IBACO
Mr. Pink
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Pues ya en Huelva. Menuda película. Vaya concatenación de catastróficas desdichas. Primero, justo cuando iba camino de Andorra para pasar una semana de esquí, mi padre se cae por las escaleras y se da una señora hostia. Una semana ingresado: muñeca rota, pierna jodida y el golpe en la cabeza le provoca unas pequeñas conmoción, coágulo y hemorragia que, debido a la medicación para el corazón, le obligan a estar bajo observación dicha semana. Mi hermano pequeño se hace cargo mientras estoy en Andorra y, justo en la ultima bajada del ultimo día de mi semana de esquí, me doy una señora hostia en la cabeza y acabo en urgencias con la columna tiesa a la altura del cuello. Collarín, antiinflamatorios y relajantes musculares. Mi hermano, acojonado. Iba a hacerme cargo de mis padres y casi acabo como Schumacher. Pero al final no es para tanto. Con mucho cuidado, volvemos a Cantabria y empiezo los preparativos para viajar el lunes a Madrid y, desde ahí, salir en el Alvia para Huelva al día siguiente. Es domingo por la noche. Enciendo la tele y hay un señor argentino contando no sé qué de un descarrilamiento en el tren en el que iba. Mi hermano, acojonado. Iba a hacerme cargo de mis padres y ahora no puedo ni cruzar Despeñaperros hasta, al menos, febrero. Es martes. Enciendo la tele. El señor argentino sigue narrando su traumática experiencia durante el descarrilamiento, ahora en otra cadena de televisión. Cuando se calla (o marcha a otra cadena, uno ya no sabe), Ferreras, que ya debe de oler a guardado después de otra intensa jornada de PERIODISMO anuncia que Renfe ha organizado un convoy de más de seis horas que haría las delicias de John Ford: AVE a Villanueva de Córdoba+autobús por carretera nacional en la sierra de los Pedroches un día de lluvia y niebla densisima con destino Córdoba+AVE Córdoba-Sevilla. Solo faltaban los apaches. Es más, juraría que los vi. Pero ya se sabe: si los ves es que no eran apaches. Es como los argentinos: si no los oyes, es que son uruguayos. Total, que ya estoy en Huelva. Mi padre, bien. Ah, coño, se me olvidaba. En Madrid pude quedar con un compañero y, en lugar de comprarme un billete de avión a mil pavos, por algo más me hice con una pieza memorable: mi primer reloj alemán y mi primer reloj de oro.