itsmemario
SuperMario, bro
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Bienvenidos a este nuevo hilo. He escrito este artículo de opinión, que os comparto, sobre varios temas de actualidad y relojes que tenía en la cabeza. Creo que sobra decir que la guerra tiene implicaciones un millón de veces más importantes que ésta, pero para quienes les inquieten esos temas (como a mí) hay otros sitios donde informarse; esto es un foro de relojes, y de relojes va el artículo. Quisiera añadir que en los comentarios evitemos la política, como mandan las normas del foro. Todo el contenido está escrito por mí y todas las fotos son mías menos evidentemente la del anuncio de PP. Vamos al lío...
Creo que llegados a este punto todos sabemos que la relojería suiza lleva varios años contrayéndose. Las causas son variadas, desde monetarias, dado que un franco suizo fuerte encarece el producto en el extranjero, a políticas, como los famosos aranceles de Trump que han convertido el mercado americano en pura incertidumbre, pasando por un sinfín de explicaciones sociales, económicas o de simple gestión empresarial. Pero como suele decirse, "a río revuelto, ganancia de pescadores" y los vencedores de esta crisis son las cuatro más grandes: Rolex, Cartier, Audemars Piguet y Omega que acaparan entre ellas la mitad del mercado de relojes suizos. Además, los relojes con un precio superior a los 50.000 francos suizos representan nada menos que el 37% del valor de las exportaciones.
La conclusión es evidente, los relojes de gama alta representan ya una parte muy importante del valor exportado, pese a suponer lógicamente una fracción muy pequeña del número de unidades vendidas. En definitiva, todos somos conscientes de que la industria ha decidido, o ha sido arrastrada, a fabricar menos y cobrar más, y que ha dejado morir el segmento asequible sin demasiado duelo. En este contexto, los Emiratos Árabes Unidos son, pese a su pequeño tamaño, uno de los lugares claves para la industria, un lugar del mapa donde la relojería suiza no retrocede. El Medio Oriente aparece una y otra vez en los informes del sector como zona de estabilidad, como un mercado prometedor.
Como algunos sabéis, en Noviembre estuve en la Dubai Watch Week, y observé que el despliegue de medios que puso la adinerada familia Seddiqi, que básicamente controla el retail de relojería suiza en los Emiratos, para este evento, fue sencillamente apabullante. En consecuencia, la DWW ha ganado cada año terreno como alternativa al tradicional Watches and Wonders de Ginebra, atrayendo a aficionados de todo el mundo, a pesar de nacer como un evento independiente para educar al consumidor local. Es un evento que ha sido elogiado repetidamente por Hodinkee y otros medios del sector y goza en muy pocos años de grandísima relevancia. Seddiqi, que como os contaba organizó la DWW y controla la venta de relojes en esas latitudes, es tan importante para los suizos que cuenta en su haber con colaboraciones con Patek Philippe, Bovet, MB&F, Girard Perregaux, entre muchas otras. No se puede decir que sea un distribuidor más.
Foto: Una de esas colaboraciones
Dubai es el escaparate más visible de la imagen de estabilidad, seguridad y lujo que quieren transmitir los Emiratos Árabes Unidos. La ciudad lleva décadas compitiendo consigo misma en una carrera de superlatividad, consiguiendo el centro comercial más grande, la torre más alta, el hotel con más estrellas, las calles más limpias... todo para atraer empresarios, expatriados, influencers, turistas y en suma, dinero, mucho dinero. Lo que resulta llamativo para cualquier europeo que visite el Dubai Mall hoy es la desproporción de la infraestructura, hecha para una vasta clientela, y hasta hace poco, lo conseguían, funcionaban con una densidad de público que haría temblar a cualquier gerente de retail en París o Zúrich. Cuando estuve allí en noviembre, se veía todo abarrotado, si bien también muy ordenado. Los concesionarios de relojes tenían tráfico, y la DWW atrajo a una cantidad de público por encima de las expectativas.
El modelo de negocio de Dubai, y por extensión el de Doha, Abu Dhabi, Manama o quizás pronto Ras al Khaima, donde se está construyendo el masivo casino Wynn Al Marjan en una isla artificial, se basa en que "aquí no pasa nada". Era el modelo de Beirut cuando el Líbano era la Suiza de Oriente, expresión que algunos recordaréis. El de los Emiratos no era ya un negocio solo de petróleo, no desde que el país se diversificó en mucha mayor medida que sus vecinos, marcando el camino a seguir, sino que se basaba en ser un centro neurálgico para el comercio global, para la aviación comercial, el turismo de lujo y un refugio para las familias adineradas sacudidas por la Primavera Árabe, para los rusos huyendo de las sanciones tras la guerra de Ucrania, o para empresarios y expatriados europeos y asiáticos buscando un sistema fiscal benevolente.
Sin embargo muchos analistas temen que la promesa se haya roto en el momento en que Irán lanzó cientos de misiles balísticos y drones contra los Emiratos Árabes Unidos y, aunque se interceptó prácticamente la totalidad de proyectiles, se vieron en prensa imágenes que hace unos meses hubiesen sido inimaginables, con fragmentos en llamas cayendo del cielo, que causaron muertos y heridos. Los impactos tuvieron un componente simbólico, afectado al Aeropuerto Internacional de Dubai, uno de los que tienen más conexiones del planeta, al puerto de Jebel Ali que es vital en el comercio marítimo global, al hotel de superlujo Burj Al Arab o a la exclusiva Palm Jumeirah.
Lo que siguió fue una reacción que el modelo Dubai nunca había necesitado gestionar: el pánico de una ciudad construida a base de expatriados, que constituyen la inmensa mayoría de la población. Una ciudad que hace un mes estaba atestada, boyante, se convirtió por momentos en una ciudad fantasma. El gobierno emiratí respondió tratando de controlar la narrativa, sancionando a creadores de contenido por causar pánico al publicar imágenes de las intercepciones, y hasta el jeque de Dubai salió a pasear por el Mall para demostrar que se podía proseguir la vida con normalidad y, en cierta medida y mirando lo que a nosotros nos atañe, comprar relojes de lujo bajo el estruendo de las intercepciones.
Foto: el Dubai Mall un día de diario cualquiera antes de la guerra
Los Emiratos no son un mercado más para las marcas suizas, y menos aún en un momento en el que la estrategia general es la de subir de categoría y escalar en precios. Un poco de oxígeno puede ser vital cuando otros mercados como China llevan cayendo dos años o Estados Unidos se ha convertido en una variable dependiente de las decisiones arancelarias. Frente a ese mapa desalentador el Golfo era hasta hace tres semanas un oasis envidiable: sin aranceles, con gigantescas vallas publicitarias anunciando relojes de la talla de Van Cleef & Arpels en las autopistas, con un consumidor local muy apasionado y adinerado, y con la infraestructura de venta más espectacular y sobredimensionada del mundo, gracias a familias como los Seddiqi.
La pregunta relevante para la relojería suiza no es si Dubai sobrevive al conflicto, que probablemente lo hará porque es una ciudad resiliente que ha capeado ya varias crisis inmobiliarias, o si volveremos a ver un masivo evento de relojería de lujo a la sombra del Burj Khalifa, cosa que espero que se repita y espero poder volver, sino que la pregunta es si la promesa sobre la que se construyó su modelo puede recomponerse del todo. Esa promesa era simple: aquí no pasa nada. El capital internacional es altamente móvil, y los expatriados también lo son. Para la relojería suiza, ver cómo el Golfo pierde su condición de escaparate del lujo global, no creo que sea un contratiempo menor. Sería la eliminación del último ancla estable en un mapa que ya no tiene muchos puertos seguros. Los Seddiqi vendieron su primer Rolex en los años 50 a clientes que confiaban en que Dubai era distinta al resto de la región. Hoy, esa distinción está siendo puesta a prueba.
Más allá del nada desdeñable trozo del pastel que está amenazado, pienso que el lujo vende seguridad, permanencia, la ilusión de que hay cosas que no cambian...
Dubai vendía exactamente eso como ciudad. Si esa imagen se deteriora de forma sostenida, el daño para el sector del lujo es bastante más profundo que ver menos clientes pasando por delante del escaparate, durante un tiempo, en el Dubai Mall. En este nuevo mundo de guerras e incertidumbre que se avecina, ¿queda sitio para el lujo o asistiremos a una caída masiva del valor de estos artefactos que nos unen en afición?
Espero que os haya gustado el artículo, yo he echado una tarde tranquila escribiéndolo. Os leo.
Creo que llegados a este punto todos sabemos que la relojería suiza lleva varios años contrayéndose. Las causas son variadas, desde monetarias, dado que un franco suizo fuerte encarece el producto en el extranjero, a políticas, como los famosos aranceles de Trump que han convertido el mercado americano en pura incertidumbre, pasando por un sinfín de explicaciones sociales, económicas o de simple gestión empresarial. Pero como suele decirse, "a río revuelto, ganancia de pescadores" y los vencedores de esta crisis son las cuatro más grandes: Rolex, Cartier, Audemars Piguet y Omega que acaparan entre ellas la mitad del mercado de relojes suizos. Además, los relojes con un precio superior a los 50.000 francos suizos representan nada menos que el 37% del valor de las exportaciones.
La conclusión es evidente, los relojes de gama alta representan ya una parte muy importante del valor exportado, pese a suponer lógicamente una fracción muy pequeña del número de unidades vendidas. En definitiva, todos somos conscientes de que la industria ha decidido, o ha sido arrastrada, a fabricar menos y cobrar más, y que ha dejado morir el segmento asequible sin demasiado duelo. En este contexto, los Emiratos Árabes Unidos son, pese a su pequeño tamaño, uno de los lugares claves para la industria, un lugar del mapa donde la relojería suiza no retrocede. El Medio Oriente aparece una y otra vez en los informes del sector como zona de estabilidad, como un mercado prometedor.
Como algunos sabéis, en Noviembre estuve en la Dubai Watch Week, y observé que el despliegue de medios que puso la adinerada familia Seddiqi, que básicamente controla el retail de relojería suiza en los Emiratos, para este evento, fue sencillamente apabullante. En consecuencia, la DWW ha ganado cada año terreno como alternativa al tradicional Watches and Wonders de Ginebra, atrayendo a aficionados de todo el mundo, a pesar de nacer como un evento independiente para educar al consumidor local. Es un evento que ha sido elogiado repetidamente por Hodinkee y otros medios del sector y goza en muy pocos años de grandísima relevancia. Seddiqi, que como os contaba organizó la DWW y controla la venta de relojes en esas latitudes, es tan importante para los suizos que cuenta en su haber con colaboraciones con Patek Philippe, Bovet, MB&F, Girard Perregaux, entre muchas otras. No se puede decir que sea un distribuidor más.
Foto: Una de esas colaboraciones
Dubai es el escaparate más visible de la imagen de estabilidad, seguridad y lujo que quieren transmitir los Emiratos Árabes Unidos. La ciudad lleva décadas compitiendo consigo misma en una carrera de superlatividad, consiguiendo el centro comercial más grande, la torre más alta, el hotel con más estrellas, las calles más limpias... todo para atraer empresarios, expatriados, influencers, turistas y en suma, dinero, mucho dinero. Lo que resulta llamativo para cualquier europeo que visite el Dubai Mall hoy es la desproporción de la infraestructura, hecha para una vasta clientela, y hasta hace poco, lo conseguían, funcionaban con una densidad de público que haría temblar a cualquier gerente de retail en París o Zúrich. Cuando estuve allí en noviembre, se veía todo abarrotado, si bien también muy ordenado. Los concesionarios de relojes tenían tráfico, y la DWW atrajo a una cantidad de público por encima de las expectativas.
El modelo de negocio de Dubai, y por extensión el de Doha, Abu Dhabi, Manama o quizás pronto Ras al Khaima, donde se está construyendo el masivo casino Wynn Al Marjan en una isla artificial, se basa en que "aquí no pasa nada". Era el modelo de Beirut cuando el Líbano era la Suiza de Oriente, expresión que algunos recordaréis. El de los Emiratos no era ya un negocio solo de petróleo, no desde que el país se diversificó en mucha mayor medida que sus vecinos, marcando el camino a seguir, sino que se basaba en ser un centro neurálgico para el comercio global, para la aviación comercial, el turismo de lujo y un refugio para las familias adineradas sacudidas por la Primavera Árabe, para los rusos huyendo de las sanciones tras la guerra de Ucrania, o para empresarios y expatriados europeos y asiáticos buscando un sistema fiscal benevolente.
Sin embargo muchos analistas temen que la promesa se haya roto en el momento en que Irán lanzó cientos de misiles balísticos y drones contra los Emiratos Árabes Unidos y, aunque se interceptó prácticamente la totalidad de proyectiles, se vieron en prensa imágenes que hace unos meses hubiesen sido inimaginables, con fragmentos en llamas cayendo del cielo, que causaron muertos y heridos. Los impactos tuvieron un componente simbólico, afectado al Aeropuerto Internacional de Dubai, uno de los que tienen más conexiones del planeta, al puerto de Jebel Ali que es vital en el comercio marítimo global, al hotel de superlujo Burj Al Arab o a la exclusiva Palm Jumeirah.
Lo que siguió fue una reacción que el modelo Dubai nunca había necesitado gestionar: el pánico de una ciudad construida a base de expatriados, que constituyen la inmensa mayoría de la población. Una ciudad que hace un mes estaba atestada, boyante, se convirtió por momentos en una ciudad fantasma. El gobierno emiratí respondió tratando de controlar la narrativa, sancionando a creadores de contenido por causar pánico al publicar imágenes de las intercepciones, y hasta el jeque de Dubai salió a pasear por el Mall para demostrar que se podía proseguir la vida con normalidad y, en cierta medida y mirando lo que a nosotros nos atañe, comprar relojes de lujo bajo el estruendo de las intercepciones.
Foto: el Dubai Mall un día de diario cualquiera antes de la guerra
Los Emiratos no son un mercado más para las marcas suizas, y menos aún en un momento en el que la estrategia general es la de subir de categoría y escalar en precios. Un poco de oxígeno puede ser vital cuando otros mercados como China llevan cayendo dos años o Estados Unidos se ha convertido en una variable dependiente de las decisiones arancelarias. Frente a ese mapa desalentador el Golfo era hasta hace tres semanas un oasis envidiable: sin aranceles, con gigantescas vallas publicitarias anunciando relojes de la talla de Van Cleef & Arpels en las autopistas, con un consumidor local muy apasionado y adinerado, y con la infraestructura de venta más espectacular y sobredimensionada del mundo, gracias a familias como los Seddiqi.
La pregunta relevante para la relojería suiza no es si Dubai sobrevive al conflicto, que probablemente lo hará porque es una ciudad resiliente que ha capeado ya varias crisis inmobiliarias, o si volveremos a ver un masivo evento de relojería de lujo a la sombra del Burj Khalifa, cosa que espero que se repita y espero poder volver, sino que la pregunta es si la promesa sobre la que se construyó su modelo puede recomponerse del todo. Esa promesa era simple: aquí no pasa nada. El capital internacional es altamente móvil, y los expatriados también lo son. Para la relojería suiza, ver cómo el Golfo pierde su condición de escaparate del lujo global, no creo que sea un contratiempo menor. Sería la eliminación del último ancla estable en un mapa que ya no tiene muchos puertos seguros. Los Seddiqi vendieron su primer Rolex en los años 50 a clientes que confiaban en que Dubai era distinta al resto de la región. Hoy, esa distinción está siendo puesta a prueba.
Más allá del nada desdeñable trozo del pastel que está amenazado, pienso que el lujo vende seguridad, permanencia, la ilusión de que hay cosas que no cambian...
Dubai vendía exactamente eso como ciudad. Si esa imagen se deteriora de forma sostenida, el daño para el sector del lujo es bastante más profundo que ver menos clientes pasando por delante del escaparate, durante un tiempo, en el Dubai Mall. En este nuevo mundo de guerras e incertidumbre que se avecina, ¿queda sitio para el lujo o asistiremos a una caída masiva del valor de estos artefactos que nos unen en afición?
Espero que os haya gustado el artículo, yo he echado una tarde tranquila escribiéndolo. Os leo.
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