía no es una coincidencia caprichosa que haya forzado para hacer estos hilos: es la prueba de que el movimiento postmoderno italiano más influyente del siglo XX desembocó, una y otra vez, en la relojería de muñeca a través del Grupo Swatch.
Conviene recordar quién era Mariscal cuando entró en Memphis, porque a menudo se le presenta como "el de Cobi" y se olvida lo demás. Francisco Javier Errando Mariscal nació en Valencia en 1950, el noveno de once hermanos en plena posguerra, y aterrizó en Barcelona en 1970 para estudiar filosofía. Nunca se fue. Su primer territorio fue el cómic underground: en 1973 cofundó El Rrollo Enmascarado, el primer cómic underground español, censurado por el franquismo. En 1979 se inventó el logotipo Bar-Cel-Ona, ese juego de palabras en catalán (bar, cielo, ola) que se convirtió en el símbolo gráfico más reconocible de la ciudad antes incluso de las Olimpiadas.



Y entonces, en 1980, diseñó el taburete Duplex para un bar de Valencia: una pieza cromada, asimétrica, imposible, que cayó en manos de Ettore Sottsass y le gustó tanto que invitó a aquel catalán de adopción a la colección inaugural de Memphis en 1981. Mariscal contribuyó con el carrito de té Hilton, la Table à Café y las Luminaires Impossibles. Era uno de los poquísimos no-arquitectos del grupo, junto a Nathalie du Pasquier y Peter Shire: un dibujante metido a diseñador de muebles entre arquitectos milaneses. Aquella experiencia le marcó para siempre el color desacomplejado, las formas geométricas que se ríen de la función, la convicción de que un objeto puede ser útil y a la vez una broma. Todo lo que hace el Grancelona cuarenta y cinco años después ya estaba en aquel carrito de té.


Mesa Hilton y Taburete Duplex
Y aquí viene el detalle que descubrí investigando y que me parece el más hermoso de toda la historia. Sottsass diseñó relojes. Thun diseñó relojes y dirigió artísticamente Swatch. Pero Mariscal, hasta donde he podido rastrear, no había diseñado un reloj en su vida. Ni de pulsera, ni de sobremesa, ni para Alessi, ni para Memphis, ni para nadie. Toda una carrera de muebles, textiles, cerámica, interiores, mascotas olímpicas y películas nominadas al Oscar (Chico y Rita, con Trueba) sin un solo reloj. El Grancelona es su debut horológico a los setenta y cinco años. El último de los tres niños de Memphis en sentarse a la muñeca, y el que más tardó en hacerlo.
Hay algo cautivador en esto: el dibujante que pintó el cielo y la ola de Barcelona en 1979 tardó casi medio siglo en dibujar también sus horas.
No es un reloj para pensar en el cuarzo ni en los 30 metros de estanqueidad, llevas en la muñeca a un señor que dibujó a Cobi (el perro cubista que homenajeaba a Picasso y acabó siendo la mascota olímpica más rentable de la historia), que se sentó con Sottsass cuando el diseño mundial se estaba reinventando en Milán, y que con setenta y cinco años todavía tiene ese espíritu gamberro para esconder 14 acuarelas donde deberían ir los días.
El Grancelona es un Mariscal original, de autor, que cuesta 110 euros y que solo puedes conseguir si pisas Barcelona (o alguien te hace el trabajo sucio). Probablemente sea la forma más barata del mundo de poseer una obra de un artista que expone en el MoMA y el Pompidou.
Ppertenece al mundo del que vino su autor: aquel Memphis que decía que un objeto cotidiano podía ser alegre, colorista, gamberro y profundamente serio al mismo tiempo. Sottsass abrió la puerta, Thun la mantuvo abierta, y Mariscal, el último en cruzarla, lo ha hecho cargado de mar, de cruceros, de mapas y de amor por una ciudad.
"Estamos aquí por amor" dijo... me lo creo.
Memphis Milano fue un movimiento artístico que marcó el devenir de Swatch con los años con varios miembros bastante involucrados con la marca.
Este reloj me llevó hasta un Swatch de 1991, el Rara Avis de Matteo Thun, Conde por nacimiento, ceramista por elección, Director Artístico de Swatch por designio de Nicolas Hayek.
Del Rara Avis hice una presentación en Abril de este año 2026, con 35 años de retraso.
Presentación Hilo 'Swatch Rara Avis'
Aviso, voy a presentar un reloj que he recibido hace poco, que viene del año 1991, que no se puede poner porque la correa no tiene pintar de aguantar un solo doblado, pero funciona y no es un Swatch cualquiera.
Se viene rollo muy serio para hablar de un reloj que me ha costado 30€ y que me sirve para profundizar más en una historia que me está fascinando cada día más.
Este reloj ha venido a raíz de esta presentación que hice hace unos días de un Tissot al que le tenía ganas, conocía parte de la obra de su autor (del Swatch) pero no este reloj que traigo hoy, que descubrí documentándome...
Se viene rollo muy serio para hablar de un reloj que me ha costado 30€ y que me sirve para profundizar más en una historia que me está fascinando cada día más.
Este reloj ha venido a raíz de esta presentación que hice hace unos días de un Tissot al que le tenía ganas, conocía parte de la obra de su autor (del Swatch) pero no este reloj que traigo hoy, que descubrí documentándome...
- jorgesdb
- Respuestas: 20
- Foro: Foro General
Si habéis leído las otras dos presentaciones, sabréis ya que había una conexión española en Memphis, un joven Javier Mariscal formó parte del movimiento y contribuyó con su experiencia en el arte underground... y llegó su momento de formar parte del universo Swatch con un reloj que se presentó este año y que descubrí gracias a @Goldoff que nos los trajo al foro.
El Swatch Grancelona no lo encuentras en cualquier escaparate de Swatch repartido por el mundo: solo se vende en Barcelona, en las tiendas de la ciudad y en el aeropuerto de El Prat, y eso lo convierte, sin necesidad de numeración ni de certificado de tirada limitada, en un objeto que hay que ir a buscar al lugar donde nació.
Es la octava pieza de la colección Destination Art, lanzada el 28 de enero de 2026 a 110 euros, y lleva la firma de Javier Mariscal. Que es como decir que lleva la firma de Barcelona misma.
Nota: He hecho trampa, @Goldoff tuvo la amabilidad de enviármelo junto al Pegaso para que pudiera cerrar esta trilogía de relojes y arte. He tardado en presentarlo porque necesitaba aprender más sobre Mariscal.
Este no es un reloj que se justifique por su mecánica, monta un cuarzo suizo convencional de Swatch, resiste 30 metros de agua, pesa apenas 28 gramos (ríete tú de los relojes de titanio) y ha crecido sobre la plataforma New Gent Biosourced: Caja de 41 milímetros en bioplástico parcialmente derivado del aceite de ricino, cristal acrílico, correa de silicona.
El Grancelona no compite en el terreno de los segundos, compite en el de las emociones.
Lo primero que ves al ponértelo es un crucero surcando el Mediterráneo, dibujado con esa línea sintética, alegre y gamberra que es la marca de la casa Mariscal desde hace medio siglo. Las agujas tienen un aire vintage, deliberadamente distinto entre la hora y el minuto.
Y entonces llegas a la ventana de la fecha, ese hueco a las tres en punto donde cualquier otro reloj del mundo te mostraría un número frío, y descubres la travesura: Mariscal ha sustituido los dígitos por catorce ilustraciones diminutas, dibujadas una a una, que van rotando día tras día. Has comprado un reloj que, en lugar de decirte que es 14, te enseña un dibujito. Es una idea tan tonta y de tal maestría que solo se le podía ocurrir a alguien que lleva cincuenta años negándose a tomarse el diseño demasiado en serio.
Pero el verdadero golpe maestro está en la correa. Desplegada, no es una correa: es un mapa aéreo de Barcelona. Más de sesenta enclaves dibujados con el estilo "cartoon" de Mariscal: la Casa Batlló, el Observatorio Fabra, el Arco de Triunfo, el puerto, el Tibidabo, la Diagonal trazando su tajo en diagonal sobre el Eixample... Componen un plano que llevas literalmente enrollado en la muñeca. El pasador lleva grabada la palabra «Grancelona». Y el packaging reproduce las ilustraciones originales en papel, porque cuando un artista de verdad mete mano, hasta la caja es parte de la obra. Llevas una ciudad entera abrochada al brazo. No se me ocurre un souvenir más representativo de una ciudad vibrante y con tanta historia como Barcelona.






Vayamos ahora con un viejo conocido (si habéis leído los hilos del Memphis o del Rara Avis): Duchamp y el azúcar dentro de la melaza.
Ya os presenté a Marcel Duchamp cuando hablamos del Tissot Memphis y de Rara Avis, y vuelve a colarse aquí porque esta historia tampoco se entiende del todo sin él. Os recuerdo la idea que más me importa: Duchamp despreciaba lo que llamaba el arte retiniano, ese que se agota en lo que percibe el ojo (color, forma, si es bonito o no es bonito), y quería un arte que volviera a hablarle a la mente.
Pero el regalo que nos dejó fue otro, más sutil: el coeficiente de arte. Decía que entre lo que el artista quiso hacer y lo que realmente hizo siempre queda una brecha, un eslabón inexpresado, y que ese coeficiente está en la obra en estado bruto, como el azúcar dentro de la melaza. Y que es el espectador quien lo refina. El acto creativo, insistía, no lo consuma el artista solo: lo completa quien mira.
Aquí nos vamos a topar con una encrucijada porque con Mariscal, en mi humilde opinión, Duchamp tendría un problema.
Si hay un arte descaradamente retiniano, puro placer del ojo, color sin disculpas y alegría sin dobleces, es el de Mariscal. Duchamp habría arrugado la nariz.
Y sin embargo el coeficiente de arte funciona aquí igual que en cualquier otra parte, quizá más (o no, que tampoco soy historiador del arte). Porque este reloj, visto deprisa, es melaza: un Swatch barato con dibujitos, dirá el que pasa de largo. Pero si te detienes y empiezas a refinar, si descubres que la fecha son catorce acuarelas en miniatura, que la correa es la ciudad entera vista desde el aire, que el crucero de la esfera viene de un mural del Paseo de Gracia, que detrás del trazo hay setenta y cinco años de un hombre que dibujó a Cobi y se sentó con Sottsass, entonces el azúcar aparece, y lo hace a paladas.
Aparece porque lo has puesto tú al mirar. Si miras este reloj y solo ves una esfera de dibujos animados que no encaja con tu idea de lo que debe ser un reloj, estás viendo melaza y te quedas en la retina. Estás en tu derecho. Pero te pierdes todo lo que hay detrás, un viaje por la historia.
Todo empezó en un mural del Paseo de Gracia, este reloj no nació en una mesa de despacho de Biel ni en un brief de marketing; nació en una pared.
En 2023, Mariscal pintó para la tienda insignia de Swatch en el Paseo de Gracia (un local que antes ocupaba Rolex) un mapa ilustrado gigante con la tienda en el centro y más de sesenta referencias de la ciudad orbitando alrededor. Ese mural es el embrión del Grancelona: una sección de aquella obra se trasladó casi directamente al reloj y a su caja.
Y la cosa viene de más lejos todavía. Gonzalo de Cevallos, que dirigió Swatch Group España durante un cuarto de siglo, cuenta que la historia de amor entre Barcelona y Swatch arrancó a principios de los noventa, y que fue entonces cuando empezó también la relación con Mariscal, que diseñó la primera tienda Swatch de la ciudad, una tienda "muy avanzada para su época". De modo que cuando Mariscal presentó el reloj en Palo Alto (el espacio creativo del Poblenou donde tiene su propio Estudio Mariscal) y soltó aquello de "estamos aquí por amor", no estaba haciendo retórica de presentación. Estaba resumiendo treinta años de relación. La frase, en un hombre tan poco dado a la solemnidad, para mi vale más que cualquier dossier de prensa.
Y aquí es donde este reloj deja de ser un souvenir de lujo para convertirse en el tercer vértice de una historia que llevo tiempo relatando. Porque el Grancelona cierra una trilogía.
Recordemos las dos primeras piezas. El Tissot Memphis lo firmó Ettore Sottsass, fundador y patriarca absoluto del Memphis Milano. El Swatch Rara Avis salió de las manos de Matteo Thun, cofundador del grupo y director artístico de Swatch entre 1990 y 1993. Y ahora llega el Grancelona, de Javier Mariscal, que fue miembro de Memphis desde su mismísimo nacimiento. La trilogía no es una coincidencia caprichosa que haya forzado para hacer estos hilos: es la prueba de que el movimiento postmoderno italiano más influyente del siglo XX desembocó, una y otra vez, en la relojería de muñeca a través del Grupo Swatch.
Conviene recordar quién era Mariscal cuando entró en Memphis, porque a menudo se le presenta como "el de Cobi" y se olvida lo demás. Francisco Javier Errando Mariscal nació en Valencia en 1950, el noveno de once hermanos en plena posguerra, y aterrizó en Barcelona en 1970 para estudiar filosofía. Nunca se fue. Su primer territorio fue el cómic underground: en 1973 cofundó El Rrollo Enmascarado, el primer cómic underground español, censurado por el franquismo. En 1979 se inventó el logotipo Bar-Cel-Ona, ese juego de palabras en catalán (bar, cielo, ola) que se convirtió en el símbolo gráfico más reconocible de la ciudad antes incluso de las Olimpiadas.



Y entonces, en 1980, diseñó el taburete Duplex para un bar de Valencia: una pieza cromada, asimétrica, imposible, que cayó en manos de Ettore Sottsass y le gustó tanto que invitó a aquel catalán de adopción a la colección inaugural de Memphis en 1981. Mariscal contribuyó con el carrito de té Hilton, la Table à Café y las Luminaires Impossibles. Era uno de los poquísimos no-arquitectos del grupo, junto a Nathalie du Pasquier y Peter Shire: un dibujante metido a diseñador de muebles entre arquitectos milaneses. Aquella experiencia le marcó para siempre el color desacomplejado, las formas geométricas que se ríen de la función, la convicción de que un objeto puede ser útil y a la vez una broma. Todo lo que hace el Grancelona cuarenta y cinco años después ya estaba en aquel carrito de té.


Mesa Hilton y Taburete Duplex
Y aquí viene el detalle que descubrí investigando y que me parece el más hermoso de toda la historia. Sottsass diseñó relojes. Thun diseñó relojes y dirigió artísticamente Swatch. Pero Mariscal, hasta donde he podido rastrear, no había diseñado un reloj en su vida. Ni de pulsera, ni de sobremesa, ni para Alessi, ni para Memphis, ni para nadie. Toda una carrera de muebles, textiles, cerámica, interiores, mascotas olímpicas y películas nominadas al Oscar (Chico y Rita, con Trueba) sin un solo reloj. El Grancelona es su debut horológico a los setenta y cinco años. El último de los tres niños de Memphis en sentarse a la muñeca, y el que más tardó en hacerlo.
Hay algo cautivador en esto: el dibujante que pintó el cielo y la ola de Barcelona en 1979 tardó casi medio siglo en dibujar también sus horas.
No es un reloj para pensar en el cuarzo ni en los 30 metros de estanqueidad, llevas en la muñeca a un señor que dibujó a Cobi (el perro cubista que homenajeaba a Picasso y acabó siendo la mascota olímpica más rentable de la historia), que se sentó con Sottsass cuando el diseño mundial se estaba reinventando en Milán, y que con setenta y cinco años todavía tiene ese espíritu gamberro para esconder 14 acuarelas donde deberían ir los días.
El Grancelona es un Mariscal original, de autor, que cuesta 110 euros y que solo puedes conseguir si pisas Barcelona (o alguien te hace el trabajo sucio). Probablemente sea la forma más barata del mundo de poseer una obra de un artista que expone en el MoMA y el Pompidou.
Ppertenece al mundo del que vino su autor: aquel Memphis que decía que un objeto cotidiano podía ser alegre, colorista, gamberro y profundamente serio al mismo tiempo. Sottsass abrió la puerta, Thun la mantuvo abierta, y Mariscal, el último en cruzarla, lo ha hecho cargado de mar, de cruceros, de mapas y de amor por una ciudad.
"Estamos aquí por amor" dijo... me lo creo.
