C
chuchi
Milpostista
Sin verificar
Hay gente que detesta la Navidad, gente que lo lleva fatal, pero no conozco forma humana que permita a quien lo desee sustraerse a este ambiente y vivir estos días sin que le condicionen, hasta el punto de que vaya donde vaya no se libra de los villancicos, las bombillas de colores y los adornos en rojo y verde. Todo está montado de manera que no queda otra que rendirse y aceptar que la felicidad era esto: una paga extra, cuatro regalos de compromiso y dos cajas de langostinos. Y en ésas estaba yo, cavilando sobre el espíritu navideño y tomando un café mientras contemplaba el ir y venir de la gente cargada con bolsas y con paquetes, cuando justo a mi lado alguien dijo, indignado, que ya sabía cuál iba a ser el tema de conversación de su suegro en la cena de Nochebuena. Debía barruntar marejada, porque decía que este año no pensaba abrir la boca dijera su suegro lo que dijera.
La cena de Nochebuena es lo que tiene; el menú comestible apenas suele deparar sorpresas. La tradición manda, así que ya sabemos lo que nos vamos a encontrar en la mesa: sopa de marisco, langostinos, pitu de caleya, etcétera, etcétera. Lo que no está tan claro es el menú de discusiones, que siempre se presenta más abierto y depende de las circunstancias. Es más, puede ocurrir que la cosa se líe, y que antes de llegar al turrón ya se haya montado un cisco que no lo salve ni la abuela ciega de sidra y tocando la pandereta.
Conozco familias que han pasado por ese trance y que, para no repetir la experiencia, han llegado a establecer una norma sobre lo que se puede discutir en Nochebuena y lo que no admite discusión. Nada de política, nada de religión, nada de fútbol, nada de restregarse unos a otros lo bien o lo mal que les va en la vidaÉ Total, que una cena deliciosa acaba siendo enormemente aburrida. Un verdadero tostón, así que no sé yo si no será mejor prescindir de la norma y dejar que se digan todo lo que tengan que decirse para luego cerrar la disputa y acabar todos curdas, llorando de risa.
Hablar en la mesa es tan necesario como comer y en estas fiestas la sensibilidad está tan a flor de piel que en seguida salta la chispa. Lo que hemos ido acumulando todo el año se agolpa en un momento y, además, como el alcohol estimula la lengua y hace que lo reprimido salga de forma abrupta, la gente suelta lo que lleva dentro sin pararse en sutilezas. Utiliza la cena de Nochebuena para purificarse.
Quizá no sea el mejor momento, es cierto, pero conviene tener presente que hemos ganado en comodidades y en avances tecnológicos y hemos perdido en todo lo que se refiere a nuestro bienestar personal. Antes se compartía más, no se tenía tanto miedo a decir lo que llevamos dentro y había más trato y más intimidad con la familia. Ahora es diferente. Ahora no tenemos tiempo para estar con los demás, ni casi con nosotros mismos. Estamos solos en medio de la multitud y cuando nos vemos rodeados de gente amiga nos damos cuenta de que hay cosas que necesitamos decir para sentirnos mejor y quedar más a gusto.
Por eso pienso que no se adelanta nada haciendo que caiga el telón de la cena y todos se estén riendo con rostros de hiena. La Navidad no puede cegarnos hasta el punto de hacer que veamos la realidad de la vida como una balsa de aceite. Sería una visión incorrecta. Al turrón tenemos que llegar contentos y satisfechos. Si hay algo que decir. se dice. Si hay algo que discutir, se discute. Lo importante es que todo discurra por cauces civilizados y que al final pasemos un rato que merezca ser recordado.
La cena de Nochebuena es lo que tiene; el menú comestible apenas suele deparar sorpresas. La tradición manda, así que ya sabemos lo que nos vamos a encontrar en la mesa: sopa de marisco, langostinos, pitu de caleya, etcétera, etcétera. Lo que no está tan claro es el menú de discusiones, que siempre se presenta más abierto y depende de las circunstancias. Es más, puede ocurrir que la cosa se líe, y que antes de llegar al turrón ya se haya montado un cisco que no lo salve ni la abuela ciega de sidra y tocando la pandereta.
Conozco familias que han pasado por ese trance y que, para no repetir la experiencia, han llegado a establecer una norma sobre lo que se puede discutir en Nochebuena y lo que no admite discusión. Nada de política, nada de religión, nada de fútbol, nada de restregarse unos a otros lo bien o lo mal que les va en la vidaÉ Total, que una cena deliciosa acaba siendo enormemente aburrida. Un verdadero tostón, así que no sé yo si no será mejor prescindir de la norma y dejar que se digan todo lo que tengan que decirse para luego cerrar la disputa y acabar todos curdas, llorando de risa.
Hablar en la mesa es tan necesario como comer y en estas fiestas la sensibilidad está tan a flor de piel que en seguida salta la chispa. Lo que hemos ido acumulando todo el año se agolpa en un momento y, además, como el alcohol estimula la lengua y hace que lo reprimido salga de forma abrupta, la gente suelta lo que lleva dentro sin pararse en sutilezas. Utiliza la cena de Nochebuena para purificarse.
Quizá no sea el mejor momento, es cierto, pero conviene tener presente que hemos ganado en comodidades y en avances tecnológicos y hemos perdido en todo lo que se refiere a nuestro bienestar personal. Antes se compartía más, no se tenía tanto miedo a decir lo que llevamos dentro y había más trato y más intimidad con la familia. Ahora es diferente. Ahora no tenemos tiempo para estar con los demás, ni casi con nosotros mismos. Estamos solos en medio de la multitud y cuando nos vemos rodeados de gente amiga nos damos cuenta de que hay cosas que necesitamos decir para sentirnos mejor y quedar más a gusto.
Por eso pienso que no se adelanta nada haciendo que caiga el telón de la cena y todos se estén riendo con rostros de hiena. La Navidad no puede cegarnos hasta el punto de hacer que veamos la realidad de la vida como una balsa de aceite. Sería una visión incorrecta. Al turrón tenemos que llegar contentos y satisfechos. Si hay algo que decir. se dice. Si hay algo que discutir, se discute. Lo importante es que todo discurra por cauces civilizados y que al final pasemos un rato que merezca ser recordado.