lean76
Forer@ Senior
Contribuidor de RE
Verificad@ con 2FA
Sigo con World Watch Day, y esta vez con dos alemanas que compartían mesa. Me las enseñó el personal de la tienda de World Watch Museum de Madrid, y a lo que me contaron y pude ver y probarme le sumé lo que publican las propias marcas.
Hanhart nació suiza. Johann Adolf Hanhart abrió una relojería en Diessenhofen, junto al Rin, en 1882, en 1902 se mudó a Schwenningen y en 1934 su hijo abrió una segunda fábrica en Gütenbach, en plena Selva Negra, que es donde sigue hoy. Su gran golpe llegó en 1924 con un cronómetro de mano mecánico que costaba mucho menos que los suizos de la época. Eso que parece una curiosidad de museo sigue siendo la mitad del negocio, y vuelvo a ello más abajo.
El primero que me puse fue el Pioneer Mk II en versión Reverse Panda: esfera negra con los dos contadores en blanco. Caja de acero de 40 mm por 15 de alto, bisel estriado giratorio con su marca roja, zafiro abombado y 100 metros. Dentro va un automático con base ETA 7753, a 4 Hz, 27 rubíes y al menos 42 horas de reserva. Hanhart dice que se inspira en sus primeros cronógrafos de piloto, de 1939. En su tienda online está desde 2.040 euros. Un cronógrafo es, dicho rápido, un reloj con un cronómetro dentro. El pulsador de arriba arranca y para, y el de abajo devuelve la aguja a cero. En Hanhart el de abajo es rojo desde hace décadas, y la leyenda más repetida dice que la novia de un piloto se lo pintó con esmalte de uñas para que no se olvidara de ella. La explicación aburrida es que sirve para distinguir sin mirar cuál es el botón que borra la medición. A las 9 corre el segundero pequeño, que es el del reloj, a las 3 el contador que suma hasta 30 minutos, y la aguja roja del centro es la del cronómetro.
Después vino el Pioneer TachyTele, con esfera blanco roto y dos escalas en rojo. Mismas medidas que el anterior, calibre HAN3703 con base ETA 7753 y 42 horas de reserva, también desde 2.040 euros. El original es de 1939 y estrenó el Calibre 41, de dos pulsadores. Las escalas tienen su gracia. La del borde, el telémetro, como ya vimos en el hilo de echo/neutra, mide distancias usando el sonido: arrancas al ver el fogonazo y paras al oír el estruendo. Como el sonido tarda unos tres segundos en recorrer un kilómetro, la escala ya hace la cuenta y la aguja te deja apuntando a los kilómetros. Con un rayo y su trueno funciona igual. El taquímetro hace lo contrario: cronometras cuánto tardas en recorrer un kilómetro y lees la velocidad media. En uno normal, si tardas más de un minuto te quedas sin escala. Aquí la escala va en espiral hacia el centro y admite tres vueltas de la aguja, por eso llega a medir hasta 20 km/h.
Está buenísimo y me gusta cada día más. Debo confesar que la primera vez que lo vi me hizo ruido el bisel estriado. Pero cada día lo miro con más cariño y estoy a nada de sumarlo a mi lista.
Detrás de ese catálogo hay una empresa pequeña. Desde 2014 es propiedad de GCI Management, una consultora de Múnich, y la dirigen dos personas: Felix Wallner, que venía de la propia GCI, y Simon Hall, relojero. Trabajan allí unas dos docenas de personas. El director de GCI declaró a la prensa regional que el objetivo es que Hanhart crezca sin endeudarse demasiado, y Hall contaba entonces un crecimiento medio del 20% anual durante seis años. Las cifras de relojes de pulsera no las publica la marca. En una visita a la fábrica, Worn & Wound recogió una producción de entre 2.500 y 3.000 al año, con la mayoría de las piezas compradas a proveedores.
Con los cronómetros de mano pasa lo contrario. De las aproximadamente 170 piezas que lleva un cronómetro mecánico, más del 90% se fabrican en Gütenbach. La propia Hanhart recuerda que en los años sesenta era el fabricante de referencia de cronómetros mecánicos de calidad, y Wallner explicó que hoy los venden sobre todo a clientes industriales, por ejemplo laboratorios donde no puede saltar una chispa. Algunos modelos llevan cristal mineral porque resiste ácidos, lejías y disolventes, un detalle que en una muñeca no importa nada y en un laboratorio lo es todo. Es como un fabricante de coches que, para una línea, mecaniza el motor en su propia planta y, para otra, compra el motor a un proveedor y se queda con el diseño, el montaje y la puesta a punto.
El tercero fue el Thermosphere, hecho con la federación de bomberos de Baden Württemberg y limitado a 112 piezas, por el número europeo de emergencias. Ese 112 aparece en la esfera a las 12, con el primer 1 destacado en rojo, y el escudo de la federación va en la esfera y en el fondo. Caja de 42 mm por 12,95 de alto y 49 de asa a asa, bisel con inserto cerámico, fondo de titanio y 300 metros. Parte del Aquasphere, el diver de la casa, y suma fecha a las 3. Hanhart lo anunció a 1.540 euros con la correa Hookstrap; con el brazalete de acero de la foto sube a 1.740. El bisel es lo que justifica el reloj. Un bombero con equipo de respiración tiene el aire contado: Hanhart habla de unos 30 minutos con una botella y 60 con dos. Al entrar alinea el triángulo luminoso con la aguja de minutos y a partir de ahí lee de un vistazo cuánto tiempo le queda. Los otros triángulos marcan los controles intermedios. Yo lo probé sin casco ni botella, así que de su función solo puedo hablar en teoría. Dos datos de la ficha me gustaron tanto como el diseño y muestran todo el pensamiento que hay puesto detrás. Hanhart regula el movimiento entre 0 y +8 segundos al día de media, es decir, que no atrase nunca, y en un reloj pensado para contar minutos de aire eso tiene todo el sentido. Y como movimiento indica un Sellita SW200 1 o un Soprod P024, según disponibilidad de producción. Lo dicen así, con total transparencia, y me parece una manera inteligente de comunicación.
Laco nació en Pforzheim en 1925, fundada por Frieda Lacher y Ludwig Hummel. Fue una de las cinco casas que fabricaron el reloj de observación de la Luftwaffe durante la Segunda Guerra Mundial, junto con A. Lange & Söhne, IWC, Stowa y Wempe. Los llevaban los navegantes, que los usaban junto con un octante para calcular la posición del avión. Medían 55 mm, se llevaban sobre la chaqueta de vuelo y tenían una corona enorme para manejarlos con guantes. En el lateral llevaban grabado FL23883, que era su clasificación oficial: el 23 identificaba los instrumentos de navegación. Hubo dos esferas. La primera, el Baumuster A, es la de toda la vida, con las horas del 1 al 11 y un triángulo con dos puntos en lugar del 12. A comienzos de los años cuarenta llegó el Baumuster B, que pone los minutos en grande alrededor del borde y las horas en un círculo pequeño en el centro. Laco cuenta que esa segunda esfera les facilitó el trabajo a los navegantes.
Estos dos son de la línea Original, la reconstrucción más fiel que hace la marca. El primero es el tipo B con esfera totalmente luminiscente, que Laco llama Graz si es de cuerda manual y Wien si es automático. El segundo es un tipo A con esfera negra de la misma línea, una familia en la que cada combinación de tamaño y movimiento tiene nombre de ciudad: Memmingen y Münster en 42 mm, Mülheim an der Ruhr y Heidelberg en 39, Westerland y Saarbrücken en 45. Todos comparten caja de acero arenado oscuro, que es lo que le da ese gris mate, el FL23883 grabado en el lateral, la esfera sin logo como los militares y la corona como la de los originales. Montan el Laco 210, de cuerda manual, o el Laco 200, automático, que son el Sellita SW210 y el SW200 con nombre de la casa. Además de 39, 42 y 45 mm hay una réplica de 55. Los de 42 mm, incluidos Graz y Wien, están en 980 euros en la web de Laco; los de 39 sin esfera luminiscente bajan a 930 y los de 45 suben a 1.130. Existe también la serie Erbstück, que significa herencia, en la que envejecen caja, esfera y agujas a mano con procesos químicos, térmicos y mecánicos para que parezcan heredados; cuestan entre 1.890 y 2.100 euros. A mí el envejecido de fábrica siempre me ha generado dudas: prefiero que el reloj salga nuevo y que las marcas y arañazos cuenten historias.
La empresa ha vivido de todo. Pasó por manos de la estadounidense US Time, la futura Timex, en 1959 y del grupo suizo Ebauches en 1965. En 1988 Horst Günther compró los derechos de la marca y, según WatchTime, la empresa vivía sobre todo de fabricar para otros, con decenas de miles de relojes al año. En 2009 entró en concurso de acreedores, pasó por las manos de Kienzle, que a su vez también entró en concurso, y en 2010 arrancó de nuevo en Pforzheim con venta directa y una tienda de fábrica. Desde 2015 la dirige Uwe Rücker. Para los mecánicos usa sobre todo Sellita y, en los más baratos, Miyota de Citizen.
El último fue un Stuttgart PRO de 40 mm con esfera verde y acabado solar, la novedad de este año. Según Laco, en esa medida tiene 11,35 de alto. Este en concreto llevaba fecha con fondo oscuro, logo y caja cepillada, una combinación que no está entre los modelos ya configurados que vende la marca, así que alguien lo armó a su gusto. La línea PRO se configura online como un coche. Se elige entre esfera A (Stuttgart) o B (Karlsruhe), 37, 40 o 43 mm, caja cepillada o arenada oscura, esfera negra, azul o verde, con o sin fecha, con o sin logo, con o sin el grabado FL23883, corona a la derecha o a la izquierda, movimiento suizo automático o manual en varios grados de acabado, fondo cerrado o de zafiro y correa o brazalete. Laco habla de más de 650.000 combinaciones. Si probara una cada día, terminaría dentro de unos 1.780 años. Todos llevan corona roscada y 20 ATM, y cada reloj se monta por encargo en Pforzheim. Según la configuración, el precio va de 950 a 1.700 euros.
Con el PRO se entiende bien cómo ha ordenado Laco su gama. Abajo están los Basic, con Miyota, desde 340 euros. En el medio, los Original, con Sellita, entre 930 y 1.130. Arriba, los Erbstück y los PRO configurados al detalle. Es una escalera clara, y cada peldaño se distingue por algo que se ve y se toca, sin necesidad de cambiar de diseño.
Su competidor más directo está en la misma ciudad. Stowa también es de Pforzheim, también fue una de las cinco de la guerra y vende en su web el Flieger Verus 40 Baumuster B entre 1.050 y 1.369 euros, con los mismos Sellita SW200 y SW210, también a través de un configurador. Misma historia, mismos movimientos, precios casi calcados. Ahí, en mi opinión, la decisión se juega en detalles como el arenado oscuro, el grabado lateral o el tamaño de la corona, y en cuál de las dos te convence más en la muñeca.
Tanto Hanhart como Laco me dejaron la misma sensación: diseños con una historia que se puede comprobar y precios que no se van de las manos. Hanhart tiene además algo que muy pocas casas de su tamaño pueden enseñar: una fábrica que sigue haciendo casi todas las piezas de sus cronómetros de mano, cronógrafos regulados para no atrasar nunca y unos dueños que hablan de crecer sin deudas. Laco tiene la B Uhr de primera mano, una línea Original que respeta hasta el grabado del lateral, una gama bien escalonada y, con el PRO, la personalización. Me convencen las dos.
Hanhart nació suiza. Johann Adolf Hanhart abrió una relojería en Diessenhofen, junto al Rin, en 1882, en 1902 se mudó a Schwenningen y en 1934 su hijo abrió una segunda fábrica en Gütenbach, en plena Selva Negra, que es donde sigue hoy. Su gran golpe llegó en 1924 con un cronómetro de mano mecánico que costaba mucho menos que los suizos de la época. Eso que parece una curiosidad de museo sigue siendo la mitad del negocio, y vuelvo a ello más abajo.
El primero que me puse fue el Pioneer Mk II en versión Reverse Panda: esfera negra con los dos contadores en blanco. Caja de acero de 40 mm por 15 de alto, bisel estriado giratorio con su marca roja, zafiro abombado y 100 metros. Dentro va un automático con base ETA 7753, a 4 Hz, 27 rubíes y al menos 42 horas de reserva. Hanhart dice que se inspira en sus primeros cronógrafos de piloto, de 1939. En su tienda online está desde 2.040 euros. Un cronógrafo es, dicho rápido, un reloj con un cronómetro dentro. El pulsador de arriba arranca y para, y el de abajo devuelve la aguja a cero. En Hanhart el de abajo es rojo desde hace décadas, y la leyenda más repetida dice que la novia de un piloto se lo pintó con esmalte de uñas para que no se olvidara de ella. La explicación aburrida es que sirve para distinguir sin mirar cuál es el botón que borra la medición. A las 9 corre el segundero pequeño, que es el del reloj, a las 3 el contador que suma hasta 30 minutos, y la aguja roja del centro es la del cronómetro.
Después vino el Pioneer TachyTele, con esfera blanco roto y dos escalas en rojo. Mismas medidas que el anterior, calibre HAN3703 con base ETA 7753 y 42 horas de reserva, también desde 2.040 euros. El original es de 1939 y estrenó el Calibre 41, de dos pulsadores. Las escalas tienen su gracia. La del borde, el telémetro, como ya vimos en el hilo de echo/neutra, mide distancias usando el sonido: arrancas al ver el fogonazo y paras al oír el estruendo. Como el sonido tarda unos tres segundos en recorrer un kilómetro, la escala ya hace la cuenta y la aguja te deja apuntando a los kilómetros. Con un rayo y su trueno funciona igual. El taquímetro hace lo contrario: cronometras cuánto tardas en recorrer un kilómetro y lees la velocidad media. En uno normal, si tardas más de un minuto te quedas sin escala. Aquí la escala va en espiral hacia el centro y admite tres vueltas de la aguja, por eso llega a medir hasta 20 km/h.
Está buenísimo y me gusta cada día más. Debo confesar que la primera vez que lo vi me hizo ruido el bisel estriado. Pero cada día lo miro con más cariño y estoy a nada de sumarlo a mi lista.
Detrás de ese catálogo hay una empresa pequeña. Desde 2014 es propiedad de GCI Management, una consultora de Múnich, y la dirigen dos personas: Felix Wallner, que venía de la propia GCI, y Simon Hall, relojero. Trabajan allí unas dos docenas de personas. El director de GCI declaró a la prensa regional que el objetivo es que Hanhart crezca sin endeudarse demasiado, y Hall contaba entonces un crecimiento medio del 20% anual durante seis años. Las cifras de relojes de pulsera no las publica la marca. En una visita a la fábrica, Worn & Wound recogió una producción de entre 2.500 y 3.000 al año, con la mayoría de las piezas compradas a proveedores.
Con los cronómetros de mano pasa lo contrario. De las aproximadamente 170 piezas que lleva un cronómetro mecánico, más del 90% se fabrican en Gütenbach. La propia Hanhart recuerda que en los años sesenta era el fabricante de referencia de cronómetros mecánicos de calidad, y Wallner explicó que hoy los venden sobre todo a clientes industriales, por ejemplo laboratorios donde no puede saltar una chispa. Algunos modelos llevan cristal mineral porque resiste ácidos, lejías y disolventes, un detalle que en una muñeca no importa nada y en un laboratorio lo es todo. Es como un fabricante de coches que, para una línea, mecaniza el motor en su propia planta y, para otra, compra el motor a un proveedor y se queda con el diseño, el montaje y la puesta a punto.
El tercero fue el Thermosphere, hecho con la federación de bomberos de Baden Württemberg y limitado a 112 piezas, por el número europeo de emergencias. Ese 112 aparece en la esfera a las 12, con el primer 1 destacado en rojo, y el escudo de la federación va en la esfera y en el fondo. Caja de 42 mm por 12,95 de alto y 49 de asa a asa, bisel con inserto cerámico, fondo de titanio y 300 metros. Parte del Aquasphere, el diver de la casa, y suma fecha a las 3. Hanhart lo anunció a 1.540 euros con la correa Hookstrap; con el brazalete de acero de la foto sube a 1.740. El bisel es lo que justifica el reloj. Un bombero con equipo de respiración tiene el aire contado: Hanhart habla de unos 30 minutos con una botella y 60 con dos. Al entrar alinea el triángulo luminoso con la aguja de minutos y a partir de ahí lee de un vistazo cuánto tiempo le queda. Los otros triángulos marcan los controles intermedios. Yo lo probé sin casco ni botella, así que de su función solo puedo hablar en teoría. Dos datos de la ficha me gustaron tanto como el diseño y muestran todo el pensamiento que hay puesto detrás. Hanhart regula el movimiento entre 0 y +8 segundos al día de media, es decir, que no atrase nunca, y en un reloj pensado para contar minutos de aire eso tiene todo el sentido. Y como movimiento indica un Sellita SW200 1 o un Soprod P024, según disponibilidad de producción. Lo dicen así, con total transparencia, y me parece una manera inteligente de comunicación.
Laco nació en Pforzheim en 1925, fundada por Frieda Lacher y Ludwig Hummel. Fue una de las cinco casas que fabricaron el reloj de observación de la Luftwaffe durante la Segunda Guerra Mundial, junto con A. Lange & Söhne, IWC, Stowa y Wempe. Los llevaban los navegantes, que los usaban junto con un octante para calcular la posición del avión. Medían 55 mm, se llevaban sobre la chaqueta de vuelo y tenían una corona enorme para manejarlos con guantes. En el lateral llevaban grabado FL23883, que era su clasificación oficial: el 23 identificaba los instrumentos de navegación. Hubo dos esferas. La primera, el Baumuster A, es la de toda la vida, con las horas del 1 al 11 y un triángulo con dos puntos en lugar del 12. A comienzos de los años cuarenta llegó el Baumuster B, que pone los minutos en grande alrededor del borde y las horas en un círculo pequeño en el centro. Laco cuenta que esa segunda esfera les facilitó el trabajo a los navegantes.
Estos dos son de la línea Original, la reconstrucción más fiel que hace la marca. El primero es el tipo B con esfera totalmente luminiscente, que Laco llama Graz si es de cuerda manual y Wien si es automático. El segundo es un tipo A con esfera negra de la misma línea, una familia en la que cada combinación de tamaño y movimiento tiene nombre de ciudad: Memmingen y Münster en 42 mm, Mülheim an der Ruhr y Heidelberg en 39, Westerland y Saarbrücken en 45. Todos comparten caja de acero arenado oscuro, que es lo que le da ese gris mate, el FL23883 grabado en el lateral, la esfera sin logo como los militares y la corona como la de los originales. Montan el Laco 210, de cuerda manual, o el Laco 200, automático, que son el Sellita SW210 y el SW200 con nombre de la casa. Además de 39, 42 y 45 mm hay una réplica de 55. Los de 42 mm, incluidos Graz y Wien, están en 980 euros en la web de Laco; los de 39 sin esfera luminiscente bajan a 930 y los de 45 suben a 1.130. Existe también la serie Erbstück, que significa herencia, en la que envejecen caja, esfera y agujas a mano con procesos químicos, térmicos y mecánicos para que parezcan heredados; cuestan entre 1.890 y 2.100 euros. A mí el envejecido de fábrica siempre me ha generado dudas: prefiero que el reloj salga nuevo y que las marcas y arañazos cuenten historias.
La empresa ha vivido de todo. Pasó por manos de la estadounidense US Time, la futura Timex, en 1959 y del grupo suizo Ebauches en 1965. En 1988 Horst Günther compró los derechos de la marca y, según WatchTime, la empresa vivía sobre todo de fabricar para otros, con decenas de miles de relojes al año. En 2009 entró en concurso de acreedores, pasó por las manos de Kienzle, que a su vez también entró en concurso, y en 2010 arrancó de nuevo en Pforzheim con venta directa y una tienda de fábrica. Desde 2015 la dirige Uwe Rücker. Para los mecánicos usa sobre todo Sellita y, en los más baratos, Miyota de Citizen.
El último fue un Stuttgart PRO de 40 mm con esfera verde y acabado solar, la novedad de este año. Según Laco, en esa medida tiene 11,35 de alto. Este en concreto llevaba fecha con fondo oscuro, logo y caja cepillada, una combinación que no está entre los modelos ya configurados que vende la marca, así que alguien lo armó a su gusto. La línea PRO se configura online como un coche. Se elige entre esfera A (Stuttgart) o B (Karlsruhe), 37, 40 o 43 mm, caja cepillada o arenada oscura, esfera negra, azul o verde, con o sin fecha, con o sin logo, con o sin el grabado FL23883, corona a la derecha o a la izquierda, movimiento suizo automático o manual en varios grados de acabado, fondo cerrado o de zafiro y correa o brazalete. Laco habla de más de 650.000 combinaciones. Si probara una cada día, terminaría dentro de unos 1.780 años. Todos llevan corona roscada y 20 ATM, y cada reloj se monta por encargo en Pforzheim. Según la configuración, el precio va de 950 a 1.700 euros.
Con el PRO se entiende bien cómo ha ordenado Laco su gama. Abajo están los Basic, con Miyota, desde 340 euros. En el medio, los Original, con Sellita, entre 930 y 1.130. Arriba, los Erbstück y los PRO configurados al detalle. Es una escalera clara, y cada peldaño se distingue por algo que se ve y se toca, sin necesidad de cambiar de diseño.
Su competidor más directo está en la misma ciudad. Stowa también es de Pforzheim, también fue una de las cinco de la guerra y vende en su web el Flieger Verus 40 Baumuster B entre 1.050 y 1.369 euros, con los mismos Sellita SW200 y SW210, también a través de un configurador. Misma historia, mismos movimientos, precios casi calcados. Ahí, en mi opinión, la decisión se juega en detalles como el arenado oscuro, el grabado lateral o el tamaño de la corona, y en cuál de las dos te convence más en la muñeca.
Tanto Hanhart como Laco me dejaron la misma sensación: diseños con una historia que se puede comprobar y precios que no se van de las manos. Hanhart tiene además algo que muy pocas casas de su tamaño pueden enseñar: una fábrica que sigue haciendo casi todas las piezas de sus cronómetros de mano, cronógrafos regulados para no atrasar nunca y unos dueños que hablan de crecer sin deudas. Laco tiene la B Uhr de primera mano, una línea Original que respeta hasta el grabado del lateral, una gama bien escalonada y, con el PRO, la personalización. Me convencen las dos.

