6aly
Habitual
Sin verificar
Hubo un tiempo en el que, tras mis cortísimas jornadas de autónomo —apenas una hora de trabajo, de ocho de la mañana a nueve de la noche—, al volver a casa se me apagaban las farolas a mi paso. No una ni dos; iban cayendo como fichas de dominó, iluminándome el camino... hacia la oscuridad.
Se lo comenté a mi médico. Su diagnóstico fue inmediato: una carcajada. Así que decidí buscar respuestas por mi cuenta. Una noche, en plena pandemia, me senté en un banco y descubrí que no estaba solo: había más gente capaz de apagar farolas, detener relojes y dejar mudos los transistores. Una especie de mutantes, aunque sin presupuesto para una película de Marvel.
Aquello me llevó a investigar la jaula de Faraday, a envolverme en papel Albal e incluso a pintarme las uñas con esmalte negro para proteger los circuitos integrados de la lluvia de fotones. Porque, cuando la ciencia no responde, siempre queda el bricolaje esotérico.
Las farolas siguieron apagándose, pero al menos conseguí que los relojes de mis clientes dejaran de detenerse cuando se acercaban a mí. Todo apunta a que, por culpa del estrés, acumulaba tanta electricidad estática que los Casio me declararon persona non grata. Desde entonces sospecho que, si la pila de un reloj se agota cerca de mí, no es una avería: es un acto de legítima defensa.
No es otro de mis cuentos. Ocurrió de verdad. Son anotaciones de mi libro.
Última edición: