6aly
Habitual
Sin verificar
Fondos buitres, qué nombre tan elegante
para quien devora desde el aire
sin mancharse las garras.
Recuerdo —dicen que la memoria exagera,
pero no tanto—
que de niño mis padres emigraron
con la maleta llena de esperanza
y los bolsillos llenos de aire.
Tres meses después, regreso triunfal:
tres hijos,
cero casa,
cero trabajo,
y una cueva con vistas al frío
como premio de consolación.
No éramos los peores, claro,
siempre hay alguien más abajo
en esta competición sin trofeo.
Nosotros al menos teníamos techo de piedra
y dignidad prestada.
Y ahora, qué curioso, qué moderno,
qué bien suena todo en inglés y contratos:
la historia se repite
pero con mejor marketing.
Esta vez no es una cueva,
es un puente.
Más ventilado, más urbano,
más acorde a los tiempos.
Gracias, fondos buitres,
por recordarnos
que el progreso también sabe volar en círculos
y que caer
sigue siendo
igual de humano.
Casita bajo el puente,
su carrito empuja lento,
recogiendo entre las sombras
chatarra, latas, fragmentos.
Para Mustafá —dicen pocos—,
aunque el barrio, sin saber,
le puso nombre de viento:
Pacome… ¿por qué?, quién ve.
Y así camina en silencio,
entre historias sin contar,
con su mundo a cuestas siempre,
bajo el puente, junto al mar.
Hoy, una vez más,
me toca vivir esta herida con mi hija,
volver sin querer
a los ecos de otros días.
Regresan los recuerdos,
como sombras conocidas,
arrastrados por contratos
que no entienden de vidas.
Y en medio, los fondos buitre,
fríos, sin rostro ni prisa,
acechando desde cifras
lo que late y lo que habita.
Pero un día cambió la historia de repente,
no hubo paso, ni puente, ni razón aparente,
y tocó la carretera, fría e indiferente,
con ese “¿qué puede pasar?” tan inocente.
Y pasó lo que nunca debió haber pasado,
el destino torcido, el golpe inesperado…
y aquel camino de siempre, tan normal, tan cercano,
terminó en silencio… y en un funeral.
Galy & IA.
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