6aly
Habitual
Sin verificar
Aún recuerdo aquellos años en los que trabajaba como externo para ST, cuando las pruebas de hermetismo eran casi un deporte extremo. Nos exigían verificar los relojes a 200 metros de presión equivalente, y cada sesión era una combinación de procedimiento técnico, tensión y un punto de temeridad.
Colocabas el reloj en la cámara, cerrabas la tapa, ajustabas la presión… y observabas. A veces el cristal resistía. A veces no. Más de uno salió despedido como si tuviera resorte propio, otros estallaban, y hubo un día —uno de esos que no se olvidan— en el que la caja se deformó como si fuera plastilina sometida a una fuerza descomunal.
Cuando ocurrió aquello, el jefe de taller vino directo hacia nosotros. No caminaba: avanzaba como un proyectil.—¿Cómo estáis haciendo las pruebas de hermetismo?Se lo dijimos sin rodeos:—Con la Bergeon… y con la maquinaria puesta, no.
El silencio que siguió fue más largo que la propia prueba.—Retirad la máquina no —ordenó—. La caja se ha deformado por eso.Y tenía razón. Pero dejar la maquinaria montada también implicaba riesgo: si entraba agua, el daño era mayor. Era elegir entre dos males.
Aquello nos obligó a actualizar el equipo del taller. La Bergeon de aluminio empezó a picarse, como si la presión la hubiera envejecido de golpe. Tuvimos que sustituirla. Esta vez compramos una máquina nacional, de PVC, más ligera, más económica y, según el fabricante, igual de fiable.
La primera prueba fue a 200. Solo una.Y la máquina explotó.
El estruendo hizo que todos levantáramos la cabeza al mismo tiempo. Cuando llamamos para reclamar, la respuesta fue tan surrealista que parecía un chiste de relojero:—Pero ¿estáis locos? ¡Los relojes se comprueban a 50, no a 200!
Y ahí entendimos que, en este oficio, a veces, la presión no solo la soportan los relojes.
Colocabas el reloj en la cámara, cerrabas la tapa, ajustabas la presión… y observabas. A veces el cristal resistía. A veces no. Más de uno salió despedido como si tuviera resorte propio, otros estallaban, y hubo un día —uno de esos que no se olvidan— en el que la caja se deformó como si fuera plastilina sometida a una fuerza descomunal.
Cuando ocurrió aquello, el jefe de taller vino directo hacia nosotros. No caminaba: avanzaba como un proyectil.—¿Cómo estáis haciendo las pruebas de hermetismo?Se lo dijimos sin rodeos:—Con la Bergeon… y con la maquinaria puesta, no.
El silencio que siguió fue más largo que la propia prueba.—Retirad la máquina no —ordenó—. La caja se ha deformado por eso.Y tenía razón. Pero dejar la maquinaria montada también implicaba riesgo: si entraba agua, el daño era mayor. Era elegir entre dos males.
Aquello nos obligó a actualizar el equipo del taller. La Bergeon de aluminio empezó a picarse, como si la presión la hubiera envejecido de golpe. Tuvimos que sustituirla. Esta vez compramos una máquina nacional, de PVC, más ligera, más económica y, según el fabricante, igual de fiable.
La primera prueba fue a 200. Solo una.Y la máquina explotó.
El estruendo hizo que todos levantáramos la cabeza al mismo tiempo. Cuando llamamos para reclamar, la respuesta fue tan surrealista que parecía un chiste de relojero:—Pero ¿estáis locos? ¡Los relojes se comprueban a 50, no a 200!
Y ahí entendimos que, en este oficio, a veces, la presión no solo la soportan los relojes.
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