vernonsullivan
Milpostista
Sin verificar
Esta mañana (más bien mediodía) mientras le daba cuerda a mi Atlantic, comencé a darle vueltas también a una idea que parece grande, pero que en el fondo es muy sencilla.
Todo parte de dos formas de ver el origen de las cosas complejas, y las dos usan la imagen de un relojero.
La primera es la del "Relojero con un objetivo".
Hace siglos, el filósofo Paley dijo: si te encuentras un reloj en un camino, su precisión y sus engranajes te demuestran que alguien lo hizo a propósito. Está claro que el reloj no nace de una semilla en el campo. O sea, que un genio artesano lo pensó, lo diseñó y lo ensambló con un determindo fin. Él decía que el universo, mucho más complejo, también se debía a la obra de un Creador. Es la "Analogía del Relojero". Cuando miramos nuestros relojes mecánicos, esto es literal: detrás hay artesanos con una intención muy clara.
La segunda es la del "Relojero a Ciegas".
Tiempo después, la ciencia propuso otra explicación para la complejidad de la vida. Un biólogo, un tal Dawkins (no confundir con Darwin, aunque fue un gran defensor), la llamó el "Relojero Ciego". En esta otra visión no se parte de un plan previo; sino que es un proceso largo de prueba y error. Se van incorporando pequeños cambios aleatorios que, si funcionan, se mantienen. No hay un objetivo final, sino que se trata de un relojero que trabaja sin ver, sin un objetivo claro en mente. La complejidad ha ido surgiendo de miles de pequeños pasos, no de un proyecto en sí.
Y aquí es donde nuestros relojes unen las dos visiones.
Por un lado, son el talentoso resultado de un taller lleno de maestros relojeros que, con intención y habilidad, firman cada una de las piezas y que hoy admiramos por su genialidad.
Por otro, son también el fruto de una lenta evolución técnica. Ningún calibre nació perfecto. Lo que tenemos hoy es el resultado de muchísimos años de mejoras graduales, de soluciones a problemas, donde cada innovación exitosa se heredaba y refinaba. Es el resultado, por tanto, de un proceso colectivo y acumulativo.
Así que, en el fondo, cuando vestimos un reloj, llevamos las dos cosas en la muñeca (o en el bolsillo): una obra maestra con la firma de su creador y, a la vez, el eslabón de una cadena de progreso que nadie diseñó de principio a fin. Es también como tener un trozo de historia que sí tuvo autores, pero que se escribió a lo largo de muchas generaciones.
Esta ridícula y casi paranoica reflexión, le da, al menos para mí, una capa de profundidad a esta bonita afición.
Feliz 2026, queridos coetáneos.