Chispirin
Milpostista
Verificad@ con 2FA
Increíble, pero cierto. Mi experiencia con el Rolex Explorer 40.
Empiezo desde el principio, porque lo que me ha pasado parece sacado de una película.
Llevaba mucho tiempo con ganas de hacerme con un Explorer. Es un reloj que siempre me ha gustado especialmente y que, sinceramente, siento que encaja mucho más conmigo, con mi personalidad y con mi forma de ser.
Después de darle muchas vueltas, tomé la decisión de vender mi Oyster Perpetual 41 e intentar conseguir un Explorer, pero sin prisas y con paciencia.
Lo primero que hice fue llamar a Rabat, donde tengo un contacto. Me comentaron que posiblemente podrían llamarme en un plazo de entre 3 y 6 meses. Como podéis imaginar, no me hizo demasiada gracia la espera, así que decidí llamar a algunos concesionarios más.
Y aquí es donde empieza todo.
En uno de ellos me dicen que tienen un Explorer en stock, disponible para llevármelo inmediatamente. Les explico que, en ese momento, no puedo organizar un viaje de tantos kilómetros con los niños tan pequeños y les pregunto si podrían reservármelo para el sábado, ya que iría expresamente a por él.
Me dicen que me llamarían en un rato para confirmármelo.
Un par de horas después recibo la llamada. Me confirman que el reloj está disponible para mí y, además, me recomiendan que vaya el viernes en lugar del sábado por cuestiones relacionadas con Halloween.
Les digo que perfecto, que allí estaré. Les explico que vivo bastante lejos, pero que, si el reloj está disponible, haré el viaje sin problema.
400 kilómetros de ida para conseguir el reloj que llevaba tanto tiempo deseando.
Llego a la tienda completamente ilusionado. Me comentan que tienen disponible tanto el Explorer como el Air-King, así que decido probarme ambos.
Y, efectivamente, el Explorer me encaja mucho más. Lo veo más armónico, más refinado y, sobre todo, mucho más acorde con lo que buscaba.
Después de un rato de conversación, me decido a comprarlo. Lo pago, me ajustan el brazalete y, una vez que está perfectamente ajustado, me pongo a observar la esfera con detenimiento.
Le pido a la dependienta una lupa para poder verla mejor.
Y ahí empieza la pesadilla.
Le veo una pelusa dentro del reloj.
Se lo comento y me dicen que es algo inusual, que tiene que revisarlo el técnico. Después de unos cinco minutos, salen y me dicen que parece un pelo y que, si quiero, pueden retirarlo.
Evidentemente, les digo que sí.
Al rato me comentan que el reloj está perfecto y, efectivamente, la pelusa ha desaparecido.
Salgo de la tienda medio contento, aunque con una sensación extraña. Empiezo a pensar que estoy gafado con este reloj.
Decido ir a comer y aprovechar para hacer algunas compras en El Corte Inglés, ya que había hecho el viaje y no quería desaprovechar el día.
Termino, recojo el coche del parking y me dispongo a emprender el camino de vuelta a casa. Me esperan otros 400 kilómetros y mi familia me está esperando.
Pero, justo antes de salir, algo me dice que vuelva a mirar el reloj. Que aproveche que todavía estoy allí y que lo revise una vez más.
Saco la gamuza que siempre llevo en la mariconera y limpio cuidadosamente el cristal.
A la luz del sol, una luz que evidentemente no había tenido en el interior de la tienda, veo algo que me deja completamente helado.
Una mancha en la esfera, entre las 3 y las 4, justo al lado de las agujas.
Me pongo a temblar. Pienso: «Esto no puede estar pasando».
Vuelvo a limpiar el cristal por si se trata de alguna suciedad o de algo que esté en el exterior, pero la mancha sigue ahí.
Dejo nuevamente el coche en el parking y regreso al concesionario.
Les comento que he visto otra mancha en la esfera. Me dicen que no la aprecian, así que les propongo salir a la calle para verla a plena luz del sol.
Sale el técnico conmigo, la observa y me dice:
«Tienes buen ojo. Efectivamente, hay otra mancha».
Me comenta que, al abrir el reloj, podrían entrar más partículas y que qué quiero hacer.
Le digo que intente solucionarlo, porque sé perfectamente que, si me llevo el reloj así, mis ojos se van a ir siempre a esa mancha. Y después de todo lo que había pasado, no estaba dispuesto a quedarme con esa sensación.
El técnico entra con el reloj y, al cabo de un rato, me dicen que tardarán aproximadamente media hora.
Me quedo fuera haciendo tiempo, completamente rayado, pensando qué narices está pasando con mi reloj.
A los veinte minutos recibo una llamada de la dependienta.
Me comenta que están teniendo problemas y que van a devolverme el dinero, porque la esfera está mal de fábrica.
Acojonado, vuelvo a la tienda.
Allí me explican que el problema no tiene solución, que se trata de un defecto de fábrica relacionado con el lacado de la esfera.
Me quedo sin palabras.
Después de tanta ilusión, de tantos kilómetros, de organizar el viaje y de haber encontrado por fin el reloj que tanto deseaba, resulta que me encuentro con una unidad defectuosa.
Les pregunto si tienen algún otro Explorer disponible, pero la dependienta me comenta que, por política de Rolex, ya no pueden venderme otro reloj ese mismo día.
Me pide que entregue la caja, los papeles y todo lo que me habían dado para poder hacerme la devolución del dinero.
Les entrego absolutamente todo, incluidos los detalles que habían tenido conmigo, dos perfumes, y me marcho de la tienda bastante cabreado y, sinceramente, con una sensación de impotencia tremenda.
Porque no estamos hablando de un reloj cualquiera. Estamos hablando de un Rolex nuevo, de un reloj que deseas durante mucho tiempo, al que vas con toda la ilusión del mundo y por el que haces un viaje de 800 kilómetros entre ida y vuelta.
Y que, después de todo eso, tengas que volver a casa sin reloj por un defecto de fábrica que ni siquiera habías imaginado encontrar.
En fin, increíble, pero cierto.
No sé si ha sido mala suerte, si estas cosas pasan más de lo que pensamos o si simplemente me ha tocado a mí.
Lo único que sé es que hoy he vivido una de las experiencias más surrealistas que recuerdo comprando un reloj.
Y, después de todo esto, la pregunta es inevitable:
¿Os ha pasado alguna vez algo parecido con un Rolex nuevo o con cualquier otro reloj de este nivel?
Empiezo desde el principio, porque lo que me ha pasado parece sacado de una película.
Llevaba mucho tiempo con ganas de hacerme con un Explorer. Es un reloj que siempre me ha gustado especialmente y que, sinceramente, siento que encaja mucho más conmigo, con mi personalidad y con mi forma de ser.
Después de darle muchas vueltas, tomé la decisión de vender mi Oyster Perpetual 41 e intentar conseguir un Explorer, pero sin prisas y con paciencia.
Lo primero que hice fue llamar a Rabat, donde tengo un contacto. Me comentaron que posiblemente podrían llamarme en un plazo de entre 3 y 6 meses. Como podéis imaginar, no me hizo demasiada gracia la espera, así que decidí llamar a algunos concesionarios más.
Y aquí es donde empieza todo.
En uno de ellos me dicen que tienen un Explorer en stock, disponible para llevármelo inmediatamente. Les explico que, en ese momento, no puedo organizar un viaje de tantos kilómetros con los niños tan pequeños y les pregunto si podrían reservármelo para el sábado, ya que iría expresamente a por él.
Me dicen que me llamarían en un rato para confirmármelo.
Un par de horas después recibo la llamada. Me confirman que el reloj está disponible para mí y, además, me recomiendan que vaya el viernes en lugar del sábado por cuestiones relacionadas con Halloween.
Les digo que perfecto, que allí estaré. Les explico que vivo bastante lejos, pero que, si el reloj está disponible, haré el viaje sin problema.
400 kilómetros de ida para conseguir el reloj que llevaba tanto tiempo deseando.
Llego a la tienda completamente ilusionado. Me comentan que tienen disponible tanto el Explorer como el Air-King, así que decido probarme ambos.
Y, efectivamente, el Explorer me encaja mucho más. Lo veo más armónico, más refinado y, sobre todo, mucho más acorde con lo que buscaba.
Después de un rato de conversación, me decido a comprarlo. Lo pago, me ajustan el brazalete y, una vez que está perfectamente ajustado, me pongo a observar la esfera con detenimiento.
Le pido a la dependienta una lupa para poder verla mejor.
Y ahí empieza la pesadilla.
Le veo una pelusa dentro del reloj.
Se lo comento y me dicen que es algo inusual, que tiene que revisarlo el técnico. Después de unos cinco minutos, salen y me dicen que parece un pelo y que, si quiero, pueden retirarlo.
Evidentemente, les digo que sí.
Al rato me comentan que el reloj está perfecto y, efectivamente, la pelusa ha desaparecido.
Salgo de la tienda medio contento, aunque con una sensación extraña. Empiezo a pensar que estoy gafado con este reloj.
Decido ir a comer y aprovechar para hacer algunas compras en El Corte Inglés, ya que había hecho el viaje y no quería desaprovechar el día.
Termino, recojo el coche del parking y me dispongo a emprender el camino de vuelta a casa. Me esperan otros 400 kilómetros y mi familia me está esperando.
Pero, justo antes de salir, algo me dice que vuelva a mirar el reloj. Que aproveche que todavía estoy allí y que lo revise una vez más.
Saco la gamuza que siempre llevo en la mariconera y limpio cuidadosamente el cristal.
A la luz del sol, una luz que evidentemente no había tenido en el interior de la tienda, veo algo que me deja completamente helado.
Una mancha en la esfera, entre las 3 y las 4, justo al lado de las agujas.
Me pongo a temblar. Pienso: «Esto no puede estar pasando».
Vuelvo a limpiar el cristal por si se trata de alguna suciedad o de algo que esté en el exterior, pero la mancha sigue ahí.
Dejo nuevamente el coche en el parking y regreso al concesionario.
Les comento que he visto otra mancha en la esfera. Me dicen que no la aprecian, así que les propongo salir a la calle para verla a plena luz del sol.
Sale el técnico conmigo, la observa y me dice:
«Tienes buen ojo. Efectivamente, hay otra mancha».
Me comenta que, al abrir el reloj, podrían entrar más partículas y que qué quiero hacer.
Le digo que intente solucionarlo, porque sé perfectamente que, si me llevo el reloj así, mis ojos se van a ir siempre a esa mancha. Y después de todo lo que había pasado, no estaba dispuesto a quedarme con esa sensación.
El técnico entra con el reloj y, al cabo de un rato, me dicen que tardarán aproximadamente media hora.
Me quedo fuera haciendo tiempo, completamente rayado, pensando qué narices está pasando con mi reloj.
A los veinte minutos recibo una llamada de la dependienta.
Me comenta que están teniendo problemas y que van a devolverme el dinero, porque la esfera está mal de fábrica.
Acojonado, vuelvo a la tienda.
Allí me explican que el problema no tiene solución, que se trata de un defecto de fábrica relacionado con el lacado de la esfera.
Me quedo sin palabras.
Después de tanta ilusión, de tantos kilómetros, de organizar el viaje y de haber encontrado por fin el reloj que tanto deseaba, resulta que me encuentro con una unidad defectuosa.
Les pregunto si tienen algún otro Explorer disponible, pero la dependienta me comenta que, por política de Rolex, ya no pueden venderme otro reloj ese mismo día.
Me pide que entregue la caja, los papeles y todo lo que me habían dado para poder hacerme la devolución del dinero.
Les entrego absolutamente todo, incluidos los detalles que habían tenido conmigo, dos perfumes, y me marcho de la tienda bastante cabreado y, sinceramente, con una sensación de impotencia tremenda.
Porque no estamos hablando de un reloj cualquiera. Estamos hablando de un Rolex nuevo, de un reloj que deseas durante mucho tiempo, al que vas con toda la ilusión del mundo y por el que haces un viaje de 800 kilómetros entre ida y vuelta.
Y que, después de todo eso, tengas que volver a casa sin reloj por un defecto de fábrica que ni siquiera habías imaginado encontrar.
En fin, increíble, pero cierto.
No sé si ha sido mala suerte, si estas cosas pasan más de lo que pensamos o si simplemente me ha tocado a mí.
Lo único que sé es que hoy he vivido una de las experiencias más surrealistas que recuerdo comprando un reloj.
Y, después de todo esto, la pregunta es inevitable:
¿Os ha pasado alguna vez algo parecido con un Rolex nuevo o con cualquier otro reloj de este nivel?